GALLETAS DE AVENA(POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA)

Buen día ¿Puedo pasar?

Levanté la cara, le miré a los ojos y le dije:

Adelante, al mismo tiempo me ponía en pie para recibirlo.

A contra luz, observé a un hombre con una franca sonrisa, alto, como de 1.80 mts, extremadamente delgado, con una gorra azul con visera, lentes de aumento con el cristal derecho como cuarteado, su ropa limpia pero desgastada, usaba unos zapatos negros suaves como de descanso muy raídos por el tanto caminar, al tiempo que le observaba sus movimientos muy amables, se iba presentando.

—Buenos días, perdón ¿ya le había saludado verdad?

—Sí, le respondí.

—Es mejor saludar otra vez, sonrió.

Me llamo Juan de Dios, con la mano derecha me mostró su identificación oficial, continúo diciendo: estoy ofreciendo estos productos de avena, semillas de girasol, nuez, jengibre, granola y dulce de ciricote en almíbar.

Yo le seguía con la mirada, al terminar le hice algunas preguntas sobre sus productos y le compré  un frasco de dulce de ciricote y varias bolsitas de galletas de avena.

Tengo en la memoria desde que era una niña, que mi papá entre sus enseñanzas me dijo: Hija, siempre que puedas compra a quien pase vendiendo algo, si el precio es accesible, no importa si tú lo necesitas o no, lo puedes regalas a otra persona, al final ayudas a quien vende y a quien se lo regalas.

Saca de tus ganancias al mes un porcentaje, como si fuera un diezmo.

Aquellas palabras se me quedaron en la mente muy bien grabadas, y siempre lo he hecho así, ayudando a otra persona me ayudo a mí misma.

Después de adquirir las galletas de avena, entré a la sala de juntas donde explicaría a los compañeros el lanzamiento de una nueva campaña, al finalizar la proyección les repartí las galletas, todos entre risas y agradecimientos nos fuimos a nuestros deberes.

Guardé el dulce de ciricote para saborear más tarde.

Yo debía de salir a visitar a unos clientes, pasar al banco y hacer otro tipo de diligencias, tenía una ruta trazada para éste viernes.

Generalmente estaciono mi carro al otro lado de la avenida a unos 100 metros de mi oficina.

Tomé mi portafolio, caminé hasta mi carro, al voltear para poder subir a éste, vi algo verdaderamente triste que me cambió el día.

El hombre vendedor de galletas de avena, estaba sentado a un lado de la avenida, debajo de un frondoso árbol de ciricotes, con su gorra se soplaba el aire fresco, recogía los ciricotes con ambas manos, los guardaba en una bolsa como de manta cruda, repetía ésta actividad varias veces.

 Pero ¿cuál fue mi asombro?

¡Santo Cielo ¡exclamé ¡.

Éste hombre se quitaba una prótesis que tenía en la pierna izquierda, quizá para descansar, como podía, se arrastraba por los ciricotes que tenía cerca de él, se soplaba nuevamente, se arrastraba hacia el otro lado del árbol por más ciricotes, descansó un momento, se colocó la prótesis, cruzó la avenida donde había otro árbol de ciricotes y seguía recolectándolos.

Adentro de mi carro con el aire acondicionado prendido por el exceso de calor que a ésta hora es de 40° aproximadamente, eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos por un segundo y pensé:

 Cómo puede ser Dios mío, un hombre con éste problema en la pierna, sonriendo, ganándose la vida vendiendo de lugar en lugar, quizá aguantando algún tipo de burla o desprecio, qué bueno que le compré cuando él entró a mi oficina, me quedé pensando por un momento, arranqué y me fui a trabajar.

Visité a 2 clientes, salí para el banco que se encuentra sobre circuito colonias y avenida Miguel Alemán, al terminar caminaba hacia mi carro y me encontré nuevamente con el mismo hombre vendedor de galletas de avena.

Esta vez, venía con menos carga en su cajita de productos pero traía en su hombro izquierdo su bolsa de manta cruda llena de ciricotes.

Él se volvió a presentar, me hizo la misma explicación manteniendo esa franca sonrisa, yo observándolo detenidamente, al terminar le volví a comprar.

ANA LETICIA MENENDEZ MOLINA

15 DE OCTUBRE DE 2020.

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