DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISICO JAVIER TEJERO)

GENERACIÓN DE ACERO

Nací cuando la revolución. Fui de esa generación pues, la que arrulló su niñez y descubrió su adolescencia en una etapa social caótica que aún no termina de parir a la sociedad que soñaron muchos personajes ya históricos. Eso no fue todo, nuestra juventud supo de la primera guerra mundial, sufriendo los conflictos económicos que recetan a todos los países estos pleitos de los gobiernos poderosos, y, rematamos ya como adultos, con una segunda guerra mundial y sus consecuencias que todos conocen, bueno no todos por fortuna, muchos jóvenes y niños de hoy día, ignoran esos desastrosos sucesos del desequilibrio mental de la humanidad, al menos los de mi tierra, porque aún existen sitios en el mundo, donde la situación de locura sigue siendo una verdad contundente.

También sufrimos pandemias en ese vericueto de vida que tuvimos, y ciclones, y plagas apocalípticas como las langostas de la Biblia, que no se tomaron rumbo a Egipto, se vinieron directamente a Yucatán, para arrasar con las magras cosechas del campesinado de esos tiempos. Imaginen qué currículo de vida llevamos, por eso nunca sentí justo que los jóvenes, hoy papás y algunos ya abuelos, dijeran que fuimos desamorados y desobligados, sin sopesar que en esos tiempos asegurabas tu futuro si nacías hijo de hacendado o de algún comerciante próspero, viviendo generalmente en la gran ciudad capital, estudiando en colegios particulares de uniformes bonitos y tenías asegurado un título que, muchas de las veces, ibas a buscar hasta Francia o España que eran los países de moda y venías con el destino marcado de ser uno de los que manejen el gobierno.

Pero, si naciste hijo de peón o campesino, existía para ti una encrucijada nada más: Luchar con todas tus fuerzas y voluntad para salir de ese estatus de pobreza, o luchar con toda tu voluntad y fuerza y quedarte donde mismo, porque, ciertamente, hay personas que por más que luchen, no pueden salir de esa trampa que los retiene en la mediocridad del sin futuro. 

 Siguiendo en lo nuestro, a pesar de que el pueblito donde me tocó ver por primera vez la luz de las velas se encontraba lejos de los sitios de la boruca revolucionaria, sus escasos habitantes vivieron esa etapa con el “Jesús” en la boca, pues aún no cerraban por completo las heridas producidas por la “Guerra de castas” que puso en zozobra a peones y hacendados por igual, por eso, cuando irrumpe este movimiento social que, aunque parezca chascarrillo, el pueblo, y en especial el campesino, lo vieron como un pleito a muerte entre “Liberales y conservadores”, por completo ajeno a su rutina e intereses, pues cuando al sitio llegaba cualquiera de los dos bandos, sufrían por igual de los atracos y vejaciones; así que, cuando se enteraban que alguno de los grupos se acercaba al pueblo, se santiguaban por igual.  Por lo mismo, mi niñez la pasé prácticamente a salto de mata, pendiente de las órdenes que daría mi padre cuando se ausentaba para ir a su trabajo y tardaba unos cinco días para regresar. En esos casos, mi padre le decía a la madre: “Si escuchas relajo y disparos, agarras a los niños y te metes a la cueva hasta que todo se apacigüe”.

Para no alargar el cuento, de niño fui huérfano de cariño y atenciones que veo prodigan a los niños actuales al grado de mal criarlos. Mi padre hosco de pocas palabras, alto, flaco y cenizo por su trabajo bajo los rayos del sol todo el santo día; mi madre, menudita, blanca de ojos verdes, muy católica como debía de ser en esos tiempos, pero, cuando se enojaba (y lo hacía muy fácilmente) sacaba un Vademécum de malas palabras que te apabullaban, no por lo feas, sino por lo abundante. Ella, siempre con la responsabilidad de procurar el alimento, tenía el patio plantado de vegetales y el gallinero todo el tiempo con cupo lleno de aves de corral, pues el dinero “del gasto” como le llaman ahora, nunca era seguro. Así que se pueden imaginar las carencias y restricciones que teníamos en ese entonces. Fuimos cinco hermanos, una mujer la mayor, yo el segundo y para abajo tres más, así que pronto tuve que poner los pies en la tierra y desde muy pequeño ya tenía mis responsabilidades más que los juegos.

Ante semejante perspectiva de vida, tienes que poner en práctica de manera fina dos cosas: habilidades y aptitudes, más cuando tu educación sólo llegaba hasta tercer grado de primaria, por lo que tenías que aprender sobre la marcha en el amanecer diario. No lo niego, fue en gran parte emocionante. De niño y adolescente eran trabajos en el hogar, pero ya cuando eres un poco mayor, tus padres te decían que tenías que aportar si querías comer y vestir, así que tienes que hacer el trabajo que se te ponga enfrente. Yo hice varios, y es lo que quería platicarles.

