LA PUERTA(POR: JOSÉ GARCÍA)

Se detuvo ante la puerta de madera antigua cuyo picaporte en forma de cruz resplandece  por los rayos dorados  del Sol. Golpeteó sin fuerza la pieza de hierro. Al tocar la antigua madera, surgió un sonido parecido al eco de una cueva. Una pequeña escotilla centrada se abrió mostrando un regordete rostro.

El monje cuya vestimenta le caía  hasta las rodillas, lo llevó por un estrecho pasillo. A un claustro de forma cuadrada donde  lo vestía un pozo y un jardín. Del centro se trazaban cuatro caminos. En cada uno había un corredor limitado por arquerías.

Mientras esperaba  lo reciba el Abad general, su pensamiento evocó una muestra retrospectiva de su vida.  A sus 25 años,  decidió abandonar todo para ingresar a un monasterio de clausura. Miró las muñecas de sus manos aun con la cicatriz viva. Quería enterrar la  mundana y loca vida de antes… Antes que ella lo entierre a él.  De milagro lo estaba contando.

El silencio de las iglesias, el canto durante las liturgias y la paz que todo ello se transmite parecía  daba una segunda opción. Un verano había visitado un sitio así. La alegría de los monjes, su independencia al exterior y sobre todo la felicidad que sus rostros muestran, de algún modo, remplazaba la soledad del hogar. Lo que ellos evocaban: paz, recogimiento, y estar con el corazón abierto a una vida nueva lo llevó a ser otro.

Enseguida  de la plática con el Abad, le fue permitido recorrer sus muros y corredores solo. Su capilla arcaica, con retablos de mártires retocados en color dorado, algunos lacerados por el tiempo,  lo mejor que vio en su itinerario.  Le llamó la atención no encontrar el salón donde departen los alimentos. El último tramo que camino  lo llevo  delante de  una puerta de aproximadamente  2 metros de largo y quizás 30 o 32 centímetros de ancho. Muy estrecha.

–¿Te llamó la atención “esa puerta”? –La voz del principal a su espalda, lo hizo dar vuelta. Ya tendrás tiempo de saber muchas cosas –término diciéndole.

Al siguiente día conoció a toda la hermandad  del monasterio. Sumó veinte personas, cuya complexión no tenia diferencia en unos y en otros. Todos eran pequeños y gruesos. Mi forma esquelética, por primera vez me alagó.

Después de estar rezando por casi toda la mañana, la hora de los sagrados alimentos se acercaba – ¿Por fin conocería el sagrado lugar? –decía.

Nuevamente en su sigiloso andar, el Abad volvió aparecérsele  por la espalda. Lo tomó del brazo izquierdo y lo guio hasta la  incierta puerta estrecha. Según el principal esconde un secreto. Ingresaron sin dificultad al interior. El Abad era de complexión delgada como él.

¡Sorpresa!..Lo que tanto  anheló buscar… ¡La cocina, se hizo presente!

Era una de las cocinas más grandes que había visto. Dentro de ella, olores sabrosos se disipaban. Tenía una barra al centro, reluciente de limpia, tal vez de unos 3 metros de largo. En su alrededor bancas de madera recién pintadas color caoba. Dos fogones: dé leña y carbón, y un ventanal al centro de puertas curvas y simétricas que reflejan figuras en la pared de enfrente cuando el sol está al medio día –eso, le contó el cocinero ahí presente.

Pasados diez minutos de la una de la tarde se sentó el Abad al centro de la mesa, y  los otros dos en  los costados. En el silencio que reinaba, solo el roce de los tenedores  y  las cucharas, se oían. Terminaron y abandonaron la cocina. Afuera el resto de los hermanos postrados ante la puerta con las manos enlazadas –seguramente orando por los alimentos que van a degustar, pensó – aguardaban su turno.

Siguió andando con el principal, y de reojo observo  a los demás que permanecían como los encontró. ¿Muy raro todo? Pensó.

  En los días siguientes la misma escena. Por casi un mes…

  Fue al regreso de uno  viaje del Abad, que se aclararon muchas cosas. Ese medio día llegó al corredor  que va  a la cocina y vio a los hermanos, ya no postrados en el piso, sino haciendo cola y sosteniendo un tenedor y una cuchara. Se acostumbró a verlos siempre regordetes  por ello no noto en sus cuerpos el cambio. Fue hasta cuando miró la Cogulla que los viste ya holgada y las manos famélicas de ellos.

De nuevo, el Abad se presento de improvisto ante él. Lo tomó del hombro y mientras caminaban hacia  la cocina le relató:

“Teníamos una de las cocinas más abundantes y con los cocineros más creativos. Comer en ese lugar era una tradición de miles de años. No había puerta alguna que lo prohibiera. Hasta el regreso una tarde  de mi viaje a Roma.  ¡Toda la comida almacenada para el invierno se había agotado…!”

Sigue  relatando: Busque a los hermanos y sorpresa la mía, propensos  a estallar dentro de sus túnicas. “Uno de los siete pecados Capitales…la Gula”, se posicionó en la boca de ellos.

Cuando mire la cocina, la última semilla de trigo se había evaporado. El vino consagrado lucia vacio. Hasta los ratones se habían marchado por falta de pan…

Entonces –prosigue –fue que decidí construir esta puerta tan estrecha en la cocina con una función: no dejar pasar a los gordos. También, ordené que no se sirviese comida. Cada monje tendría que ir a la cocina a buscarla si quería comer, pero solo podrá entrar si estaba lo suficientemente delgado. Para caber por una puerta de 32 centímetros de ancho.

Con esta dieta  radical los monjes comenzaron a adelgazar, ya que estaba prohibido comer fuera de la cocina.

Ni el cocinero se salvo…

José García

Febrero/2021.

FIN:

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