ZAC MUTUL O LA CASA DEL SABOR(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

Juan, revisa el buzón por rutina.  Sólo espera encontrar la publicidad habitual. Sin embargo, entre el fajo de promocionales encuentra una carta, en cuya remitente, reconoce enseguida la letra manuscrita de su abuela: Esperanza Santos Vda. de Bech. Cual solía presentarse. Más como divisa de su amor al difunto marido que por formalidad.

Impaciente entra a la casa, abre el sobre y se dispone a leerla.  Para sorpresa suya, es poco extensa, tomando en cuenta el tiempo transcurrido, 15 años, sin noticias de su familia. Aquella carta presentaba el tenor siguiente:

Zac Mutul, a 22 de marzo de 2015.

“Querido Juan:

Espero que, al recibir la presente te encuentres gozando de cabal salud. Después de saludarte paso a decirte que:

Es urgente tu regreso a la brevedad a Zac Mutul, porque se están dando sucesos preocupantes, de los cuales, por mi edad avanzada, no puedo ocuparme con la diligencia requerida. Como debes recordar, y no quiero hablar del mismo aquí. Tú, como casi toda la familia de los Bech, tienes determinada una responsabilidad de la que debes dar cuenta, por lo que te ruego un inmediato retorno.

Recibe mientras tanto, abrazos y besos de tu abuela.

Esperanza Santos Vda. de Bech”.

Juan, relee una y otra vez la misiva. Se pregunta si la abuela tiene problemas de salud y lo encubre apelando a una antigua como rara misión ordenada para su familia. Poco la entendió cuando niño, quizá porque escasamente se hablaba de la misma, salvo cuando viajaba con sus abuelos a otros pueblos, apalabrados para cocinar el convite de algún evento social. Generalmente al regreso no faltaba el comentario de la abuela: “Aprende esto hijo, podrá gustar o no el vestido de la novia, el ramo o cualquier otro detalle, pero lo que todos recordaran tiene que ver con la calidad de la comida que se ofreció en la fiesta.”

 A diferencia de muchos, Juan, no emigro de Zac Mutul, en busca del llamado sueño americano; “sólo quiero conocer mundo”, se le oyó justificarse.

El día de su partida, la abuela le dijo: “Recuérdalo siempre, al lugar que vas, no es tu tierra, no perteneces a ella. No por algo, los mangos, la guanábana y los saramuyos, no dan fruto por aquellos terrenos; por tanto, procura no echar raíces que luego te impidan regresar”.   

Nunca lo olvidó. Siempre mantuvo latente del deseo de regresar a su tierra, pero precisaba de un gran pretexto, para abandonar cierto progreso económico alcanzado en los EE. UU. Hizo su equipaje y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en camino a Zac Mutul.

Tomó un avión que lo llevó a México. Luego abordó un autobús para dirigirse a su pueblo. Conforme pasaban las horas el paisaje iba cambiando.  En cierto momento, abrió las ventanillas del camión y el ambiente también fue tomando aromas conocidos. Eso lo relajó hasta entrar a un sueño profundo, del que sólo salió cuando el chofer del vehículo, con toda seriedad anunció: “Arribamos a Zac Mutul, la casa del sabor”.

Ansioso, Juan camina rápido hacia la casa de su abuelos. No obstante, puede notar cambios inesperados por las calles de su antiguo vecindario. Deja de pensar en ello cuando esta frente a la vivienda de los Bech. Cruza sin reparo las primeras instancias; sabe por la hora que la abuela estaría leyendo el periódico en el corredor trasero, utilizado como comedor y estancia. Acierta. La abuela baja el diario, cuando oye pasos. Sus miradas se encuentran. Ella quiere levantarse como antaño; pero el peso de los años le gana a su entusiasmo. De todas maneras, nada impide el cálido abrazo. No se dicen más que monosílabos durante ese lapso. Son de esas veces que el silencio expresa con mayor elocuencia los sentimientos desencadenados por el reencuentro de un nieto con su abuela.   

Cuando al fin pudieron hablar, Juan pregunta lo que más le angustiaba.    

—¿Que tienes abuela, estás enferma de algo?

—De nada Juan, tranquilo, son los años que me quieren cobrar lo comido y lo bailado.

