LOS PIBES(POR: ANDREA LINETTE ANCONA AYORA)

En un pintoresco pueblo inundado de olores frescos, frutales, florales y condimentados por manos de sabias cocineras, vivía una señora llamada Doña Jacinta, quien era la mejor cocinera del lugar, guardaba recetas ancestrales únicamente en su memoria puesto que no querría correr el riesgo de que alguien se las robase. Sus platillos eran inmejorables y quien los comía no volvía a probar comida igual, por ello todos en el pueblo pagaban cualquier precio por poder deleitarse con sus manjares, desde pasteles de atropellado hasta banquetes excepcionales.  Cierto es que su prestigio traspasó las fronteras del poblado  y como se sabe la fama no siempre trae cosas buenas. Don Idelfonso  era un hombre de negocios que  deseaba adueñarse de sus recetas con el fin de prepararlas en sus restaurantes de Mérida para  lograr así mayor número de comensales y por tanto ganancias, incluso soñaba con ello, mas no encontraba la manera de hacerlo realidad:

-¡Eureka!- gritó una mañana- mandaré a unos ayudantes de cocina, así mientras les da instrucciones ellos observarán y anotarán las recetas secretas- Sin embargo su esposa le dijo:

– Doña Jacinta no es ninguna tonta, ¿Tú crees que ella aceptará en su cocina a cualquier ayudante?, nunca antes lo ha requerido.

– ¡Claro que sí!  ya es una mujer mayor  de seguro lo agradecerá, además llevaré solo a personas que sean propias del pueblo, para que ya les tenga confianza.

– No creo que eso funcione Idelfonso, además me parece muy cruel de tu parte robarle a esa señora su gran tesoro.

– ¡Tonterías!, si ella las compartiera a todos nos iría mejor.

Así un lunes en la mañana llamaron a la puerta de Doña Jacinta, quien muy confiada y fresca atendió al llamado:

  • ¡Hola Rita! , veo que trajiste compañía  ¿Que las trae por acá?
  • Buenos días doña Jacinta, hemos venido a ser sus ayudantes, sabemos que anda muy atareada con la fiesta del pueblo  ¿Le parece si entramos a su cocina?

Doña Jacinta sintió como si alguien le susurrara: ¡No Jacinta, piénsalo bien, conocerán tus preciadas recetas!, fue entonces que ella dijo:

  • No muchas gracias pero hoy no trabajaré, descansaré unos días para recuperar mis fuerzas y estar lista para mi mejor temporada de ventas, pero gracias por su preocupación.

Fue así que una amiga invisible ayudo en esta ocasión a nuestra Jacinta. Pronto llegó una fecha esperada en la cual los portales entre inframundo, tierra y cielo desaparecen, donde los olores y luces guían a las almas a sus hogares terrenales, como adivinaste  son los últimos días del mes de octubre, pronto sería el Janal Pixan. Doña Jacinta entusiasmada realizaba su lista de compras: manteca, masa, carne de cerdo, pollo, achiote,  hoja de plátano, tomate, epazote y espelón,  hasta el aire falta para leerla, ella se encontraba más alegre de lo habitual, puesto que éste año tenía más encargos que nunca y además le había subido a sus precios pues sabía que nadie podía igualar el sabor de sus pibes.

Muy tempranito dona Jacinta se alistó, tomó solo un poco de atole y vistió su huipil de la suerte y se encaminó al mercado, sentía ese viento misterioso en el que las almas difuntas se mecen, disfrutaba de aquel paisaje en el cual todas las mujeres se apresuraban a limpiar, comprar flores, velas, chocolate y pan recién hecho para colocar en sus altares. Llegó al mercado y como experta se dirigió con sus marchantes, compró los ingredientes más frescos y al mejor precio. De regreso, logró ver a una viejecita que deambulaba por las calles, le llamo la atención puesto que nunca antes la había visto, y eso que ella conocía a tooodooo el mundoooo. A pesar de notarla extraña, no se distrajo y siguió su rumbo.

Inició sus labores colocando en su candela la cazuela con  la carne, tomate, epazote y achiote, unos minutos después brotaban de su casa olores inigualables, que llegaban a todas las personas y almas, despertando en ellos recuerdos y deseos de probar su platillo. Al medio día todos quienes pasaban por ahí no podían evitar detenerse unos minutos, aunque sea solo para imaginar el sabor de los pibes, dado que muchos no tenían el dinero suficiente para comprarlos. Doña Jacinta empezó a observar esto de manera maliciosa, no le agradaba la idea de que unos indios mestizos disfrutaran de los aromas creados por sus recetas, quería que le pagasen, según ella era parte de su trabajo.

