LA VENGANZA DE LA SUEGRA DE TOMASITA(POR: FRANCISCO RODRÍGUEZ)

“Jamás le exijas algo a un tacaño, porque puede hacerte daño”.

(Dicho que me acabo de inventar)

Tomasita llegó a casa feliz con una grandiosa noticia (Según ella) al momento que les mostraba a sus hermanos un anillo de aluminio, de esos que vienen en los botes de cerveza para abrirlos.

—¡Me caso, Romualdo me ha pedido que nos casemos!

— Y eso que traes en tu dedo, ¿qué es?

— Es mi anillo, bueno, simbólico, mientras me compra uno de oro con un diamante.

— uuuuuh.

— Nos vamos a casar dentro de dos meses. Hoy viene a pedirme ¡Qué emocionada estoy!

Así fue. Por la noche llegaron Romualdo y sus padres a pedir a Tomasita en matrimonio. No había manera de rechazar la petición, a la muchacha se le estaba pasando el tren; como se dice comúnmente, para señalar a una chica soltera ya entradita en años.

Solo que, Romualdo tenía fama de codo duro y al parecer, la madre de él también.

Esa misma noche planificaron la boda. La de civil sería en martes, porque ese día cobraban mitad de precio en el registro civil y la religiosa, en miércoles, para que la gente se fuera temprano porque otro día iban a trabajar.

Tomasita llevaría el vestido de novia de su suegra, con una lavadita y una ajustada quedaría como nuevo. Ah, y no se le daría comida a los invitados, tan solo unas botanitas y un vasito de agüita de limón, él no tenía por qué darle de tragar a panzas aventureras.

Los hermanos y hermanas de Tomasita estaban furiosos escuchando aquella sarta de sandeces que decía el tacaño.

En cuanto se fueron, empezaron las protestas reclamándole a Tomasita.

— ¡No! ¿Cómo está eso que no va a haber comida?

— ¡Puras botanas!

— ¡No Tomasa! ¡La gente está acostumbrada que en una boda se da de comer!

— Si no das comida yo no voy.

— Qué vergüenza, que va a decir la gente.

Tomasita se sentía presionada. No era decisión suya, era de su novio.

Lo mismo sucedió en la familia y amistades de él. Muchos le reclamaron su tacañería, ¿cómo de que no iban a dar comida? Él solo decía.

— Que vaya el que quiera, no es obligación ni de ir, ni de dar de comer.

Sin embargo la presión siguió, sobre todo en la familia de Tomasita, pobre chica, se sentía desesperada.

Pidió un préstamo en su trabajo y se lo dio a su novio, suplicándole que dieran algo de comer en la boda. Él tomó el dinero y le dijo que mejor lo metieran al banco para empezar bien su relación, siempre es bueno tener ahorros para cuando se necesite.

Por primera vez, Tomasita se atrevió a gritarle, diciendo que aquel dinero lo había conseguido para ofrecer algo de comer en la boda.

— No mi amor — Dijo él poniendo el dinero en su bolsillo — Ahora estás mortificada y hasta me puedes llorar, pero ya que pase la boda, me lo vas a agradecer y vas a decir que yo tenía razón. Qué necesidad tenemos de darle de tragar a los gorrones.

Tomasita ya no dijo nada, solo se tapó el rostro y empezó a llorar. Al mirar la actitud de la muchacha su suegra intervino y dijo en tono molesto.

— Mijo, Tomasita tiene razón, si la gente quiere comida, les vamos a dar de comer. Van a ver. Les vamos a dar de comer, si señor— Al decir aquellas palabras, tenía los dientes apretados, no podía disimular el coraje — Dame ese dinero hijo, yo me voy a encargar de la comida.

Se llegó el día de la boda. Tomasita era muy querida y muchos de sus parientes y amistades acudieron a la ceremonia. Por parte de él, solo los parientes más allegados y algunos amigos de su trabajo. No había invitado a mucha gente para no gastar tanto.

