EL ARCOIRIS(POR: JOSÉ GARCÍA)

La gente comenzó a reunirse en el centro de la plaza del pueblo. Algunos cargaban solo lo necesario; seguían las órdenes de las autoridades. Pero no todos obedecían, lo escuché decir de un soldado. Era el medio día, pero el viento se llevó los nublados más allá del horizonte. La lluvia en gotas finísimas que mojan prepara su llegada.

En el último de las seis camionetas de redilas iba yo, con mis padres. Los árboles poco a poco cedían su vigor ante el embate del viento. El poderoso huracán llegará más temprano que tarde.

Mi madre junto a otras mujeres, rosario en mano oraban por los que se quedaron. En otro rincón, mi padre comentaba de su compa Fidencio, quien se negó a abandonar el lugar.

–¡Es bien mula y terco! –con los ojos humedecidos y apretando los puños, cada palabra le sangraba el alma. Lo quería como a un hermano — Que la virgencita lo proteja a él, y a sus chamacos.

EL viaje duro como una hora. El albergue que nos dijeron no era como tal, pero al menos había chavitos de mi edad. Llegamos con el último rayo de sol. Nos tocó cama casi en medio, es un gimnasio donde se juega básquetbol, éramos como treinta familias, unos numerosos y otras no tanto. Como la mía.

La oscuridad total  había aspirado  toda la luz sin reflejarla. Ya sería muy tarde cuando nos llamarón a formar  para la comida.

El silbido del viento estremecía los ventanales laterales que estaban recubiertos con cinta “canela”. Mi madre no dejó de orar desde que llegamos, por momentos se secaba los ojos con sus nudillos y otras veces dejaba salir su alma. Cuando apagaron las lámparas  para dormir, las lluvias intermitentes trajeron su propia luz.

Quien podría dormir sobre un catre que rechina en cada movimiento. Los bebes no paran de llorar, los ancianos piden ir al baño a cada momento. Y cuando al fin llega el silencio, se puede ver con los ojos abiertos a través  de la ventana, los potentes relámpagos que hacen vibrar los techos.

Regresando de los baños,  vi postrarse a mi padre junto a mi madre. Recibieron noticias del pueblo y de mi padrino Fidencio. Había trepado el agua hasta cubrirlo. Pasaba por ahí un vehículo militar que venía de un pueblo atrás y los pocos que vieron  solicitaron su ayuda.

Unos cuantos soldados regresaron al pueblo y entre ellos logrando convencerlos, mi padre.

Mi madre lo despidió persignándolo. No podía detenerlo. Mi padrino siempre fue fiel a la familia, cuando papá se fue a los estados unidos por unos meses, él, velo por nosotros. Mi padre regresó más pobre que cuando partió pero de nuevo estaba su compa para brindarle su mano.

Con tanta lluvia no había tiempo. El cielo plomizo encapsulaba las horas.

Agotó sus rezos mi madre cuando preguntó al que parecía el líder  por los que habían partido. Este, con entrecortadas palabras decía que “todo estaba bien “, que ya regresaban. El cansancio o el pesar en sus  ojos tristes la adormecieron. Yo, no. Sentado en un rincón de la entrada principal lo esperé…y espere.

Un gran bullicio me levanto. La gente se aglutino en la entrada.

 Sin importar  el agua que se había filtrado en el suelo, llegue al sitio descalzo. Los militares no dejaban salir a la gente, que miraban como bajaban del vehículo un par de cuerpos cubiertos con una sábana.

Busque con la mirada a mi madre por todo el gimnasio.

Un grito llamó mi atención, era un anciano indicándome dónde estaba ella. Entre empujones llegue a la salida y la vi de rodillas llorando junto a uno de los cuerpos.

— ¿Pa…pá? –Balbucee con miedo – Uno de los guardias  me había reconocido y dio la orden para dejarme pasar.

Mis pasos parecieron eternos para llegar a ella. Deseé con todas mis fuerzas no sea lo que imaginaba. Su llanto ya cerca, me dejó  vació el estómago. Cuando iba a tocar su espalda una voz pronunció mi nombre.

–¡Era mi padre! –Le ayudaban a bajar del camión, traía vendado su brazo derecho y con manchas de sangre la camisa.  

Aquel abrazo fue único. Quise decirle algo pero sus dedos sellaron mis labios. Caminamos hacia mi madre que al vernos, los tres unimos los corazones.

Con los ojos humedecidos de dolor y de lluvia, mi padre nos contó que logró ver con vida a mi padrino. Lo rescataron cuando ya había salvado a tres vaquitas, ¡Ya saben cómo era de loco! –Mirando el cuerpo siguió diciendo –Lograron subirlo a la camioneta, y apenas vio a la “Lucrecia”, su yegua predilecta, ¡Que salta como rana y fue tras ella!.

Solo dio un par de pasos. Las inundaciones cubrieron bajo el agua el pozo que servía como trampa…y ahí quedo.

Cuando lo rescataron, todo el trayecto inconsciente lo tenía recostado a mis piernas. En su último aliento alcanzo decirme: ¿Compa, dígale a mi ahijado, que  vi el arcoíris que siempre me pintaba? Era hermoso…

JOSE  GARCIA.

FIN

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