 —Ay Abuela, solo debes tener unos 80 años—, bromeo Juan más sosegado.

—Son ya 89, pero la soledad y tu difunto abuelo jalan fuerte.

—Que espere otro rato el abuelo, total que tiene a mi madre para cocinarle sus calabacitas rellenas, allá en el mundo donde ahora viven.

—Pues no estará muy conforme porque soñé el 2 de noviembre pasado que, se sentó en mi mesa a comer.

—Eso tenía mi abuelo, Esperanza, ¡no comía sino sólo tus guisos!

Ambos soltaron una carcajada cómplice.

—¿Por cierto, ya comiste?

—No, estaba haciendo espacio para comer cuanta comida hayas hecho; me imagino que hoy lunes, ha sido un frijol con puerco.

—Pues claro, siéntate y desquita todo ese tiempo que anduviste fuera.

  • ¿Por cierto que comen los gringos en lunes?

—La verdad, en lunes, martes, miércoles o domingo, comen lo mismo: Pizzas, hamburguesas o cualquier cosa que preparan usualmente en un horno microondas. Entiendo que por eso le llaman comida rápida.

-—¿Y esta sabrosa?

—Pues te diré, casi todas saben igual.

—Por cierto, ahora que camine de la estación hasta aquí, mire que algunas casas anunciaban para el sábado y domingo la venta de pizzas, hamburguesas y perros calientes. Increíble, pura comida rápida. Según recuerdo en esas mismas casas se vendían panuchos, salbutes, tamales y tobijoloches. ¿Qué pasó?

—Sucedió que murieron los que lo hacían; ahora sus hijos cambiaron de giro a esas ocurrencias que para muchos es novedad. Empezaron unos pocos en días muy contados, pero ahora, ya varios se dedican a comercializarlas toda la semana.

—Ya veo que algunas cosas han cambiado.

—Por desgracia otro tanto en asuntos digamos más sensibles, ¿te acuerdas de Armando, tu amigo de la infancia?

—Mandi, si al rato voy a verlo…

—Pues tendrás que visitarlo en el cementerio…

—No me digas que murió, ¿de qué?, si era un toro el Mandi.

—Se mató… su esposa lo encontró muerto, se suicidó.

  • Vaya barbaridad; tampoco sabía que estuviera casado.
  • Llevaba unos pocos años de casado; dejó dos niños huérfanos.
  • ¡Dios, pobre Mandi!

—Otros conocidos tuyos también han pasado por calamidades. Si quieres enterarte de los detalles, tengo los recortes del periódico…

  • ¿Entonces hay todavía más?
  • Muchas más de los que uno quisiera.                                                              

Después de comer; agarraron una larguísima sobremesa, alternando las preguntas de la abuela sobre las aventuras de Juan en el país vecino y los hechos acaecidos en su ausencia en el pueblo. No se percataron que los momentos se habían empalmado con la hora acostumbrada de la cena. Pan dulce, sopeado en un chocolatito espeso y caliente, sirvió para concluir la charla y disponerse a dormir.

Ya en su antigua hamaca, Juan fue leyendo los recortes del periódico, en el orden cronológico que la abuela había dispuesto esmeradamente.

Para su sorpresa encontró una cantidad significativa de noticias que hablaban de violencia, pleitos, divorcios, homicidios y de suicidios. Incluso varias de aquellas notas, como le advirtió la abuela, involucraban a personas por él conocidas. Durante largo rato se quedó pensando en que no eran los cambios que esperaba ver a su regreso.

El cansancio del viaje y las emociones recibidas, vencieron a Juan. El sueño y las pesadillas lo sometieron; pero no despertó hasta que llegó para liberarlo el olor a torta de huevo revueltos con yerbabuena. La abuela lo esperaba para el desayuno, segura de que eso siempre funciona mejor que cualquier alarma.

—¿Dormiste bien hijo?

—Si abuela—, dijo, tratando de ocultar sus pesadillas.

—¿Y por qué esas ojeras? — Le replicó la abuela, que ya no tenía la agilidad de antes, pero conservaba buena vista.

 —No se te va nada abuela, la verdad es que me inquietaron las notas de los periódicos que me diste.

