DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

SEQUÍA

Caminando en procesión, con pasos pesados por la carga que les tenía puesto el sol sobre sus lomos, lomos que tenían como esculpidas de manera rústica las costillas pegadas al pellejo y esa mirada triste que tienen para siempre las reses, lentas por el cansancio de las ansias, buscaban hasta donde sus fuerzas se los permitía, algún charco con agua para mitigar esta sed que les tenía ya los belfos secos como cuero de huarache, o tan sólo alguna manchita de pasto para rumiar y sentir algo húmedo en la lengua. Se veían patéticas, caminando muertas en vida hasta que alguna se derrumbaba con el sonido sordo de ¡plof!, igual como suena cuando se deja caer un odre vacío. O si te las encontrabas de pie, arrinconadas en el alambre de púas de los cercos, hacían que se te erizara la piel si te las topabas de frente, pues te seguían mirando con esos ojos tiernos con grandes pestañas, a pesar de estar muertas completamente secas, tan secas, que ni los animales carroñeros se ocupaban de ellas.

Es que en la serranía sí había caído la lluvia y se habían formado los arroyos que bajan brincando por entre las barrancas, buscando el plan que conformaba buena parte del estado para relajarse, pero en este plan que conforma el páramo que se pierde más allá del horizonte, según me dijeron, ya iba para cinco años que no caía una lluvia formal, de manera que donde comenzaba el terreno llano, terminando luego, luego la sierra, la tierra parecía papel secante que absorbía cualquier gota que quisiera aventurarse por estos lares. Sólo los arroyos muy grandes y los dos ríos que atravesaban el territorio, lograban llevar sus aguas a la gente que vivía en él. Lo malo, es que no todos gozaban de su tenencia, pues los que tenían grandes extensiones de tierra y que se encontraban cerca de la vera de los ríos, para nada sufrían y se abastecían de grandes cantidades de este vital elemento. Los más, los parcelarios, los de terrenos de temporal que se encontraban tierras adentro, pues nomás levantaban la vista, y esto de levantar la vista lo hacían muy temprano o muy de tarde, pues corrían el riesgo de quedar ciegos por este sol blanco, blanco y deslumbrante. Pasaba lo mismo con los que tenían reses, los que eran dueños de miles de cabezas de ganado, gozaban de terrenos con buenos pastizales y agua suficiente para que abrevaran los animales; los que contaban con apenas una decena, puro huizache y gobernadoras y para el agua contaban sólo con los aguajes que se formaban en los arroyos y por esta sequía, estaban secos con el fondo y las paredes cubiertas de yeso.

Era igual de patético ver a los campesinos aferrados a sacarle frutos a esta tierra requemada por siempre. Arrastraban el arado y en lugar de abrir zanjas donde la tierra prometiera parir abundante cosecha, se roturaban en trozos, tremendos terrones, duros como piedra, como ladrillos horneados por el sol. Y todo el terreno estaba atravesado de surcos como bocas sedientas, pidiendo agua a las escasas nubes, que pasaban a toda prisa asustadas ante la desolación del lugar. Estos surcos eran los mismos que se reflejaban en rostro y manos del campesino temporalero, a causa del polvo caliente que se levantaba en remolinos, buscando también una pequeña sombra donde reposar y se adherían a la piel por debajo de las ropas y el sombrero, absorbiendo con avidez recalcitrante, apenas asomaban, a las pequeñas gotas de sudor en la frente rugosa. Diez años, durante los cuales, los arroyos olvidaron para que servían, pues en su lecho únicamente corría el calor y reverberaban las piedras redondas que se reventaban con el sol.

A pesar de que venía yo de una tierra donde la humedad era constante, y renegábamos por el exceso de agua, al principio no me percaté de esta anomalía meteorológica, pues me encontraba trabajando en la sierra, donde, como dije, ahí sí llovía, pero no se sembraba más que en pequeñas planadas llamadas “magüechis” siendo sólo para consumo familiar y uno que otro trueque, pues como saben, acá en las montañas lo fuerte es la minería y la madera. Fue hasta el tercer año, cuando me enviaron allá en el páramo, y después de pasar cuatro meses sin ver una sola gota de lluvia, fue que comencé a ver lo triste del panorama, lo triste del pueblito y la melancólica tristeza de los ojos del campesino. En todo ese ciclo escolar, sólo se nubló una vez y cayó una tormenta, bueno dos: primero una tormenta de arena que nada le envidia a los simunes del Sahara, y después una tormenta eléctrica: puros rayos, relámpagos y truenos, de agua, cuando mucho, diez gotas por metro cuadrado. Si esto sucediera por sólo un año, sería tolerable, pero yo fui testigo por cinco años. Se terminaba el curso escolar y me iba a mi tierra por dos meses, regresaba y era lo mismo, así estuviera en cualquier parte de esta vasta región que se disputaba el páramo y el desierto.

Esta situación me hizo comprender el valor incalculable de este elemento vital. En mi tierra, cuando la sequía dura tres meses, lo vemos como una situación preocupante, aún ahora cuando ya no tenemos casi tierras de temporal, pues existen sistemas de riego para los sitios que se dedican a la fruticultura, imaginen pues una década. Por eso, cuando iba a mi tierra durante las vacaciones, no renegaba por las lluvias que arruinaban algún paseo. Y ahora que soy jubilado, cuando llueve, abro puertas y ventanas, para que, aroma y fresco, laven mi casa y mis recuerdos y tenga presente el poder del agua: si en abundancia, nos doblega, si escasa, también. Sujuy Já; Sagrada sea el agua.

Oxkutzcab, Yucatán. Diciembre de cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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