EL ATAQUE DE LOS DUENDES DE COMALCALCO(POR: MARÍA TERESA MORENO)

Los duendes son seres elementales sobrenaturales, pero sin alma y de estatura menuda, variable entre los 30 centímetros o el metro de altura. La mayoría de las cosas extrañas e inexplicables, suceden en los fríos oscuros y solitarios bosques alejados del destructor paso de los hombres, estos seres se revelan ante el daño que le provocamos a su hábitat, los duendes habitan en el bosque, desde hace muchos años o siglos, y no son fantasía o inventos, teniendo como vivienda el interior de algún árbol o incluso; en el subsuelo, en cuevas de tierra, dentro de algún habitáculo o cavidad, sus costumbres, son algo retrogradas y en horas nocturnas o de total tranquilidad, se hacen presente y poseen un carácter extremadamente susceptible, que les conduce a adoptar actitudes despectivas u hostiles; contra los humanos sus peores enemigos…

Quiero contarles mi historia:

De cómo sobreviví a un auténtico y real ataque de estas criaturas del bosque, cuando yo era niña me quisieron llevar los duendes, de eso yo tendría como siete años, y resulta que eso paso en una propiedad grande, que era herencia de la familia por generaciones, ya que nosotros somos descendientes puros de los olmecas; una gran cultura asentada en Comalcalco Tabasco. Así que al morir los viejos abuelos, fueron heredando a sus únicos familiares extensas hectáreas o terrenos de selva, en ese entonces dentro de una gran reserva que existió, y toda quedo repartida en partes iguales entre; hijos, nietos y bisnietos, al final todo quedó entre familia de nuevo. Todos los vecinos éramos familia cercana, lejana, política, pero familia al final de cuentas, y no faltó el que vendió un pedazo o la totalidad de estos terrenos vírgenes, casi sin explorar, y en ese lado vendido se comenzó a construir un moderno motel turístico, algo nunca visto en esa zona y más en esas fechas. ¡Si mi abuelo viviera se volvería a morir al ver esto!.

Estos monopolios o empresas destructivas, talaron el bosque casi por completo, destruyendo manglares, y hasta sin duda restos arqueológicos, y desviaron un rio de agua pura de su paso natural, toda una autentica desgracia. A un así seguían estando cerca los parientes, y solo nos unía una gran hacienda cacaotera, donde se producían en sus tiempos, enormes cantidades de chocolate y algunos dulces, pero ya nadie la quería trabajar, y poco a poco esta sucumbía ante el acelerado paso de la época moderna, yo me crie en una esa hacienda de cacao y chocolate, y les juro que en las noches, escuchábamos que allí se metían los animales del bosque, a devorar pequeños fragmentos de chocolates, o residuos de dulces olvidados por el tiempo, pero al investigar; estos o esos pequeños animales se escondían como podían, y no había rastro de los mismos y tarde comprendí que no eran animales dios mío…

De esto que cuento tendría yo como siete años, pues estaba aún en segundo de primaria, y en esa fecha por ser la mayor de dos hermanos, tenía que llevarle la comida a los tíos, pues eran albañiles de ese hotel que estaban construyendo, esto estaban a la orilla de la carretera federal, en ese tiempo, y por la parte de atrás de los terrenos, solo habían grandes extensiones del terreno, aun virgen y con mucha selva, solo con matas de plátanos y frutas tropicales, sembradíos de cacao y una que otra mata perdida entre ellas. También habían pequeños canales de agua, que ahora servían para el riego, pues el hombre y mis tíos destruyeron su cauce natural, y este estaba ya por secarse, y solo se llenaban de forma natural cuando llovía, y así se regaban las matas de allí cerca, y cierto día de octubre mi mama me envió a casa de mi tío abuelo a dejar aguacates de temporada, y a buscar chocolate para beber y leche fresca de vaca, ya que por ser rancho siempre la familia le ofrecía, y la ahora nueva esposa de mi tío abuelo, nos regalaba de todo lo que ellos producían..