Fueron ocupaciones duras, pero tenías que desempeñarlas y más si ya cometiste matrimonio. Recuerdo claramente el primero que fue la de acarrear cerdos; en ese tiempo no había vehículos y los caminos eran veredas rodeadas de un monte espeso. Me tocó ir por seis de estos animales a una de las comisarías que distaba treinta kilómetros del pueblo, siete leguas y media. Tenías que pastorearlos atados de las patas, por esa vereda angosta tachonada de piedras y lodazales; tenías que hacerlo por la noche obligadamente para que no se deshidrataran y murieran, y cada determinado tramo, rociarles agua con la boca, de un calabazo que se llevaba ex profeso. De manera que comenzabas a caminar con ellos desde las cinco de la tarde, para llegar al pueblo, a las ocho o nueve de la mañana siguiente. Tus aperos eran: cuerdas, el calabazo con agua, una vara, cerillos y una linterna de petróleo como las que usaban los palafreneros de los trenes en esa época.

No era el cansancio, ni la paciencia de llevarlos a un ritmo a veces desesperante, ni la desvelada, ni los resbalones o caídas lo que te ablandaba la voluntad, no, lo que te hacía sentir que los huesos se te volvían gelatina, era escuchar, cerca o lejos, el rugir de algún jaguar o algún león de montaña (puma), entonces te daban ganas de llorar y les rogabas a los cerdos que no gruñeran y te quedabas con la tremenda disyuntiva de detenerte o apresurar el paso. Nomás tres veces hice ese trabajo. Era muy desgastante y el pago no era bueno.

Conseguí con la ayuda de un amigo del dominó, trabajo en Recursos Hidráulicos, dependencia nueva Federal para dotar de irrigación a los centros de producción en los estados, me tocó en Campeche junto con otros tres compañeros del pueblo que ya trabajaban ahí. Nos metíamos a los pozos a colocar la tubería para las bombas eléctricas y mecánicas. Ahí si pagaban bien, además de las prestaciones y una futura jubilación, pero… siempre hay un “pero”. Un fin de semana después de cuatro meses de trabajo, departía con los del pueblo en una de las cantinas de la cabecera municipal donde estábamos laborando, y, al calor de las copas, comenzaron a despotricar en contra del jefe, que: “era un negrero”, “un engreído”, que nos trataba mal y quién sabe cuántos defectos más y “que estaban decididos a renunciar, pero eso sí, decirle claramente en su cara todo este desprecio y por último mentarle la madre”. Ni modos, tengo la sangre caliente y aunque a mí no me constara nada de los reclamos, decidí solidarizarme con ellos.

A la mañana siguiente, con la cruda clavada en la frente y en el estómago, nos encontramos en la oficina para que nos designaran nuestras comisiones. Ahí mismo, refrendamos la propuesta de renunciar, aunque a ellos ya no los vi muy decididos, uno de ellos me amarró cuando me dijo: ─ Si no quieres, puedes rajarte. Creo que premeditadamente me cedieron el primer lugar para hablar con el jefe, que, con la boca abierta, escuchó toda la letanía que le receté y por último le dije: ─ ¡Renuncio! Y a ver cómo le hace, porque todos los yucatecos nos vamos. Muy digno salí para decirle al que siguiente, que ya estaba ablandado ese “jefecito” y ¡Sorpresa!, ya no había nadie. Los que se rajaron fueron ellos y el único corrido fui yo perdiendo todo. Ahora que les cuento esto, dos gozan de su jubilación y otro ya se jubiló de este mundo.

Para no hacer muy larga esta historia, después de ese percance, pusimos una tienda de abarrotes con los ahorros y al mes ya habíamos quebrado. Es que el comercio jamás se dio en mi familia. Con la experiencia y las herramientas en eso de los pozos, conseguí trabajo en la fábrica de hielo del pueblo, la diferencia es que los pozos de acá tienen una profundidad de veintidós metros o más. Tenía que cambiar todos los tubos  en tramos de dos metros y medio, sacarlos todos y colocar los nuevos teniendo como guía la biela que jalaba el agua, de manera que mi ayudante, allá arriba, amarraba el tubo en la tuerca de amarre y lo deslizaba hasta donde esperaba yo, para enroscarlo con el ya puesto; tres tubos, muy bien, pero al cuarto tubo, se suelta el amarre y baja con la velocidad que le dio su propio peso sin darme oportunidad de retirar la mano del cople donde iba a empatar, sentí caliente, caliente, sin dolor, hasta que no levanté como pude al tubo para retirar la mano, dándome cuenta que mi dedo anular colgaba del tendón solamente y entonces me vinieron los latidos en la mano y brazo, con un dolor que jamás había sentido. Mi “chalán” fue por ayuda y lograron sacarme del pozo, en un taxi me llevaron a la capital y ahí me cortaron el tendón, y me quedé sin dedo, sin trabajo y sin dinero, pues únicamente pagaron mi curación. Se asombró mi familia cuando me vieron pasado un mes, juntar mis herramientas, pues pensaron que iba a seguir con el trabajo, pero no. Con todas las fuerzas les di “malacanchoncha” sobre mi cabeza, y las arrojé al patio para alejar la “mala vibra”.

