EVELIA Y ABEL(POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA)

Cuando uno es niño y conoce a sus padres, los ama de inmediato, así me pasó a mí con Evelia y Abel. Siempre recuerdo lo cariñosos y trabajadores que eran. Fui bien educado, no me metía en problemas, saludaba, agradecía, muy  sonriente, buenas notas en la escuela, todos los meses en el cuadro de honor. Durante los 6 años de primaria, estuve en la escolta, como abanderado, o sargento, éste era el pago a nuestro desempeño y disciplina. No recuerdo tener desacuerdos o problemas con ninguno de ellos, ni ellos conmigo, pero tampoco entre ellos, éramos muy felices los tres.

Por mis calificaciones entré a la secundaría matutina Federal 1 sin ningún problema, mis padres me llevaron la primera semana, íbamos caminando desde la colonia Carrillo Puerto donde vivíamos y teníamos un pequeño minisúper. 

Terminé la secundaria con magnificas calificaciones lo cual me permitió entrar a la prepa 1, realmente era muy estudioso y tenía muy clara mi visión, quería ser contador público. Desde la secundaria yo me paraba junto a papá a llevar las cuentas tanto de pagos como de ingresos y me permitía darle mi punto de vista.

Entré a la carrera como eran mis planes, ya trabajaba en el minisúper que poco a poco fue creciendo, como nosotros tres.

Compramos la casa de junto, extendimos el minisúper. Esa noche brindamos y festejamos porque aproveché decirles lo bien que me iba en la facultad. Puse música y bailamos a ritmo de cumbia.

Al hacer la extensión del minisúper me encontré una caja hasta lo alto del ropero de mi madre, una caja blanca, como esas que salen en las películas donde las artistas llevaban sus sombreros, así que se me hizo fácil bajarla y revisarla.

 Mis padres eran mellizos, nacidos a la vez en el mismo parto. Leía una y otra vez la carta. No podía creer que fueran hermanos. Pero si ellos eran hermanos no podría ser yo hijo de ellos.

¡Pero que angustia ¡Me senté, leí nuevamente para entender, seguí revisando. Me encontré fotos de ellos siendo niños, ahora que sabía que eran mellizos, ya les veía el parecido.

Con lágrimas en los ojos volvía a leer la partida de nacimiento. Entonces yo, ¿hijo de quién sería?

Ahí encontré otras cosas, mi acta de nacimiento, yo era hijo de Rita de la Concepción y Abelardo José de Jesús.

 Evelia y Abel no eran mis padres.
Pero me han amado como si lo fueran, se han dedicado a mi educación, a mi formación, me han dado todo su tiempo, todo su cariño.

Respiré profundo una y otra vez, me sequé las lágrimas, ya más tranquilo volví a rebuscar a ver que más había en esa “caja de los secretos”.

Ahí me encontré fotos de mis padres con una pareja amiga de ellos, en el reverso decía: Para Abel y Evelia de Rita y Abelardo.

Deduje que ellos cuatro fueron muy buenos amigos, por las tantas fotos seguro eran amigos de la juventud, inseparables, siempre sonriendo. Varias fotos en el malecón de Progreso, en coche de la época.

En algunas fotos ya embarazada Rita, y Abelardo la abrazaba, le acariciaba la pancita, parecían muy felices.

¿Pero que pudo haber pasado?

Terminé de ver todo lo que había en “la caja de los secretos” y decidí cerrarla y quedarme callado. Si Evelia y Abel nunca me han dicho nada no seré mal agradecido. Sus motivos tendrán.

Yo a punto de graduarme de contador público, por más que pensaba y me daba vueltas la cabeza, no podía quitarme de la mente la sonrisa de Rita de la Concepción y de Abelardo José de Jesús en la foto donde él le acariciaba la pancita. Se les veía felices de tenerme.

Sin embargo recordé los mejores momentos que he pasado con Evelia y Abelardo, desde mi infancia hasta hoy día de mi graduación, no les echaría a perder este momento, y a decir verdad ni yo lo merezco.

La graduación comenzaba con una misa de acción de gracias en la iglesia del Jesús, Tercera orden.  Posteriormente una recepción de todos los graduados, familiares y amigos en el Jardín Coca-cola.

A mí me avisaron que recibiría un reconocimiento y una medalla por el mejor promedio, y en esa época a los mejores promedios se les ofrecía un trabajo en las más altas empresas de la localidad. También me avisaron que les darían un reconocimiento a mis padres, por su labor de educadores. Así que íbamos todos muy engalanados y felices. Mamá con sus mejores galas, papá y yo estrenábamos traje de color negro.

Después de recibir los reconocimientos y premios, al bajar del estrado y dirigirnos a nuestra mesa, se nos llamó a los alumnos para la fotografía de generación. Todos reíamos y hacíamos bromas.

Al regresar con mis padres, Mamá me abrazó muy cariñosamente como siempre, y Papá me entregaba un regalo envuelto con un lazo rojo.

Con las palabras de: Nos sentimos muy orgullosos hijo mío, me pidió que yo abriera el regalo.

  • ¡Dios mío ¡exclamé¡  Era la foto de Rita de la Concepción y Abelardo José de Jesús.  La del embarazo en el malecón de Progreso.

Me explicaron del fatal accidente que sufrieron los cuatro al regreso de ese pasadía en la playa, donde Evelia y Abel les prometieron a mis verdaderos padres tenerme, educarme, y amarme como su hijo.

Yo sin hacer ningún tipo de reproche los abrazaba y besaba.

Y sí que lo cumplieron. Les di las gracias, como la familia feliz que somos, al ritmo de cumbia nos paramos los tres a mover el esqueleto.

ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA .

23 DE OCTUBRE DE 2020.

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