La fiesta fue muy sencillita, en el patio de la casa de Tomasita, con un estéreo casero se amenizó el ambiente, las mesas y sillas eran comedores que se pidieron prestados a los vecinos, los vasos y platos en que se sirvió la comida y agua de limón fue en platos de casa porque era un desperdicio comprar desechables, lo único elegante era un enorme pastel y eso, porque los hermanos de Tomasita se cooperaron para comprarlo. Los centros de mesa, eran botellas de cerveza caguama no retornables, forrados con papel de china blanco y dentro de la boca de la botella, algunas flores de laurel. En un derroche de generosidad, el novio le anunció a sus invitados que podían llevarse el centro de mesa, hasta donde alcanzaran y que no se pelearan, porque solo había hecho diez, porque el papel de china estaba muy caro.

En varias ollas de aluminio estaba la comida. Birria de pollo, por ser más barata que la de res. Olía delicioso. Lo que fuera de cada quien, la suegra de Tomasita es muy buena cocinera.

Se empezó a servir la birria, acompañada de frijoles charros, dos tortillas, salsa y su vasito de agua de limón.

Los invitados con muy buen apetito degustaron de aquel platillo. La novia convivió feliz con todos ellos comiendo también. El novio adujo que a él no le gustaba el pollo y solo comió frijoles, lo mismo su madre. Curiosamente, la misma suegra anduvo mesa por mesa, diciendo a la gente, que el que gustara podía pedir más comida, había suficiente para servirse dos o tres veces; en efecto, había tanta que la mayoría se sirvió dos o más veces y algunos pidieron hasta para llevar.

El brindis se hizo con agüita de limón y el pastel se repartió en rebanadas mínimas que se repartieron sobre toallitas de papel. En el baile donde se pone dinero a los novios, Romualdo consideró que sus invitados fueron muy codos, pues les pusieron muy poco, según él.

Hubo un poco de cerveza, porque los mismos invitados la llevaron.

A media noche se terminó todo y los novios se fueron de luna de miel. En un motelito de paso, donde Romualdo renegó por el precio que tuvo que pagar, fue que llegaron a pasar aquella primera noche de amor.

El ritual se hizo como se es conocido. Romualdo aparcó el auto frente al cuarto que rentó y luego con mucho cariño tomó a Tomasita en sus brazos y cargándola, la llevó al lecho nupcial. Apenas iban llegando a la cama cuando ella sintió el primer retorcijón.

— ¡Ay, ay! — Gritó asustada.

— ¿Qué pasa mi amor?

— ¡Me duele mucho el estómago!

Saltó de los brazos de su esposo y corrió al baño. Que lata para quitarse el vestido, aquel dolor en su estómago iba en aumento. Por fin se deshizo de las vestiduras nupciales y se sentó en la taza del baño, donde una terrible diarrea, manifestó la purga de caballo que su suegra le había puesto a la birria.

Tomasita lloraba desconsolada. El dolor era terrible, apenas se levantaba de la taza del baño y el dolor regresaba.

— ¡Anda mi amor, te estoy esperando! — Decía Romualdo de manera sensual.

— ¡Espérame, espérame, me duele mucho!

En su pueblo, la situación era la misma con todos sus invitados. Andaban como locos peleándose por los escusados, se acabó la vergüenza y no hubo más remedio que ensuciar patios y callejones. Por la bella luz de la luna llena, se reflejaban aquellos charcos como si fueran círculos brillantes.

¡Qué noche tan larga! se agotaron todas las botellas de antidiarreico y pastillas contra dolor. Por fin la luz del día.

La novia amaneció virgen y demacrada, con los ojos hundidos y aún con retorcijones.

Qué situación tan horrible vivieron todos los invitados. Pero eso sí, con sus estómagos bien limpios; por tragones. Hubo quien hasta necesito de ir al médico.

Ya ha pasado un poco más de un año de ese hecho tan malvado.

La madre de Romualdo está feliz, porque la acaban de hacer abuela, tuvieron un niño precioso.

Este domingo van a bautizarlo. Romualdo ha invitado a mucha gente al bautizo, pero les ha dicho que no dará comida, solo unas botanitas con agüitas de limón. Nadie, absolutamente nadie le ha protestado. Es sabido que en los bautizos se da comida, pero nadie se lo menciona.

Es más, creo que al igual que yo, muchos no pensamos ir a la fiesta del bautizo.

Aprendimos bien la lección, jamás exigirle nada a un tacaño.

Yo fui de los que se sirvió cuatro veces birria de pollo, ya se imaginarán como me fue.

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