DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

CAMPANERO

Todos los días, llegaba después del sacristán, se paraba en la puerta de la iglesia, no para esperar el Rosario de la mañana, sino por las campanas; ese tañer del curvilíneo cuerpo de bronce de las campanas, sobre todo el ronco sonido de la campana mayor cuando tocaba a muerto y el último gong se perdía entre las tupidas ramas de los árboles en las afueras del pueblo, haciendo que hasta los pájaros guardaran silencio, para escucharlo perderse entre los brincos y retumbos del eco. Esteban, el sacristán, tenía el don de hacerlas sonar con una armonía que embelesaba a quien ponía atención a los repiques, haciendo que los fieles, vecinos de otras parroquias, vinieran hasta este pueblo a escuchar misa sólo por constatar el prodigio del campanero que ya había criado fama en los alrededores.

Pero quien más disfrutaba de ese revoloteo de las enormes notas que producían los badajos, bajo la fina inspiración del campanero, era Froilán, nuestro personaje. Ya se sabía el orden y ritmo para jalar las distintas cuerdas a fuerza de seguir los movimientos de Esteban, además de que se había atrevido, dentro de su mente, agregar algunos bemoles y sostenidos en las campanas secundarias completando de esa forma lo que era un himno celestial que brotaba del vetusto campanario de su imaginación.

Esa admiración por los alborotos de los badajos y campanas lo adquirió desde pequeño, un día que su abuela lo llevó a la iglesia cuando celebraban al Santo patrono del pueblo y todo la comunidad era una algarabía sin orden: músicos por este lado dándole macizo a la tambora y la trompeta, los vendedores gritando las virtudes de su mercancía, los cohetes que por montones se reventaban en el cielo creando nubes falsas de humo, pero todo quedó en silencio para nuestro personaje cuando comenzó el revuelo de las campanas, y eso que no era en ese entonces Esteban el que las hacía vibrar, era un sacristán llamado Nicanor quien colgado de las distintas cuerdas les arrancaba a los viejos carrillones, los clamores que salían en tropel por las desdentadas bocas del campanario.

Nicanor era muy diferente a Esteban quien era seco, serio, de pocas palabras que lo hacía un tanto antipático; por el contrario, Nicanor, era dicharachero, proclive a la broma, jaranero, con la sonrisa siempre en los labios, y muy enamorado; debilidad que selló su destino en la mira de una escopeta de un marido celoso, que, aun sabiendo que se iba a condenar por una eternidad al matar a un miembro de la congregación religiosa, no dudó en apretar el gatillo para emparejar la ofensa. Fue entonces que Esteban ocupó el puesto y que fue bien visto por el pueblo conociendo su parquedad y porque ya habían escuchado la forma tan agradable de hacer sonar las campanas, que hasta aquel profesor quien era ateo, había dicho que cuando muriera, le gustaría que lo llevaran a la iglesia para que esteban lo recibiera con las campanas tocando a duelo.

Ya embarnecido entre la adolescencia y la juventud, Froilán se había acercado a Esteban el sacristán, para platicarle sus deseos de ser campanero como él, asegurándole que ya se había aprendido los diferentes toques para llamar a los feligreses a misa, los toques para el rosario de la mañana o de la noche, los toques para las aleluyas en los días de fiesta, el Ave María y el Ángelus y de manera especial, los toques a muerto. Con una sonrisa picarona, Esteban se dijo para sus adentros: “¿pues este?, ¿acaso cree que es enchílame otra? “

─ Y quién te enseñó ─ le preguntó en tono burlón.

─ Usted ─ le respondió, y le explicó que ya llevaba varios años observándolo manipular las cuerdas de las campanas. Esteban un tanto sorprendido y un tanto orgulloso de saber de la admiración del muchacho, le dijo que le iba a dar oportunidad de llamar para el rosario de la noche, pero Froilán lo convenció de que le diera la oportunidad del Ave María que marcaba el medio día. Un tanto receloso aceptó nuestro sacristán, pidiéndole no fuera a dejarlo mal con alguna nota trastocada.

Desde las once de la mañana, nuestro personaje ya se encontraba listo esperando que llegara Esteban para comenzar su demostración, a las once con cuarenta y cinco llegó y con toda la calma fue a la sacristía, dejó su sombrero y salió para dirigirse hasta el campanario donde ya lo esperaba hecho un mar de ansias Froilán, con un gesto, el sacristán le indicó que iniciara. Froilán acarició las cuerdas que comunicaron su sistema nervioso con las campanas: las dos pequeñas de ochenta kilos cada una, las tres medianas de ciento setenta y cuatro kilos, la grande de cuatrocientos y la mayor de novecientos treinta dos kilos. Comenzó, no de manera brusca, sino con un va y ven de las pequeñas campanas, haciendo que el badajo rozara apenas los labios de la boca de la campana, sonidos agudos picarescos que anunciaban algo por venir, que nació de una de las tres medianas, con un poco más de fuerza como llamando la atención; después fue una cascada de notas que salían ya de alguna pequeña, ya de la grande rematando con las pequeñas como la risa infantiles que se escapan de los juegos y escucha uno a distancia, toda esta vorágine de notas se esparcían por el pueblo llevando el mensaje del Ave María de Schubert y de todos los grandes compositores que han escrito en los instrumentos musicales la versión omnipresente de alegría santificada. El espanto se dibujó en la cara de Esteban, quien desesperado y horrorizado le arrebató de las manos las cuerdas, presintiendo que este jovenzuelo lo desplazaría del sitio que ocupaba ante los feligreses y las autoridades eclesiásticas.

