JUGANDO EN LA FUENTE(POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA)

Parecía un caballito, y ahí se montaba para disfrutar nuestra ciudad. Nos conocimos en 1985, yo conducía un Le Barón del año, y llevaba a mi hijo sentado en lo que le llamo coderas, pero para un pequeño de tan sólo 2 años

Yo venía de la avenida Pérez Ponce, cruzaba nuestro maravilloso Paseo de Montejo, y en aquellos años, existía la muy famosa glorieta de San Fernando, que tenía una fuente con losetas verde pastel y caía agua desde sus columnas cuadradas.

 A mi hijo de gustaba que yo rodeara la fuente para ver el agua y cantábamos: ahí en la fuente había un chorrito, se hacía grandote… mientras volvía a rodear la fuente.

Nuestro destino de aquella mañana de septiembre, era ir por informes al colegio América, para ingresar al maternal a Tomás, yo empezaría un negocio propio.

En esa ocasión, después de dar 2 vueltas a la glorieta, un camión urbano de la ruta del tecnológico me alcanzó subiendo mi auto a la fuente.

El ruido fue tal que nos asustamos mucho, mi hijo comenzó a llorar, yo al querer salir del auto me di cuenta que la puerta estaba doblada, nosotros atrapados en el interior, el terror se apoderaba de mi tranquilidad.

De la nada comenzó a llenarse de gente para ayudarnos.

El problema era que el camión montaba las puertas delantera y trasera del lado izquierdo, y el borde de la fuente dominaba las puertas delantera y trasera del lado derecho.

Estábamos sin salida, con golpes, muy asustados pero bien.

Sin poder salir del auto y tratando de no entrar en pánico seguí cantando la canción del chorrito para distraer a mi nené, lográndolo por ratos y perdiendo la serenidad por otros.

Fue en ese momento que un hombre joven, quizá de unos 35 años, se asomó por el parabrisas.

Con una moneda golpeaba el cristal llamando mi atención, para dirigir la operación de rescate.

—Señora soy Omar, trabajo aquí cerca en las oficinas de La Peninsular, al mismo tiempo me enseñaba su gafete con su nombre y su foto.

 Tratando de tranquilizarme me daba instrucciones para abrir la ventana, que al ser de cristales eléctricos mi coche, también estaba dañado el sistema al golpearse la puerta.

Con voz fuerte, me dijo:

—Romperé el cristal trasero izquierdo para poder abrir la puerta, y poder sacarles.

Mi niño ya no lloraba porque le ofrecí que al bajarnos podríamos entrar a la fuente a jugar con el agua, cosa que él siempre había querido.

El camión urbano estaba completamente pegado a nosotros por el lado derecho, así que por ahí no se podría hacer ningún movimiento.

Los pasajeros del camión se bajaban alarmados, gritando que había heridos.

Las personas que nos ayudaban distraían a mi pequeño por el cristal del frente mostrándole objetos que hacían ruido al golpear el cristal.

Me miré al espejo retrovisor, vi que tenía un hilo de sangre bajando de la cabeza hasta mi ojo izquierdo, tomé de mi bolsa un kleenex para limpiarme y no alarmar a Tomasito.

Al fin Omar pudo abrir la puerta trasera izquierda sin necesidad de romper el cristal. Sacó a Tomasito quien más calmado y sonriente le aplaudía.

—Me dijo: Señora, Lidia se hará cargo del niño mientras le ayudo a salir. Llamamos a la ambulancia y a los bomberos.

— ¿Y quién es Lidia?, le pregunté.

—No se preocupe, ella trabaja en la oficina, su niño estará a salvo y aquí junto al carro, donde usted podrá verlo en todo momento.

Después de varios intentos, ayudado por otros hombres, pudieron abrir la puerta de mi lado.

Al bajarme del carro abracé nuevamente a mi niño, ya estaban paramédicos y vialidad en el lugar de los hechos.

El chofer del camión, un hombre joven, perdió el control al estallarse una llanta del mismo. También fue atendido, al igual que los pasajeros.

 Este incidente nos llevó varias horas sobre la fuente, así que mi hijo después del gran susto, terminó jugando con el agua de la fuente mientras yo relataba los hechos y se levantaban cargos.

Al fin ya fuera de todo peligro, dándole las gracias a todos los que tan amablemente me ayudaron.

 Omar me dijo que allí en la glorieta había un sitio de autos, que me pediría uno para que me regresen a casa.

Pasaron unos días, preparé una rosca de chocolate para agradecer las atenciones de Lidia, y de aquel joven Omar con quien  llevo hoy 20 años de casados.

ANA LETICIA MENENDEZ MOLINA

11 DE DICIEMBRE DE 2020

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