EL PACTO(POR: JOSÉ GARCÍA)

El taxi llegó hasta la última calle pavimentada. Mientras lo miraba alejarse  checó la hora en su celular. Pasaba ya de la media noche y lucia en calma el lugar. Por suerte el único poste de luz  estaba encendido y pudo distinguir el siguiente en la avenida, al final del monte que se anteponía a él. El estrecho camino de tierra se sentía pantanoso, la fuerte lluvia vespertina lo cubrió por completo. Tomó un par de  piedras para defenderse de algún perro despistado o de lo que pudiera aparecerse en el trayecto. Cuando llegó al otro extremo, el panorama no cambiaba; otro sendero desolado lo seguía acompañando. A unas cuadras de llegar a la vecindad donde rentaba,  llamó su atención el tugurio de la colonia aun abierto. Hasta hace unas semanas permanecía clausurado, se rumoraba que el dueño tenía amigos influyentes en la Alcaldía. A su paso, pocos parroquianos en el interior  embrutecidos de alcohol y  una que otra damisela. La mala fama del sitio es bien sabida.

Una sola ocasión he estado ahí –recordó — eso, por insistencia de mi jefe  después que supo cómo son  las bellas de noche del lugar.

Llegando a la esquina un par de adolescentes se apresuraban en desvalijar a un borracho. No tuvo que hacer un acto heroico para ahuyentarlos, eran tan cobardes que en su huida regaron el botín. Aquel sujeto cargaba una buena tunda sobre él. Tenía tanto alcohol en las venas que si prendiera un cigarrillo, como una tea iluminaria el lugar. Lo replegó a la pared para evitar se atragante –Cuando necesitas que los guardianes del orden se aparezcan, ni sus sombras –exclamó.

Los primeros rayos del sol traspasaban la desgastada cortina floreada dando directo a su rostro. De reojo miró a su  huésped, sentado en el sofá sobándose la cabeza. Entreabría  sus ojos y secaba su baba  con  los dedos. Se acercó a él.

–¿Quién eres tú? –con palabras entrecortadas le pregunto su huésped.

–¿Hola? Soy Emilio.  Pronuncio su nombre al momento que le extendió  la  mano.

Luego de tres tazas de café y dos aspirinas, le narre los acontecimientos con detalles. Lo comprobó  en sus bolsillos, pues solo halló  una moneda de cinco baros. Me dejó sorprendido cuando en un pie de su zapato, varios billetes de Quinientos pesos y un objeto parecido a una placa traía oculto. Resultó ser un Diputado bien picudo que naufrago en su yate por las aguas negras del canal de desagüe. Siguió narrando como tuvo que guardar las “cosas valiosas” para no llamar la atención.  Unos amigos en pago de favores lo invitaron a unos tragos y entre copa y copa, se olvidó de sí mismo.

Cuando se vio abandonado se retiró y lo demás pues… Me pidió prestado el celular para contactar a su chofer.

Una hora después se alejó en el Grand Maquis blanco que vino a recogerlo. Al menos se portó agradecido con un par de billetes con la imagen de Morelos y una tarjeta de presentación con dirección, el “Congreso de la Unión” sin fecha de caducidad.

Antes que se olvidaran los sucesos decidí hacer una visita al diputado. Mucho lujo visto desde la entrada y por dentro. Ya me estaba enchilando, cuando los más de cinco minutos de espera, la secretaria los alargaba. Veía mi rostro serio y formal, tal vez por ello creía que era una bella persona. Me puse de pie, al momento que sonó su teléfono.

–¿Puede usted pasar? El licenciado le espera.

Quede congelado desde el primer paso al interior de su oficina. La palabra lujo, no se podía utilizar, cuando todo alrededor predominaba de color dorado. Hasta las cortinas y la cinta de amarre lucían indescriptibles, de estilo afrancesado. Mostrando una sonrisa de poder se acercó a mí, señalo un cómodo sillón de piel adjunto a su escritorio e hizo que me sentara. La plática se suavizo cuando hablamos de mujeres, alcohol y demás nexos. En breve recordó aquella odisea y agradeció nuevamente por eso.

— ¡Te imaginas muchacho, si algún mercenario de la lente me hubiera identificado…mi acabose! –comento.

Sacó de un cajón una hoja tamaño carta muy presentable, hizo que la mirara, ¿Candidato a presidente de la república? –decía la misiva rotulada con el escudo nacional a un extremo.

–¡Ves lo que te digo! – Dirigió sus blancos dientes  a mí –.Qué bueno que estas aquí, voy a necesitarte como mi guardaespaldas y mi sombra. Por la paga ni te preocupes, desde hoy tu vida se ha solucionado muchacho.

Abandone su oficina después de las primeras indicaciones como su asistente. Quede de verlo en cierto restaurant de lujo pasado el mediodía. Mientras tanto, fui de compras con mi primer bono. 

Poco a poco fui conociendo por donde se movía, las personas que frecuenta y que formarían su gabinete en caso de ganar. Todos sus secretos ocultos desde los sótanos de palacio. Aquella tarde un suceso inesperado  me dejaría ligado al político para siempre.

Un personaje de la oposición le sacaba ampollas en el zapato. Su popularidad subía como la espuma. Eso, hacia murmuraciones  en su partido ante los veteranos dinosaurios que ya barajeaban  sus cartas. “El poder  es algo que te acostumbra a sentirlo y a, no dejarlo” –la frase preferida de mi jefe.

“La encomienda era sembrarle algo pequeño al aspirante del partido Socialista, algo que no sea voluminoso, normal en la política”.

No había tarde, noche, día donde no habláramos de como callar a su contrincante. Hasta en los recesos legislativos. Lo más preocupante es que no lo disimulaba, era un hombre de dicción confusa, precipitada. Cuando veía mi rostro sudoroso,  volteando a cada lado y acomodándome  la corbata,  soltaba  una carcajada delatora.

Había escuchado de Jessica, pero aun no la conocía.  Hasta esa noche que le haría de su chofer. El patrón tenía su velada con ella todos los viernes, pero una reunión de última hora con los más picudos del partido, no le podía decir no. Me arrojó un bonche de billetes y me dijo: ¡Hazla sentir que me extraña!

Me detuve en la puerta de su departamento. La colonia era de clase media alta, de buena vigilancia e iluminación tipo colonial. Apreté el parlante de la puerta y una voz sensual salió del interior, después de cinco minutos antes de abrirse la puerta de cristal tipo vitral, una silueta de avispa se lucia traslucida. Era la mujer más hermosa que haya visto…

Continuara…

José García.

Octubre/2020.

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