Me dediqué un tiempo al dominó y a las cartas. Me iba bien, incluso creé fama y muchos me retaban y generalmente les ganaba, pero era una ocupación muy desgastante, las desveladas: de las ocho de la noche, a las cinco o seis de mañana, ya tenía todo mi horario volteado, pues me pasaba todo el día dormido. Decidí dejarlo y me hice Fitopatólogo… Sí, también uno de mis hijos me dijo que el Director de la escuela primaria se río así como ustedes, cuando al dar sus datos al inscribirse (antes ellos mismos se inscribían, no existía tanta burocracia y era gratis) dijo Fitopatólogo en lo de ocupación del padre. Duré dos años en este trabajo. Apenas comenzaban a fomentarse las huertas de cítricos y me llamaban para que los podara, rociara y lechara, todo de manera natural sin usar químicos que ni se conocían en esos tiempos. Cortaba las ramas secas y las que estaban de más, les quitaba unas plantas parásitas que acá les llamamos “chuchitos”, las rociaba con jabón hervido y sulfato de cobre y lechaba con cal los troncos y el susodicho sulfato. Imagínense, sólo yo hacía este tipo de trabajo, así que me fue muy bien, hasta que me fue mal.

Recuerdo muy bien cuando una mañana salí temprano a trabajar, como a las once regresé arrastrando mi bicicleta y me senté en una piedra en la puerta de mi casa y escuché cuando mi mujer dijo a mis hijos: “vayan a meter a su papá, pues ya viene borracho”. Cual borracho, lo que pasó fue que puse la escalera en una rama seca y esta cedió y me fui para el suelo desde una altura de tres metros y se me quebró la clavícula; como pude me levanté y me subí a la bicicleta pues estaba como a tres kilómetros de la casa, cada bache o piedra que montaba, me retumbaba en el cerebro el dolor, por eso llegué cansado y me senté en la puerta; dos meses con una camiseta de yeso y con los calores que hace acá. Mi mujer me aplicó ese refrán que reza: “Crea fama y échate a dormir”. Adivinen que pasó con mis herramientas de Fitopatología.

Cuando me quitaron el yeso, me dediqué por un tiempo, a reparar linternas de pilas, en mis tiempos se usaban mucho, también reparaba hamacas. Eran trabajos tranquilos, pero se ganaba muy poco, de manera que conseguí trabajo con mi vecino que tenía una tortillería. Éste, fue también un trabajo duro. Aún no inventaban a la famosa “Maseca”, que es la harina de maíz a la que sólo había que agregarle agua, nada, a poner nixtamal en unos tambos cortados a la mitad, seis de estos armatostes. Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, a lavar los granos en una enorme pila, para que a las seis se comenzara a moler para la masa y las tortillas, luego, como a las once, cuando el sol comenzaba a zarandear a la gente que andaba en las calles, me montaba en la bicicleta para hacer la entrega de tortillas a los clientes fijos, terminando como a las dos o tres de la tarde. Un tiempecito para comer y de vuelta a poner el nixtamal, y así por espacio de cuatro años, hasta que me jubilaron, pero mis hijos, porque en esos negocios no existía esa prestación.

Ya con los años encima, regresé al trabajo de reparar hamacas todo el tiempo que me lo permitió el Parkinson. Ya hace algunos años que me retiré de esta dimensión. Me faltó contarles muchas cosas, porque fueron muchas en los noventa años que estuve navegando en esta aventura llamada vida, por eso me atrevo a decir que ahora, se ve la vida más fácil, hasta los jóvenes a quienes calificamos de pobres, usan motocicleta, en lugar de bicicletas, celulares de alta tecnología, no conocen la coa, ni el machete y lo peor, que a muchos no les gusta estudiar. Ahora la crisis es otra. ¡Ah! También fui zapatero y agricultor.

Palabras de mi padre.

Oxkutzcab, Yucatán. Febrero de cuarentena, todavía, 2021

Fco. J. Tejero Mendicuti.

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