LOS NIÑOS LLORAN DE NUEVO(POR: MARÍA TERESA MORENO)

El padre Eduardo los había castigado una vez más sin comer, por lo que el orfanato era un rio de llantos y gritos infantiles, así que, las monjas decidieron sacarlos al patio y dejarlos ahí hasta que se calmaran. Era mucho martirio para un grupo de niños que, ni siquiera habían conocido a sus padres, pero, padres y las monjas solo repetían lo que años atrás se había quedado como costumbre para educarlos. El sadismo en aquel lugar, había desaparecido casi por completo. Aun así, los niños sollozaban. Se abrazaban unos a otros tratando de consolarse. Después, empezaron a inventar historias sobre sus familias, cada cual, imaginándose a sus padres y madres, algunos jugaban a tener hermanos, otros, fantaseaban con ser hijos únicos hasta que…

-¡Qué lindo juego!- Exclamo un hombre vestido de negro que los miraba sentado desde una banca de piedra. Los niños no recordaban haberlo visto antes en el orfanato. Tenía la piel clara, el cabello largo y castaño y una barba fina que se amoldaba perfectamente a su rostro. En la mano, llevaba una pequeña bolsa de papel, y mientras la abría con cuidado preguntó:

-¿Es verdad que no tienen padres?- Los niños asintieron con un movimiento coordinado de la cabeza, a la vez que metían la mano en la bolsa de papel en que llevaba aquel hombre.

-Solo deben tomar uno cada quien- Dijo el hombre mientras pasaba la bolsa de dulces a todos los niños. Por alguna razón, no sentían miedo, muy por el contrario se sentían tranquilos y en paz.

-¿Les gustaría conocer a sus padres?- Preguntó aquel hombre. Los niños intercambiaron miradas confusas, sin saber que contestar, pero, después de un breve silencio todos afirmaron de nuevo con la cabeza.

-Bueno, tómense de las manos y, pongan el caramelo en su boca.- Dijo el hombre de cabello largo. Así que, formaron un círculo mientras se sujetaban de las manos. Uno a uno se integraron los niños hasta que no quedó ninguno fuera del círculo.

-Ahora, solo cierren los ojos.- Dijo aquel hombre. Entonces, pequeños cuerpos sin vida se precipitaron al suelo, dejando en el patio, un círculo de pequeños cadáveres que, poco después, el padre Eduardo encontró sin saber cómo reaccionar. Sin embargo, allá arriba, fuera del límite del mundo, muy por encima de las nubes, los niños despertaron en un lugar distinto, un lugar en silencio, donde solo podían escuchar su tranquilo respirar, y sentir las manos de los compañeros que las sujetaban. El hombre de cabello largo, ahora vestía de blanco y…todos en ese lugar vestían de blanco, niños, niñas, mujeres, hombres, ancianos. Todos hablaban o jugaban, pero no emitían ningún ruido, la paz podía respirarse y palparse.

¡Es por allá!- Dijo el hombre, apuntando con el dedo detrás de ellos. Los niños dieron media vuelta, y cada uno pudo ver, y reconocer de inmediato, a los seres que les habían dado la vida. Los padres de cada niño, esperaban allá, a lo lejos, con los brazos extendidos. Los niños comenzaron a correr, mientras estiraban los brazos: ¡MAMÁ, PAPÁ!, gritaban todos, gritaban y corrían mientras que, en sus espaldas, se dibujaban un par de delicadas alas, las cuales, señalaban el inicio de su eterna estadía en el paraíso… 

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