─ ¡Así no! Le grito con enojo, quitándolo del sitio con un empujón, continuando él, apagando el júbilo que había comenzado a invadir a la población. Nunca más le permitió acercarse al campanario al joven Froilán. Cuando éste decidía hablar con el sacerdote para pedirle que lo escucharan, ya el sacristán había tejido una historia tenebrosa sobre el muchacho, apagando los ánimos del cura y a la vez, los presbíteros no duraban mucho en el pueblo. Estando así las cosas surgió un rencor irreconciliable entre nuestros personajes; mientras más insistía Froilán, más grande el rencor de Esteban y mientras más se oponía éste, más crecía el encono en el aspirante a campanero. Un odio que sólo ellos conocieron.

Esteban tenía una debilidad: los dulces, las colaciones; sobre todo aquellos elaborados artesanalmente en las casas y que no se encontraban en las tiendas habitualmente, y eso lo notó y tomó en cuenta nuestro personaje. Decidió de una vez por todas terminar con estos rencores que le estaban amargando la vida. Convenció a la abuela para que hiciera el dulce de papaya que le quedaba en verdad sabroso, al día siguiente apartó el pedazo más grande, lo adornó con canela en un platito y dijo: “¡este es para Esteban el campanero!”. Se encerró en su cuarto y con una aguja hipodérmica, le inyectó al dulce el veneno que había preparado el día anterior y que había probado con uno de los perros que tenía la abuela y que no duró treinta segundos cuando abrió tremendos ojos y se derrumbó sin un solo ruido.

Después del rosario de ese día, cuando Esteban recogía los aperos que se habían utilizado en la liturgia, un niño se le acercó y le entregó el plato con el dulce diciendo solo: “ahí le mandan”, retirándose de inmediato. Esteban tomó el plato y saboreo el aroma que desprendía el presente. Lo llevó a la sacristía con la intención de llevárselo a su casa para disfrutarlo, pero recordó que al padre Mauricio también le gustaban los dulces y decidió comérselo antes de que el presbítero regresara. Golosamente se lo zampó: se chupaba el dedo medio cuando sintió una presión dentro de su organismo, sin entender si era el peso de toda su vida o el peso de la muerte. Logró abrir la puerta que da a la calle y se desplomó, como el perro, con los ojos grandes, grandes y sin ruido. Un paro cardiaco fulminante, sentenció el doctor del pueblo.

Las exequias fueron magníficas, asistió casi todo el pueblo; en la homilía, el cura resaltó las virtudes del sacristán que lo hacían casi santo. Al terminar la misa de cuerpo presente, el sacerdote mismo encabezó la procesión hacia el cementerio y adivinen quien estaba en las campanas para tocar a muerto.

Froilán se ofreció para despedir al personaje con un himno lúgubre como se merecía un buen sacristán y amigo; iba a silenciar a las campanas pequeñas, trabajaría con las medianas, la grande y la mayor. Acomodó las cuerdas de las tres medianas al frente, la de la grande, se la amarró en la cadera, pues sólo serviría para unos acordes que daría agachando el cuerpo y la cuerda de la mayor la puso a su derecha para rematar con ambas manos. Esperó a que bajaran el cuerpo del atrio y se encaminaran para el panteón y comenzó: a pesar de que las medianas eran un tanto agudas, con un juego de manos hizo que los arpegios brotaran lentos, melancólicos, rematado por el contralto de la campana grande a la que arrebató tres remates con un juego de cadera, pues con las manos hacía manar el sonido plañidero con el que despedía a Esteban. Así avanzaron tres cuadras respaldados por las notas tristes de las campanas cuando el sacerdote pensó en voz alta: ¡Santa Madre de Dios! Al recordar que Esteban le había avisado de que la campana grande corría el peligro de caerse, pues el yugo presentaba unas fracturas ya irreversibles, por eso él había dejado de tocarla hasta que fuera reparada.

En ese mismo instante, la campana grande se desprendió del yugo cayendo dando tumbos por el túnel oscuro del campanario, al mismo tiempo que izaba con la misma velocidad con que caía a Froilán, quien azorado, durante dos segundos vio como el suelo se alejaba, desapareciendo en el tiempo, cuando estrelló su humanidad con la fuerza de los cuatrocientos kilos que lo arrastraban, contra la campana mayor, emitiendo con el golpe, envolviendo al pueblo todo, con la nota más lúgubre que nadie había escuchado jamás.

Oxkutzcab, Yucatán, octubre de cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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