VIVO EN LA MEMORIA(POR: LUIS CHAY)

“Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo…”

Creo que no tengo que mencionar al autor de estas letras con la que quiero comenzar estas líneas.

Un amigo se fue ayer al viaje sin retorno, al descanso final, al lugar donde se llega para recibir el justo premio a los actos.

Emplear las palabras tradicionales de pésame me parece tan sin sentido, insuficientes ante el vacío que se siente perder a un familiar, más si es un hermano.

Con esto no quiero decir que el fallecimiento de los padres no duela, sino que tienen característica variable de dolor, no lo puedo describir, pero perder a un ser que comparte los mismos genes es una ebullición de emociones indescriptible.

Ha muerto un amigo, tan lo sentía así que aunque no nos frecuentábamos nunca se perdió esa empatía que surgió desde el año 84 cuando empezamos a compartir aula en la colonia Itzimná.

Él estaba adelantado pero convivíamos en espacios comunes y distintos momentos, hasta que por propia voluntad decidió no seguir el camino que pensé no dejaría.

Quizá algo nos unía, pues años después nos volvimos vecinos, pero, incluso pasado el tiempo coincidimos en el mismo trabajo; a pesar de eso no fuimos de eso de “hoy en tu casa y mañana en la mía”, lo cual no significa que el afecto menguara.

Cuando una amistad es genuina no implica una dependencia que pueda tornarse empalagosa; hasta con una mirada, un detalle, una seña, un hola, un abrazo se puede transmitir el afecto.

Así lo entendí con Ángel y por eso no me sentía mal y supongo que él tampoco desairado si nunca compartimos la mesa viviendo enfrente uno del otro.

Tengo que expresar públicamente mi admiración por ser el “adelantado” en el barco que alguna vez abordamos y que dejamos el remo en distinto momento.

Desembarcamos porque no supimos sortear alguno de tantos vendavales que nos tocó mientras intentábamos remar mar adentro o nos hundimos por la poca fe cuando intentamos ir al encuentro del que calmaba tormentas y caminaba sobre las aguas.

Algo también tengo que compartir, la afabilidad de su familia de origen, sus papás y hermanos, algo que siempre caracterizó (y estoy seguro sigue) a los Aldaz Góngora.

Despedirme de Ángel no lo permitió este mal que tantas otras vidas ha cobrado, pero el cariño, la amistad y todos los valores que unen a dos personas no lo opaca la distancia o la ausencia física.

Adiós mi querido amigo, un abrazo eterno, como aquellos que surgían espontáneos casi a diario en los jardines de la calle 18 número 78 de Itzimná, en el trabajo o cuando nos encontrábamos en cualquier lugar. ¡Descansa en paz!

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