EL PERRO EN LA AZOTEA(POR: YOXI)

Pulgas era un perro mestizo que penaba solo en la azotea de mi vecina, justo frente a mi depa. En el abandono en que vivía, su principal diversión era hacer escándalo con sus molestos ladridos —que tenían un cierto timbre a pito rajado—  y que me enervaban a la llegada  y salida al trabajo. Doña Carmita mi casera, no se inmutaba de lo molesto que era su perro.

Un día la doña tuvo que salir de viaje a Mazatlán y me pidió de favor, que en su ausencia le diera de comer al perro.

Llegué esa tarde cansado del trabajo, abrí el zaguán, metí el vocho y al cruzar por los dominios del can este se deshizo en ladridos, le grité que se callara pero le valió y ladró más fuerte. Me metí al departamento y cerré las cortinas, en un rato ya se había callado.

Al día siguiente me levanté de mejor humor y recordé que tenía que alimentarlo, me puse ropa de carácter y salí a cumplir mi promesa hecha a la doña; subí la escalera y el perro —tal vez presintiendo que estábamos solos me miraba— Llegué a la azotea con mi bolsa de alimento y la escena era patética; la casa del perro estaba en una orilla y el resto de los sesenta y pico de metros cuadrados del techo, estaban minados con cacas de perro geométricamente ordenadas a cada dos metros, y se podía rastrear el trayecto del animal por el estado de humedad o sequedad de los detritos, haciéndose evidente que ya se le había acabado el espacio. Su plato estaba vacío y su cubeta de agua mostraba rastros de lama verde en el interior.

Me compadecí del animal, fui por escoba y recogedor y comencé a barrer la suciedad, comenzando del fondo y terminando muy cerca del perro, que me miraba desconfiado desde su casa.

Había un lavadero con pileta a un lado, le lave su plato, su cubeta y le puse agua fresca y alimento.

Probablemente ya tenía hambre pues enseguida se acercó a comer, le hablé y le dije: ¿Ya tenías hambre, verdad pulgas? me miró, peló los colmillos y gruñó; le hablé de nuevo: tranquilo pulgas, no seas malagradecido, y pareciendo entender el agravio se me aventó para morderme; afortunadamente tenía todavía agarrada la escoba y la usé como defensa. El perro envalentonado, me siguió atacando a gruñidos y dentelladas con una insólita ferocidad, lo cual me molestó y lo agarré a escobazos; algunos los esquivaba y me volvía a atacar, lo cual me dio aún más muina. En la refriega, entre avances y retrocesos, le rompí la escoba en la cabeza, quedándome solo con el palo, así que lo usé como lanza y garrote a la vez, ataqué enfurecido, pero como no cedía, en un momento me cegó la ira y fue tal mi ataque que fue retrocediendo hasta meterse en reversa a su casa para protegerse. No me importó y lo seguí a palos y lanzazos hasta que paró de atacarme y me clavó una mirada que decía: por favor no me mates. Me detuve. Enfurruñado todavía, agarré su cubo de agua, que se había derramado en la refriega, lo volví a llenar y lo bañé con una cubetada de agua fría, ahí mismo dentro de su casa. Él, agachado en el piso donde estaba guarecido, no se atrevía ni a mirarme; recibió estoicamente otras dos cubetadas que le regalé, quedando totalmente empapado. Terminado todo, volví a  la razón y me retiré, amenazándolo con voces e improperios. Bajé a mi depa y no volvió a salir.

Ese día fui a ver a mi familia, pero a mi regreso el domingo por la noche, al repetir mi rutina de abrir zaguán, meter el auto, etc. se le ocurrió ladrar a pulgas; bajé del auto, prendí la luz del patio y miré hacia arriba. al verme se estremeció, corrió a meterse a su casa y no volvió a ladrar.

Doña Carmita regresó de su viaje unos días después, subió a darle de comer, vio que todo estaba limpio y el perro igual que siempre; cuando la oí me asomé por la ventana y el perro ladró otra vez, salí a la puerta y lo miré. el perro tembló y corriendo se fue a guardar a su casa.

La doñita que vio la acción me miró y murmuró: ¿Qué le harías? a lo cual firme le contesté: solo limpié su territorio y le di un buen baño.

Cuento by Yoxi

25/02/21

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