—Perdóname hijo, pero de eso se trataba. Desayuna tranquilo, después hablamos del tema.

Juan desayunó de prisa, animado por saber más. De todas maneras, tuvo que esperar porque la abuela no varió su propio ritmo. Luego, ambos se acomodaron en un par de cómodos sillones de cuero de chivo. La anciana, en un tono serio, en lugar de proseguir con los detalles que su nieto esperaba, le lanzó una pregunta aparentemente fuera de ese contexto.

—Dime Juan, aparte de reencontrarnos, ¿qué es lo que te ha puesto más feliz de tu retorno?

Sorprendido por la nueva tónica de la plática, Juan, toma un rato para pensar su respuesta…

—Sin duda, comer tu guiso de frijol con puerco y ahora la torta de huevo con yerbabuena. Luego, imaginar que el viernes, seguro comeré papadzules o huevos motuleños y el domingo un puchero…Ah, y el refresco de lima de ayer en el almuerzo y el de guanábana de hoy en el desayuno.

—Te pregunto hijo ¿Te ponías igual de feliz allá en EE UU, mientras comías tus pizzas, tus hamburguesas o tus perros calientes?

  • La verdad, es que luego de la curiosidad, todo se volvió indiferente, entre otras cosas porque las comida me empezaron a resultar casi iguales; pizza de esto o de aquello, hamburguesa de esta carne con algo, pero al final quedaba la sensación que comías a diario lo mismo.
  •  ¿Dirías que puedes entender mejor una de las relevantes razones por la que la gente de Zac Mutul y pueblos de los alrededores pueden ser más felices que otras, aún en medio de sus carencias?
  • ¿Te refieres a que el sabor de nuestras comidas nos pone felices?
  • Exacto, el sabor de nuestras comidas es un ingrediente determinante en nuestro ánimo. Mucho proviene ciertamente de nuestros incontables condimentos y modos de cocinarlas. Pero hay siempre un ingrediente intangible que por eso alguno calificaría de secreto.
  • Dime, ¿Cuál?
  •  Nuestros guisos, los cocinamos siempre pensando en agradar los sentidos y sentimientos de las personas que los comerán. Cocinamos para alimentar sus cuerpos, pero igual sus espíritus. Cocinamos para que la comida los haga felices. Tengo la impresión que en la comida rápida se piensa más en lucrar antes que en cocinar.
  • ¿Me estás diciendo que eso explica las calamidades que por lo visto se van asentando en nuestros pueblos?

—Acaso no todo, pero hay algo que sí sé: La gente feliz, difícilmente se da a la violencia, a los crímenes y suicidios. Estimo que las nuevas generaciones acusan ya un vacío en sus vidas. Es posible que se estén alejando de ciertos elementos claves que forjan la felicidad. Por lo que me has dicho la comida rápida llena estómagos, no obstante deja vacíos en el alma.

—Pero, ¿cómo se ha llegado a estas condiciones?

—Tampoco lo sé bien; pero según el conocimiento heredado de nuestros ancestros, siempre han existido épocas en que la pérdida del sabor de nuestra comida, ha propiciado la entrada de la infelicidad que, luego resulta en los infortunios, como los que ahora observamos. 

—¿Abuela, podremos resistir el ataque de la comida rápida y sus efectos? En otros lugares la he visto dominante…

  • Mira Juan, a diferencia de otros pueblos, nosotros tenemos un legado inmenso de comidas y sabores. Eso nos permite resistir, pero cada que se pierde un guiso, retrocedemos. Para resolverlo, nuestros antepasados, como ya hemos conversado antes, nombraban a cierto número de familias como guardianes del sabor. Aunque algunas han desistido, varias continúan entregadas a su responsabilidad. Somos de estas. Desde tus bisabuelos, y más atrás, hemos peleado la buena batalla.  Por mi parte, he tratado de cumplir al máximo, pero mis fuerzas son ya escasas. Ha llegado el momento en el que tú, debes decidir en qué bando queda la familia de los Bech.

—Yo ya cumplí—, sentencio la abuela.

—Te toca a ti, Juan Bech. ¡No dejes que Zac Mutul, nuestra casa, pierda su sabor!

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