DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

LA MUELA

El dolor me hacía pegar de brincos, por culpa de este dulce que logré comprarme con los cinco centavos que me encontré en la mesa de la cocina, es que esta clase de golosinas en esta nuestra época infantil, son tan duros como un coscorrón que te dieran estando “kolís”. A mis diez años, ya casi todos los dientes se me habían caído. ─ Son los dientes “de leche” ─ me explicó mi madre cuando a los seis años acudí ante ella todo asustado, porque el diente de adelante se estaba moviendo jacarandosamente. Me dijo que era natural y que me saldrían ya los definitivos y esos había que cuidarlos porque no salían más. No me dijo lo del ratón que venía a recogerlos por la noche por debajo de la almohada como hacía con mis vecinos y dejaba una moneda; quizá porque no usamos almohada por no ser compatible con las hamacas o porque el ratón era igual de pobre que nosotros. Esta muela se estaba poniendo renuente de abandonar su sitio, pues sus vecinas ya estaban creciendo saludables y parejitas junto con sus hermanos caninos e incisivos, gracias a la costumbre que nos endilgaron de cepillarnos después de cada comida, y aunque no había para comprar los tubos de pasta que anunciaban en los periódicos y en la radio, mi madre molía de forma muy fina el carbón que quedaba en el fogón de tres piedras, y eso usábamos. En el futuro veré yo, que era una práctica más efectiva y ecológica de lavarse los dientes, y es que los de acá somos muy quisquillosos con eso de la higiene; comeremos k’abax bu’ul (frijol de la olla, simple), pero debemos tener la servilleta cerca, para limpiarnos las manos o la boca; tendremos sólo dos mudas de ropa, pero siempre limpias y planchadas. Creo que, en el futuro, cuando ya fuera adolescente, para ir a los bailecitos, no me podrá faltar un paquetito de unos rectángulos pequeñitos que se llamarán “sen – sen”, creo que los van a fabricar de hojas de quien sabe qué, pero nos dejarán el aliento muy fresco.

Ya me salí de lo que estaba platicando. La cuestión es que, si le digo a mi madre lo de la muela, me va a llevar donde la abuela como la vez anterior y eso no me entusiasmaba mucho. Con mi abuela materna conviví poco, pues falleció cuando yo tenía seis años, a mi abuelo materno no lo conocí, al paterno tampoco, aunque vivió con nosotros sus últimos diez años. Con la abuela paterna sí hubo una convivencia larga, pues vivió muchos años. Menudita, piel blanca, ojos verdes, buen porte con la ropa autóctona que le engrandecía su majestad, madrugadora para encender el fuego y despertar el ruido cotidiano del hogar con su andar de acá, para allá al barrer el patio y “soltar” a las gallinas que salían atropellándose y azoradas por la aventura de un nuevo día. Católica como era menester en esos tiempos, pero con un amplio vocabulario de malas palabras que usaba por cualquier pretexto, y de costumbres cavernícolas para curar enfermedades o cualquier otro malestar, por esto último mejor me aguanto el dolor. Cuando me mandaba mi madre a llevarle comida o algún otro recado, era un nerviosismo por todo el camino (estrés le llamarán en el futuro), porque me recibía hablando maya y yo nomás contestando: sí, sí, no, no, sin entender más que unas cuantas palabras, debido a que mis padres nunca me han enseñado a hablarla (cosa que les reprocharé en el futuro) ocasionando que a veces recibiera reprimendas por haber contestado no, donde era sí y decir sí donde era no. Además, bien merecido tenía este dolor, por haberme embolsado los cinco centavos con los que compré un “coquito” y este condenado dulce con forma de rombo negro, también de coco, pero más duro que una piedra. Lo de haber tomado sin permiso los cinco centavos pues no me remordía mucho la conciencia, ya que desde pequeño realizaba trabajos que redituaban ganancias y todo se lo entregaba a mi madre. A los seis años caminaba todas las calles del pueblo vendiendo cacahuates, claro que no era muy grande el pueblo, nomás que lo digo porque al ir a inscribirme mi madre a la escuela por primera vez, cuando me “entregó” con la profesora de “parvulitos”, no comprendí cuando me dijo muy seria ─ No te vayas a ir solo a la casa, me esperas aquí hasta que venga por ti ─ bueno, en ese tiempo no contradecíamos nada a nuestros padres, así que la esperé a que fuera por mí; sólo fue tres veces pues vivíamos a tres cuadras y media de la escuela. Pero dejen terminar lo que estaba diciéndoles de la abuela: en el pueblo no había dentista y llevarme al doctor, pues costaba dinero que no había, así que si le digo a mi madre lo del dolor, me va a llevar donde ella, quien me la sacaría como sólo ella sabe: te amarra el diente o lo que fuera con un hilo que acá llamamos cáñamo, y mientras otra persona te agarra fuerte para que no te muevas, ella le daba un tirón con todas sus fuerzas. A veces el condenado diente no sale a la primera y de nada te sirve que pegues de gritos.

Les digo que tiene métodos cavernícolas, pero es mi abuela.

Oxkutzcab, Yucatán, mediados de febrero en cuarentena de 2021

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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