Con esas ideas andaba divagando cuando de pronto oyó unos golpes en su portón, por fin una sonrisa en su rostro pues pensó que era el Presidente Municipal que venía a recoger su gran pedido, pero no. Era una pequeña viejecita, toda vestida de blanco, con mirada y andar cansado, ella con una voz seca y pausada la miró profundamente y le dijo:

-Buenas tardes sé que no es un día oportuno, pero realmente ando muy cansada de tanto deambular para cumplir con mi trabajo y esos olores de otro mundo me han atraído hasta aquí, realmente ando muerta de hambre, ¿Sería tan amable de brindarme un pedazo de ese delicioso pib?

-¡Claro que sí! , si quiere un cuarto se le dejo a $120, ¿Le parece?

La viejecita la miró con tristeza y con un suspiro algo tétrico le contestó:

-Sé que todo trabajo merece su recompensa, pero por el momento no tengo nada de dinero, sin embargo le prometo que de alguna manera se lo recompensaré o quizá incluso ya lo he hecho.

Doña Jacinta la miró con un poco de extrañeza, y muy vanidosamente le respondió:

  • Lo siento, pero si le regalo a usted un pedazo todo el mundo  querrá lo mismo.

Con un portazo había concluido aquella inusual visita., así que  ella siguió normal su trabajo, desconocía el verdadero poder de aquella viejecita a la que había negado un plato de comida.

Al llegar la hora de probar su propia comida algo sumamente raro sucedió , cuál fue su sorpresa cuando al probar su primer bocado no sintió ningún sabor, no es que le hiciera falta sal, era algo más grave un sinsabor. Casi al instante un gran número de personas rodearon su hogar lanzando al aire miles de quejas, todas reclamaban la falta de sabor, pibes quemados o mal cocidos, pibes sin carne o espelón, pero en general su falta de sabor.

Doña Jacinta estaba encerrada en su casa, sin saber cuál era la causa de tal infortunio. Los días que siguieron a ese hecho no fueron mejores, su frijol con puerco de los lunes, su escabeche de los martes, su puchero de tres carnes de los miércoles, su queso relleno de los jueves, su potaje de los viernes, sus panuchos de los sábados e incluso su cochinita pibil de los domingos ¡Todos perdieron su original sabor!  Siempre algo pasaba  un mal sazón  o cocimiento, ingredientes malos, o quien sabe qué, lo único certero es que ya nadie le compraba sus guisos, y así día con día era más pobre, ya no tenía ninguna moneda para  comer.

Un año de días oscuros transcurrió, y doña Jacinta ya era una viejecita cansada, sin energía ni para hablar, se vistió de blanco y se dirigió temprano al cementerio. Ya en la tumba realizó la limpieza, colocó las flores y las velas e  hizo un rosario,  justo antes de salir   observó que en la tumba de enfrente estaba otra viejita, parecía reconocer en esa vibra extraña. Al tocarle el hombro y voltear sintió un gran golpe al corazón, sí era aquella anciana a quien hace exactamente un año le negó comida, pero lo que la dejó impávida fue el hecho de que al apartarle el rebozo que cubrió su rostro , se reveló a alguien idéntica a ella. La viejita con unos ojos de ironía le dijo:

  • Que tal Jacinta ¿cómo te ha tratado la vida? ¿Acaso alguien te ha regalado un plato de comida?
  • En ese momento Jacinta comprendió: ¡Ella era la culpable de su maldición!
  • Sí soy yo.

¿Acaso leyó la mente de Jacinta?

  • Tú me negaste un plato de comida y yo te negué tu habilidad para cocinar, ¿Por qué regalarte un don que no buscas compartir sino vender? Ahora conoces lo cruel que es que alguien te niegue algo.
  • Por favor, perdóname, tan solo fue un error, te regalaré toda la comida que quieras, pero regrésame mi don.
  • ¡No, no lo haré! , pero te ofrezco algo, acompañarme, ven a mi hogar, ahí podrás cocinar todo lo que quieras, ahí de nuevo tendrás tu sazón.
  • Jacinta ya cansada, cansada de no poder hacer nada bien, de que todos la desprecien y le nieguen ayuda, accedió.

Así tomadas de la mano ambas Jacinta y la muerte desaparecen al salir del cementerio. De esta manera se forjó la leyenda y cada cocinera ahora comparte sus recetas y su sazón, así de generación en generación se pasan las recetas de platillos inigualables, pero más aún debemos comprender que  la enseñanza es: “comparte tus dones y tu ayuda con los más necesitados y el destino te lo retribuirá”.

Autor: Andrea Linette Ancona Ayora

Fuente de la imagen:

  • Enciclopedia Yucatanense
    Segunda edición
    Edición oficial del Gobierno de Yucatán
    Ciudad de México, D.F., 1977

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