EL PACTO (POR:JOSÉ GARCÍA)

Parte # 3

EL PACTO.

Lo peor había pasado. Tras la caída del sistema de votaciones, el triunfo de mi jefazo se pactó. Para calmar las aguas se repartieron grandes fajos de billetes azules de tres cifras entre la plebe más jodida. Se abrieron los caminos para todos.

En un año de mandato los pagos de favores a portentosos personajes era algo normal. El licenciado barajeo bien sus cartas; colocó a su gente cercana en puestos que dejarán lana y le protegieran sus espaldas. Había pan en el lec; decía.

Casi no andaba con él. ¿Bueno, era algo normal? Era el presidente de la república. Me encomendó los casinos que administraba la ricura. Le ayudaba en el lavadero, pero tampoco lavaba mucho, el detergente que usaba en su gestión era de un blanco muy caro. A pesar de contar con buenos distribuidores de la materia prima, siempre decía: “más vale una gota que llene el vaso poco a poco, a que rebose de golpe y se desperdicie “.

Había descuidado a su princesa. Cualquier día que se pudiera era el oficial. Claro, no se le veía con cara de tristeza a la doncella, pero si, con lobos de largos colmillos al acecho.

Mi función con ella consistió en cuidarle la espalda y ver que llegue sana y salva a su choza –solo para eso –. Ya tenía guardaespaldas fijo. De clave “lobo estepario”, se lo recomendó un alto funcionario militar muy asiduo al club –uno de cuatro estrellas plateadas.  La neta, no tenía cara de guarura. Me llegaba a los hombros (yo no era una torre, pero mis 1.66 metros impactaba) sus brazos no eran tan hinchados como sus piernas. Prieto el buey, por su corte militar daba la apariencia de ser un cabrón. Tengo que reconocer que era bueno para los putazos y no se rajaba.

Cierta tarde de sábado para limar algunas asperezas después de la chamba fuimos a beber unos tragos a un bar. Nos sinceramos, y en la tercera ronda cada quien presumió sus logros.

­­–No mano, esto no es chamba –presumió aquel. Los bueyes que andan tras la señorita…

Cuando escuché “señorita” me contuve para no escupirle mi cerveza en su cara.

–¿Qué? ¡Te dio risa! –frunciendo las cejas me miró directo a los ojos.

Después de varias y breves anécdotas me llamó la atención la última.

Ahora resulta que es recomendado de un alto funcionario del gobierno. No creo me supere, pero había que darle su pequeño momento. Me dejó sin habla al mencionar el nombre de su padrino.

–¿El General Acosta?

–Si guey, el que anda con la ricura que le haces sombra — lanzó una sonrisa sarcástica sin dejar de mirarme. ¿A poco no sabías? A mi vale sorbete, pero últimamente hacen bisnes y otras cosas cuando te llevas tu sombra después de verla que cierre su puerta.

–¡Pero chitón!  Esas broncas no nos importan…está claro.

Al día siguiente me les quede observándolos. Muy penetrante fue mi observación me imagino porque por momentos la bella, sobre sus hombros me devolvía la atracción visual.

Los casinos se extendieron como una enredadera sobre los muros del palacio nacional. Fajos de billetes en maletines rodantes salían de ellos como si nada. Es más, hasta la guardia nacional hacía de escolta en el traslado de los valores a un bunker donde sólo ella y el general tenían acceso. A mí, esos días me retachaba temprano.

Me sorprendió su llamada esa tarde. ¿Mi exjefe quería un consejo mío…?

Un par de guaruras en civil pasaron a recogerme, ya en la Suburban negra me taparon el rostro como en los secuestros. Solo sentía las vueltas que daba el vehículo, dije es algo normal, sirve para despistar. Calcule como una hora de zangoloteo antes de que se detuviera.

Me recupere en unos segundos, seguido que me despojaron de la capucha. El cuarto donde me encontraba no parecía un escenario de miedo. Subimos hasta una habitación. El poli tocó con sus nudillos de una manera suave que lo envidié, pues es como se debe tocar la puerta para que no suene como la policía. Una pelirroja de cabellos enredados se asomó como Dios la trajo al mundo y se retiró sin tapujo.

Entre en la habitación. Era enorme. Era de entenderse que se le podía llamar la presidencial pues en ella cabía el gabinete de senadores, diputados y el presidente. 

–Pareces tener miedo –una voz muy familiar me dio la bienvenida a mis espaldas.

–¡Jefazo!

–Disculpa el trajín –mostrando su blanca dentadura se me acerco.

Hacia unos meses que no lo veía en persona, solo en el periódico y por los medios de comunicación, aunque dicen que la televisión engorda, pero aquel no era el que  conocí. Su traje colgaba de su tronco, la corbata caía al precipicio y su rostro ojeroso –esta cabrona ser presidente, pensé –achicaban sus ojos. Y sin bigote… ¡Uta! Todo jodido el pobre.

Se escuchaba cauto y sin excederse.

Nos sentamos en uno de los sillones de terciopelo en color rojo que vestían el cuarto. Era uno de sus tantos bunkers que le servían de relajación y en que podía beber, drogarse y tener sus noches de placer como una persona normal y pendeja.

Me resumió su chamba llena de pedos, y de las broncas que tiene que cargar. De la lluvia de billetes que caen del cielo y de los que pasan de mano en mano. Al tercer wiski, fue cuando me pregunto por su ricura que no veía en un mes. Lo oí dudoso y desanimado al mencionarla. Sacó de su saco una nota, me la dio a leer, y cuando iba a escupir palabras me la arrebato de las manos, la arrugó y la arrojo a su espalda.

“En el texto detallaba los movimientos de la chica después de dejarla en su casa” –lo mismo que me comentó el compa que cuida al general –pero más explícito. Pero la bronca no iba por ahí, estaba seguro de ello…

–¿Y, bien?

–¿Qué? –cuestioné mientras seguía abobado contemplando la suite.

–Sabes algo del “circulo negro”…

Continuara…

Parte 4.

José García.

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