DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

LA ROCA

Lo conocí en la escuela del ranchito vecino, había yo acudido por invitación del director encargado, para llenar la documentación de medio año que nos estaba requiriendo la Inspección. En esos tiempos, a pesar de ser muchas escuelas unitarias (un sólo profesor para varios grados), la documentación que nos exigían era embrollada, rematadas por las ocurrencias de los inspectores escolares que nos sacaban de quicio. Unos pedían: “en los cuadros de concentración, los niños con azul y las niñas con rojo”, otro: “toda la relación de alumnos con tinta negra”, otro: “los reprobados con tinta roja desde el nombre”, otro: “rojo, sólo los reprobados”. Total, que los que sufrían de los nervios éramos nosotros los profesores.

Después de caminar unos seis kilómetros, “en llegué” como dicen por acá, encontrando al compañero en la casa del maestro, el cual me presentó a un compañero al que le habían enviado como auxiliar. De inmediato hace uno sus conjeturas, y en este caso fue por los ojitos de ratón, redondos, brillantes e inquietos y una sonrisa permanente en la boca ya un poco distorsionada por la mueca nerviosa congelada, con las perneras de los pantalones arremangadas dejando lucir un par de calcetas por completo dispares; uno de rayas verdes fosforescentes y otro rojo quemado ya sin elástico. Me dijo su nombre nos saludamos de manos y la atención se desvió hacia otros asuntos al ponernos a revisar y ordenar todos los papeles que teníamos que llenar, comenzando con una famosa sábana, que era un documento enorme donde concentraba uno todos los datos de la comunidad, desde el censo escolar, hasta la relación de niños aprobados y reprobados con sus respectivos porcentajes. Deberíamos ser muy cuidadosos, porque no podíamos llenarlos con el método de ensayo y error, debido a que, por esas fechas, sólo se sacaban copias fotostáticas en unas enormes máquinas “Xerox” y únicamente en los pueblos grandes y ciudades se daba este servicio. Así que, como si estuviéramos dibujando: primero, con lápiz muy leve y después con tinta estando seguros.

El compañero director encargo a su auxiliar, fuera a la tienda a comprar dos bolígrafos con tinta negra y dos con tinta roja, mientras nosotros comenzábamos con los cuadros donde había que anotar los promedios del semestre por materia y luego el promedio general y dilucidar con argumentos a cuál alumno le podíamos aumentar una décima y a cuál no. Éste era uno de los documentos que más tiempo llevaba, no por difícil, sino por engorroso. Se tardaba el compañero, hasta que regresó, para sorpresa de nosotros, con un atado como de cuarenta bolígrafos y nos argumentó que había olvidado los colores encargados y para no errar se trajo todos los que tenía la tienda. Eso me confirmó que el compañero no estaba del todo normal. El director le pidió que fuera por la comida para los tres, pues el día de hoy comeríamos en la “Casa del maestro”. Una vez salido el compañero, me relató la historia del profesor, tal y como se las cuento a ustedes.

Le asignaron su plaza de profesor por el lado de la sierra, esto lo motivo más, ahora que iba a ejercer su profesión, pues toda su vida la había transcurrido en el páramo, terreno plano, caliente y con poca vegetación, nunca tuvo la oportunidad de viajar a otros sitios, incluso la escuela en la cual se preparó para profesor, se encontraba dentro del mismo paisaje. Se admiró cuando desde la avioneta en la cual tuvo que abordar para llegar a la cabecera donde se encontraba la Inspección escolar, la cantidad de pinos, arroyos, caídas de agua, montañas y barrancos había en el sitio hacia hacía donde se dirigía.

Le tocó en el barranco. Una comunidad donde el sol sólo se veía durante seis horas y la única vereda (no alcanzaba el rango de calle) horizontal que tenía, era la vera del río. Las casas, estaban prácticamente clavadas en las laderas de los cerros y de los “risco” y los caminos se descolgaban literalmente de las puertas, para bajar entre los recovecos de las piedras hasta la orilla del río, entrelazándose con las demás vereditas por donde los vecinos circulaban para visitarse. “Los placeres” se llama creo que todavía, no porque todo sea holgado y placentero, era debido a que los habitantes, en sus ratos libres, gambusineaban en el río para ver si la suerte los premiaba con alguna pepita de oro que valiera la pena. La verdadera ocupación de las catorce familias que la habitaban, por la orografía del lugar, era la cría de cabras, únicos animales que podían desplazarse entre los guijarros sueltos o las lajas lisas y resbaladizas; cada familia tenía su ato de animales que sacaban a pastar en este abrupto terreno y cada familia se dedicaba a la elaboración de quesos, suadero, requesón y otras viandas. Si usted a tomado leche de cabra o ha estado cerca de donde las ordeñan, sabrá de ese olor entre acre y dulzón sumamente penetrante. Así olía toda la ranchería. Si a Macondo de García Márquez lo ubicaron los gitanos por el canto de los pájaros que tenían en las casas, a Los placeres se le ubicaba por el olor.

