LA ANCIANA DE LA MONTAÑA DE ATZITZINTLA (POR : ARQUÍMEDES MORÁN)

LA ANCIANA DE LA MONTAÑA DE ATZITZINTLA

En el ascenso hacia el volcán pico de Orizaba, se atraviesa por varios poblados pequeños, pintorescos y de personas cálidas.

Para ascender al volcán Pico de Orizaba por el lado de Puebla se tiene una ruta que pasa por el poblado de Atzitzintla, una pequeña comarca del estado de Puebla, ubicada en las faldas del volcán Orizaba, frontera con Veracruz.

Colorido es el panorama en mi trayecto hacia el gran volcán por la ruta de Atzitzintla, como colorido el cielo de aquel día.

Ensimismado en mis pensamientos y disfrutando de los bellos paisajes alrededor de las laderas del volcán Orizaba, un evento estaba próximo a manifestarse que incubaría un deseo y una razón para escribir esta anécdota.

Hermosa y fría mañana aquella cuando visualizo a una mujer de avanzada edad sobre el camino que tránsito. 

Frente a la carretera de Atzitzintla una anciana de rostro arrugado, de mirada agradable, de vestir muy humilde, me pide un aventón.

Por primera vez en lo que tengo memoria, tengo frente a mí el reflejo del arquetipo de la madre de la antigua raza Azteca, el rostro prototipo de la mujer azteca me impresiona, mi mente se remonta a cientos de años atrás, toda una serie de historias, mitos, leyendas sobre esa raza azteca caen en mi mente de manera acelerada.

Solo la voz de la anciana me vuelve a la realidad, ella me llena de bendiciones al complacerla en llevarla a bordo de mi automóvil.

La humilde mujer con harapos me causa a la vez ternura, compasión, así como admiración.

Sus palabras siempre llenas de esperanza y fe que en todo momento expresa con naturalidad me convierte en su fan, en toda frase emitida ella bendice a la naturaleza, bendice al sol, bendice a la lluvia, bendice a los campesinos que siembran, les da gracias porque por ellos se puede comer, me deja impresionado esta maravillosa anciana llena de positividad.

A pesar de su condición, me hace sentir envidia por su inquebrantable y grandiosa FE.

La interrogo sobre su razón de viajar a otra comunidad, le pregunto a ella si está yendo a visitar a su familia, ella me indica que no, que desde hace años vive sola, con un hijo con problemas de discapacidad, un hijo que desde niño no puede valerse por sí mismo y al cual tiene que atender, por lo que va a vender unas almohadas, y así poder comprar unas cuantas papas para alimentar a su “enfermito”, un apodo cariñoso que ella le da. Me mira a los ojos fijamente y me confía su venta, unas fundas de almohadas hechas de sabanas viejas, me dice, con la venta tal vez logre recaudar entre 10 y 20 pesos y entonces podré comprar alimento para alimentar a mi hijo por una semana.  Sus palabras taladran mi corazón, su rostro envejecido pero digno me hacen valorar profundamente sobre lo verdaderamente importante en la vida, su fortaleza ante la adversidad genera en mí grandes reflexiones. Ella continúa emitiendo bendiciones hacia los campesinos y la naturaleza al expresar su esperanza de que podrá vender sus almohadas. La actitud de la mujer empequeñece mis preocupaciones sobre mis problemas personales, ella es fuerza física-mental-espiritual a pesar de su edad.

Su felicidad no se basa en el tener sino en el creer y una férrea esperanza hacia lo divino, ella solo repite, él proveerá, la naturaleza nos dará, nuestro Dios está presente.

Detengo el camino al visualizar a un panadero y le ofrezco un pan, le entrego unos panecillos, los ojos de la abuela como la expresión de una niña que recibe dulces, hacen que me quiebre de emoción, todo mi mundo desaparece, nada existe más que ese momento grandioso en que ella me llena de bendiciones.

Reinicio el ascenso continuo hacia el volcán, la miro de reojo, como si mi mente tratase de guardar su imagen, como el pintor trata de retener la imagen de un rostro, me imagino a las madres de la gran raza de mis antepasados Aztecas, el tiempo parece haber retrocedido cientos de años.

Deseo decir algo, pero no hallo palabras. La dulce abuela por fin llega a su destino, yo le extiendo un regalo mayor, porque ella me había generado una experiencia única.  Su mirada me taladra otra vez el alma, su voz resquebrajada por la emoción me llena de bendiciones y pide mi nombre para no olvidarlo y orar por mí, las expresiones sacuden aún más mi ser.

El agradecimiento de ella ya es para mí una de las más sublimes oraciones.

Todo mi mundo efímero se desvaneció esa mañana, ante aquella gran madre de Atzitzintla, ante la anciana que se abandona diariamente a la voluntad de lo alto.

Sin tener, lo tiene todo,

Sin ambicionar le llega lo que corresponde, tiene como muchos humildes lo que los millonarios ambicionan PAZ.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s