Mi mama me dijo un día que llegara a esa hacienda, pero por la parte de adentro,  aunque me tardara más, ya que el camino de carretera era estrecho y podría aventarme algún carro, o peor a un me podrían llevar, la carretera federal de la que menciono era muy peligrosa, pasaban muchísimos tráilers cargados y haciendo carreras entre ellos, o manejaban con poca precaución, y así lo hice, obedecí, y resulta que al entrar al plantío atravesé por la extensa y solitaria selva, hasta llegar al patio de lo que era el terreno de la casa, y empecé a caminar a la orilla del pequeño canalito que aún quedaba con poca agua, cuando de pronto; alguien o algo me chiflaba y trataba de llamar la atención, y volteo a ver quién era, por la barda del motel que estaba pegada dividiendo, el terreno y parte de la selva, y me encaminé hacia allá. Siempre me gustaba caminar a la orilla del canal, siguiendo el avanzar del agua, cuando de pronto; empecé a ver que algo se movía de entre los árboles, como cuando estos se llenan de aves y allí anidan. Solo que estos empezaron a moverse dando vueltas sus ramas inexplicablemente.

Yo sentía y veía como cuando vas en un carro, y vez los árboles de frente y te mareas, pero no había aire o viento que los moviese, ya estaba algo oscuro y por ir jugando perdí la noción del tiempo, empecé a oír pequeños pasitos y risas entre las hojas secas, pero no era capaz de ver nada solo, sabía que sola no estaba, pues les juro que ahora sí, las aves salían huyendo ante un peligro que se avecinaba, y los conejos o animales que allí abundaban, salían corriendo, temerosos a un peligro que acechaba en la profundidad de las sombras, por más que buscaba no veía a nadie, solo los árboles volvieron a moverse, tan rápido que parecía este tuviera más de dos ojos, pues sentía que estos me miraban, sentí miedo por las risas que se escuchaban, y unos chillidos que no eran conocidos o nunca los había oído.

Lo que hice fue voltear, y de ese árbol saltaron muchas criaturas hacia mí, las cuales me tiraron de panza al piso y comenzaron a lastimarme y morderme. solo logre taparme los ojos y mi cara, pues eran unos dientes como alfileres y estos quemaban como brazas ardientes, no era uno solo, eran docenas de bocas furiosas, y de repente me tomaron de los pies, y comenzaron a arrastrarme algunos metros hacia lo que creo, era una cueva bajo un frondoso árbol. Sentí morir del terror al voltear y ver junto a mi cabeza unos hombrecitos de baja estatura, furiosos como con rabia, pero no comprendía si yo nunca le había ofendido o lastimado, y ahora ellos lo hacían conmigo, hasta que uno más grande se acercó a mi cuello, y creo yo estaba por morderme, cuando comenzaron a escucharse los gritos de mi madre; que por lo tarde que era decidió ir a buscarme, y en ese preciso, momento el perro conejero que teníamos llego a mi encuentro, y juro por dios, que con su hocico me arranco a ese duende, creo yo era el líder. Los otros, furiosos se le fueron encima al perro y ahora a él lo atacaban; allí no pude hacer nada por mi pobre perro, quien si termino arrastrado en esa oscura parte de la selva, y corrí como pude a donde mi madre gritaba, y al verme sangrando se espantó, pues pensó que era un jaguar o peor aún una pantera la que me había atacado, pero la realidad era otra, y como pasaron las cosas se las conté ya en la casa.

Yo también estaba súper asustada, y ahora comprendo que mi madre tenía razón al asegurar, que la destrucción que trajeron los humanos a esa extensa selva cobraría tarde o temprano factura, pues alteraríamos el ciclo de vida de todas las especies que allí viven, incluyendo a estos pequeños y salvajes duendes de la selva de Comalcalco; en las ahora ruinas olmecas, mi mama supo cómo adulto que era cierto, y optó por hacer que no pasaba nada para no asustarme más, y solo me dijo:

—Ay hija, Seguramente te quedaste dormida o fue un sueño lo que te paso, ven hija cuéstate en la hamaca, descansa que yo llevo mañana las frutas a tu tía.

Mi madre sabía a la perfección que pasó, y que eran esas cosas, pero por temor no dijo nada. Ya nunca más me mandaron a la Hacienda ni a primos o hermanos. Es más, nos prohibieron ir a jugar allá, al menos que fuéramos con los primos mayores, pues eran muchachos grandes. Allí cercas hay una zona arqueológica, en el centro de la ciudad, y antes, cuando el pueblo era chico, estaba en las afueras la extensa vegetación, pero ahora con el crecimiento urbano ya quedó destruida por la ciudad.

Ahora cuando escuchamos pasos y ruidos; en lo que fue la vieja fábrica de cacao y chocolate, mejor ni entramos, pues no queremos molestar a los aterradores e hostiles duendes de la selva de tabasco, los que odian al ser más destructor del mundo, el ser humano…

-Relato escrito y adaptado por Chemo san juan, basado en una cruda y real experiencia de la señora Cinthia María.

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