Hasta acá llegó nuestro compañero. Los de la comunidad se alegraron mucho, pues ya tenían tiempo sin profesor, así que fue bienvenido, el comisario lo llevó a la escuelita que estaba en la parte baja del cerro, en el único plan cerca del río; detrás de la escuela estaba la casa del maestro, ambas frente a un monolito de roca de aproximadamente trescientos metros de altura por completo vertical que resultaba impresionante, pues la casa y la escuela estaba rodeada de árboles; cuando llegó nuestro profesor estaban llenos de follaje por ser verano, de manera que levantabas la vista y de arriba de las copas nacía el monolito. Cabe aclarar que las casas estaban retiradas unas de otras, debido a lo accidentado del terreno.

Así comenzó nuestro compañero, con buena estrella, pues a pesar de ser barranco, el clima no era muy caluroso debido a que los muros de roca que encajonaban al río, canalizaban al viento fresco que venía de los bosques de pinos y encinos allá arriba. La gente lo quería bien, que hasta la comida le daban gratis y él respondía con todo el entusiasmo en las clases que, a pesar de atender tres grupos, llevaba buen ritmo hasta cuando llegó el otoño. El otoño, quien iba pensar que el cambio de estación iba cambiar también su vida. Acostumbraba caminar, en sus ratos y días de ocio, por la rivera; se alejaba por horas y regresaba todo cansado, pero feliz de recorrer esos sitios que había soñado, pero no había ido por el lado del monolito, de esa gran roca que a las tres de la tarde eclipsaba al sol en toda la comunidad. Fue hasta el otoño que, al hacer caer las hojas, descubrió el profesor, quien observaba tras la ventana, que una gran porción de esa mole de piedra tenía una fisura muy pronunciada y al parecer ya la conocían los pobladores, pues el enorme fragmento que al parecer se desprendía del cantil, estaba sujeta por una enorme cadena en la parte media. Comentó con los padres de familia y le dijeron que no se preocupara: “Así ha estado por años, y durará muchísimos más”. No quedó conforme y durante toda la semana se le volvió hábito nomás levantarse y asomarse por la ventana, nomás acostarse y asomarse por la ventana, y comenzó a batallar para conciliar el sueño.

El fin de semana, en lugar de ir a caminar por el río se encaminó hacia la base de la mole, subió hasta donde estaba anclada la cadena y vio horrorizado que los grandes clavos que la sujetaban y los eslabones que tenían roce con la piedra, estaban oxidados en demasía y se mostraban desgastados; sacudió la cadena y notó que tenía movimiento, el cambio de temperatura y la humedad habían minado la fortaleza de esos metales. Se lo comunicó al comisario, pero no le dieron importancia por estar acostumbrados pues habían vivido ahí por generaciones y nada había sucedido. De manera que, resignado, continuó con sus labores, pero ya no con la misma enjundia de los primeros meses, pues se mostraba distraído y nervioso por el insomnio que le procuraba el miedo; a media explicación de un tema, se detenía y corría a ver por la ventana y ese hábito se convirtió en su obsesión: antes de acostarse, a la ventana, al despertar después de un sueño escalonado y tormentoso, a la ventana. Desmejoró físicamente al grado de preocupar a los padres de familia y él les decía que estaba bien, pero ya comenzaba a dibujar esa sonrisa nerviosa. Esta situación hizo crisis una noche de lluvia, el murmullo del agua le hizo conciliar el sueño, pero al cabo de una hora, un trueno de esos que hacen vibrar puertas y ventanas lo despertaron espantado pues la realidad se empató con lo que soñaba y todo era con el desprendimiento de la roca que caía sobre la escuela y su casa, por lo que se levantó y sin camisa ni zapatos, salió, corriendo en sentido contrario de donde se encontraba, cruzó el puente colgante que atravesaba al río, y se adentró río abajo entre los matorrales.

Se le hizo extraño a la gente que no fuera a desayunar y que no sonara la campana llamando a los niños; lo buscaron en la casa, en los alrededores, hasta que dieron con él, acurrucado y temblando entre unos matorrales todo empapado y jadeando. Se lo llevó el comisario a su casa y le dieron un té, le hablaban para calmarlo, pero sólo contestaba con una especie de sonrisa que parecía más a un sollozo. Se fue el comisario a avisarle al inspector escolar sobre el suceso y fueron por él.

Hizo un año en el hospital siquiátrico, cuando salió es que le devolvieron su plaza y lo mandaron a esta comunidad donde lo conocí, que es un páramo, plano como un comal, sin montañas. Acá donde elaborábamos la documentación, notamos que no podía rendir ningún informe cabalmente, pues quince veces trató de llenar su cuadro de concentración y no pudo. Nosotros lo hicimos por él. Al poco tiempo me dijeron que lo habían puesto como conserje en una primaria. Esto también es una injusticia, pues se le debía pensionar de por vida.

Pero en fin, fue profesor rural de esos tiempos.

(Cuento basado en un caso real)

Oxkutzcab, Yucatán, octubre de cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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