LA VENTANA(POR: ROSA MARÍA GONZÁLEZ ROMANO)

Su boda había tenido la inmediatez del anhelo por conquistar al mundo entero y lo habían logrado sin gran esfuerzo.

Los novios se conocieron a finales del año anterior y ahora, desde el balcón donde ellos se dieron ese beso que selló su unión, saludando a los miles de invitados a la fiesta nupcial, el asombroso asombro se convirtió en regocijo. Un regocijo necrófilo que, en pleno deleite, a ella, la refociló de placer al observar morbosamente que ya no había nada más que la perpetua soledad solitaria llena de espectros en medio del vacío espacio sepulcral. Sólo quedaba aquella gran tumba, la que guardaba a la antigua figura alegre y joven mundanal del mundo, que otrora, constantemente, retoñaba en los ayeres perdidos de los campos estivales ahora arrasados por el caos conquistado.

Se asomó con la enorme sonrisa plasmada en el demacrado y perpetuo rostro cadavérico, como era su cotidiana costumbre desde hacía algunos calendarios; ¡muchos quizá! Ahí afuera no había otra cosa que la profunda y oscura oscuridad. Silencio absoluto, aire pesado tan denso como una fría niebla invernal se paseaba por las añejas baldosas de la triste y abatida calle mientras sombras fantasmales deslizaban sus espeluznantes y amorfas presencias, que presurosas acudieron aquel día al enlace como sublimes poseedoras de la ahora libertad sin vida.

Las risas, envidias, discusiones, pláticas, enojos y demás yacían dentro de los sarcófagos que poco a poco iban cerrando ciclos.

La oportunidad le llegó con nombre propio, pero de personalidad bastante conocida y la fuerza obstinadamente perversa de un proveedor seguro, que difícilmente sería controlado y, la huesuda, había hecho un trato infame con él para que le procurara, con premura, cuántas víctimas fuera posible.

El Destino convertido en parca ávida, tan sólo esperaba con esa infinita imperturbabilidad que la caracteriza, a que se entregue en sus brazos el siguiente; ¡había tantos!, quizá demasiados en lista de espera y, la prisa, era cosa de nada. Trabajo de rutina.

Eran la pareja perfecta. En medio de la siniestra complacencia, acechaban que apareciera él o la siguiente en turno. No importaba el nombre, sexo, ni la condición socioeconómica; mucho menos el idioma, cultura, ideología o religión, total, los escogidos, absolutamente todos, acabarían en la soledad del entierro sin velorio en un negro cajón que quedaría como único ropaje, incluso para el atrevido que, en un infausto descuido oportunista, aún sin ser convidado, acudiría al festejo.

El festín de la Muerte, que ahora ostentaba orgullosa a su divina y juvenil ahijada de nombre Pandemia desposada por su imprevisto y vertiginoso galán, hoy flamante esposo, llamado Coronavirus.

Septiembre de 2020.

Rosa María González Romano.

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