UNA NUEVA NORMALIDAD(POR: JOSÉ GARCÍA)

Término de leer la carta y la depositó sobre la mesa. Encimada de cientos de ésta. Cavilaba la última misiva en silencio, cuando una ráfaga de viento se coló por la rendija de la ventana  levantando  las hojas formando un remolino. En su desesperación Estiró sus brazos tratando de apresarlas consigo. Tan sólo una pudo capturar. El resto, como palomas libres, como cola en un papagayo se perdieron en la  noche.

Planchó con sus manos la única  y se dirigió a su sofá afelpado. Finalmente, asumió resignado tal perdida, se coloco sus anteojos redondos e inicio la lectura:

­­–¿Querido Papá Noel? –sonrió ante grato comienzo. Imaginó a una persona de corta edad –.Continuo su lectura.

“Me llamo Sofía, pero mis amigas me dicen de cariño “güera”, claro, seguramente te imaginaras en mi una niña con cabellos color de elote. Pero no es así. El apodo me lo gane aquella mañana que fuimos a visitar a unos niños en el hospital. Era el tercer año consecutivo, lo recuerdo muy bien, íbamos retacados de juguetes recolectados en la escuela. En espera de la orden para comenzar nuestro recorrido buscamos sentarnos donde fuera. Había más gente que de  costumbre, de seguro el cambio de clima era una constante para tanta enfermedad—pensé. El hambre ya se peleaba con las “tripas” que discretamente, como rechinido de dientes  reclamaba algo dentro.

Alicia, había llevado gelatinas de colores. A pesar del clima en el interior del lugar, no era el propicio para mantenerlas firmes. Flor, ya comenzaba a probar los sándwiches de atún. Yo, repasaba mis pequeños diálogos.  Cuando llegue a las líneas que le corresponden a Santa Claus. ¿Y dónde estaba él? –lo busque con la mirada.

–¡Chicas! ¡Chicas! –Lancé fuerte grito–.  Como nadie  prestaba atención aticé varios golpes en la pared, al prestar su atención fui  directamente  al grano.

— Cómo verán estamos en un dilema, les dije seriamente. Don Genaro, uno de los guardias de la clínica que venía haciéndola de Santa Claus, hoy no laboró –Se miraron unas a otras esperando quien resuelva el problema –. Por fortuna en la clínica tenían trajes de las pastorelas y otros menesteres que hacen las enfermeras. ¿Quizás tengan uno de papá Noel? Afirmo  Sofía.

Me les quedé  viéndolas de reojo, de las cuatro, ni una sola llenaría el traje. No me consideraba una modelo, pero no había más indicada que yo.

Nos quedamos cumpliendo con uno de las reglas del hospital: “Guardar silencio en esta área”. Yo sola me puse la soga al cuello pero era por una buena causa. Cuando nos aviso la jefa de piso que ya podíamos iniciar, me le acerque y le resumí el dilema. Me miró de la cabeza a los píes, me rodeo, y haciendo un encuadre en mi figura, afirmo: ¡Si, creo que lo llenas! –respondió de una manera sarcástica.

Todo estaba perfecto, el traje me ajusto al cien, hasta los zapatos afelpados cupieron. Faltaba la peluca que por el tiempo mostraba un tono blanco amarillento…bastante diría yo. No estaba en la posición de escoger, así que sin más me arrope con lo que había.

El primer cubículo que pasamos era de los niños recién llegados. Eran ocho encamados, con la mirada entristecida. Cuando rozaba sus camas, al verme se tapaban de los pies hasta la cabeza. Así la mayoría. El último, se puso firme en el respaldo de la cama y se me quedo observando. Saque un regalo de mi bulto, extendió sus manos para tomarlo sin quitar su vista de mi. Al menos mi atuendo no le asusto, íbamos bien me dije. Cuando me alejaba, seguía su vista sobre mí.

El siguiente pabellón, donde estaban los menos delicados. Cuando lo escuche me imagine un cuadro de personas llenas de tubos  enredados  en los atriles para suero. Pero gran chasco me lleve. ¡Qué fuerza sacaron para gritar: Hola Santa! Ver sus rostros  en sonrisas, juntando sus manitas para aplaudir y recibir sus presentes…

Me entusiasmó tanto que salí de ahí, dando brincos de alegría.

El entusiasmó contagio a mis compañeras que en no dejaban de dar brincos en los pasillos. Nos abrazamos, nos jaloneamos los cabellos, tanto que, mi peluca comenzó a deshilvanarse. Quedaba la barba aun con algo de rizos. Desparramada sobre mi cabeza le hacía gestos. ¿No podía presentarme así ante los demás? No acababa de pensar cuando sentí algo húmedo en el cráneo.

–Sofía me puso una tela de lana y basta –¡Una jerga! – Blancuzca.

Escurría con los dedos al caminar los residuos líquidos emanados de ella. Antes de entrar al último cubículo miré mi propio reflejo en el cristal de una ventana. No se veía tan mal, pensé. Trataré de robarles su atención desde el principio –ideaba las palabras en mí misma –. Cuando les enseñe los regalos  enfocaron  su vista en ellos. ¡Sí, así fue!

Me paré en la puerta del último pabellón antes de entrar. Toda preocupación se dispersó cuando me dijo la enfermera que era el de los más delicados. Había casi doce ángeles con las alas desvanecidas. Tenía que hacer mi mejor papel, me sentí Santa llegando del polo norte. Me sentí regordete, chapeado, bonachón…así que lanzando mi grito de guerra: Jo-jejo-jejo. Quedé ante ellos.

Pero no fue tal como imagine. Desde el primero que le entregué su regalo, se apodero de una hilera de mi peluca que iba jalando. Luego el siguiente hizo lo mismo, y el tercero, el cuarto. Como una bola de estambre que se va deshilachando llegue al final. Ya se notaba mi cabello natural –rojizo –que ante el último causó asombro. Quedo  petrificado, como si hubiera visto a la medusa. Con su boca abierta desafiando  a alguna mosca despistada.

Sentí que mi misión llego a su final sin éxito.

Comencé a caminar en sentido contrario para abandonar la escena dejando todo en el suelo. De repente, una mano me detuvo de tajo por la espalda. Luego un par me tomaron de los hombros y otra, me quitó lo que quedaba de la “jerga”, para colocarme una peluca de tinte dorada. ¿Pero no acabo todo ahí? Un chaval apoyado en una enfermera se me acerco con un espejo de mano. Lo puso de frente a mí, y llamando a los demás con las manos, en un segundo me rodearon y en unísono gritaron…!Feliz Navidad…Güera¡

Y así mí querido Santa, lo que  obtuve  de aquellos pequeños es una increíble lección. Como una sonrisa alisa el corazón, rejuvenece la esperanza y reinventa la vida…

Al leer sus últimas letras, papá Noel se secó sus humedecidos ojos, doblo la carta para guardarla en uno de los bolsillos de su traje y se dirigió a la ventana. La noche era fría típica del invierno. Llamó a sus duendes y les solicito preparen su trineo. Media docena de esbeltos renos aguardaban cuando lo vieron llegar sonriente.

Sacó su “tapaboca”,  se lo colocó ante la mirada de sus colaboradores que en empatía se pusieron los suyos también. Y en su tono peculiar elevo su cargado trineo lleno de regalos y esperanza.

La luna llena de esa noche mágica, presentaba tonalidades doradas.

FIN.

José  García.

Diciembre 2020.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s