DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

IMÁGENES II

Como les estaba platicando, después de dos días en la comunidad donde trabajaba mi hermano y de conocer la magia que encierra esta comunidad, emprendimos el regreso ahora acompañados por mi hermano y mi cuñada. La gente mayor se despidió de la gente mayor y la algarabía de niños nos acompañó hasta el cabo del pueblito y de vuelta a zambullirnos en esta laguna verde cuyas olas son los reclamos de las aves y animales por la invasión de sus espacios.

A poco andar, unos dos kilómetros, pasamos por una pequeña comunidad como de cinco familias llamada Chak abal que quiere decir: “Ciruela roja”, sitio donde aconteció el motivo de este relato, que es la imagen que no pudo ser opacada ni por las aventuras que se sucedieron en este regreso hasta la capital, comenzando con que, al llegar al crucero, nos estaba esperando un taxi que mi hermano había mandado pedir con alguien de la comunidad. Lo del taxi no fue por ser el primero que abordaba en mi vida, ni por ser de esos Ford modelo cincuenta, muy elegantes, sino por la tecnología de esos años: ¡tenía radio! Por todo el camino hasta la ciudad donde abordaríamos el camión a la capital, el chofer nos deleitó con la música de moda, pero una, era muy repetitiva, creo que al gusto del taxista porque le subía al volumen cada que la tocaban, una canción de Mike Laure que dice así: “cero treinta y nueve, cero treinta y nueve, cero treinta y nueve se la llevó…” Acá la tengo grabada por detrás de mi oído derecho, nomás hay silencio y la escucho.

Para acabar pronto, les digo que cuando menos lo esperamos, después de las contingencias y apuros, llegamos a la capital ya por la tarde, así que: hotel, baño, cena y conocer el centro de la ciudad que nos dejaba con la boca abierta por tantas luces, edificios y gente, después a dormir, porque escuché que al día siguiente iríamos al zoológico (parque Centenario le llaman acá) y después a la playa, ¡al mar!, se imaginan, pensé que estaba soñando como aquella vez que me vi estrenando una bicicleta y a cada golpe al pedal, era a mi hermano al que le sorrajaba una patada, hasta que me la devolvió y desperté. No me impresionaron mucho los animales del zoológico, y menos cuando me dijeron que me parecía a los changos, pues por las ansias del paseo, me olvidé de peinarme. Cuando regresábamos al centro me sucedió un percance, cómico para los que se rieron, para mí, no. Abordamos un camión urbano que tenía asientos de madera como los vagones de segunda de los trenes de esa época, y un largo cordón que atravesaba al armatoste desde el lado del chofer, hasta el fondo. Yo hincado en la banca para ver mejor las calles que pasaban y cómodamente colgado del cordón (el chango tenía que ser), lo que hacía que el conductor del camión me viera con ojos asesinos por el espejo retrovisor, hasta que me grito: ¡chiquito pend…o, suelta el cordón! La vergüenza de mi mamá que iba a mi lado me hizo sentarme y no moverme hasta que llegamos a donde teníamos que llegar. Dónde iba yo a saber que era el cordón del timbre para pedir parada, si era la primera vez que salía de mi casa.

Para aligerar el cuento, otro camión y a la playa, y vi al mar por primera vez, pero no me impactó como la imagen que ya llevaba pegada como la cicatriz de la vacuna de la viruela. La brisa, las olas, la arena, las conchitas. Las niñas y casi todos los mayores se metieron al agua, yo no, no tenía traje de baño.

─ Báñate en calzoncillos─ me dijo mi cuñada, pues no, tampoco traía. Pero me divertí, como de que no, toreando olas y correteando tras las gaviotas.

Ni el mar con su inmensidad, sus olas, arena y gaviotas; ni tantos vehículos montados con sus cordones de timbre o sus canciones sobre taxistas; ni las veredas vocingleras con sus animales libres o presos, ni la humildad y sencillez contundente de la comunidad con rumores de sus ríos subterráneos cavaron tan hondo en mi memoria como la imagen captada precisamente en Chak abal. El camino pasa por el pueblito y, en el centro, hay una gruta, con su boca casi vertical al paso de la gente; por encima de la boca, su joroba de piedra, donde hay un agujero, (no sé si lo hicieron los habitantes o es natural) con un pretil y es por donde se abastecen de agua que en forma de un pequeño lago se encuentra abajo a unos cincuenta metros por dentro de la gruta.

Cuando pasamos por el sitio, el Sol se encontraba en el cenit exactamente, de manera que al voltear hacía la boca de la caverna, una mujer subía por medio de una soga una cubeta con agua, cierto la cubeta subía, pero en ese preciso instante todo quedó estático: la cubeta suspendida a medio camino, el rayo del Sol creando un juego de luces y sombras con ella, como cuando un artista interpreta y lo enfocan con un reflector, y la luz rebotando del agua, para proyectar en las paredes de roca de la gruta, reflejos caprichosos en sus recovecos y el agua que se desprende de la orilla del balde brillando como pequeños diamantes, todo congelado: agua, balde, soga, reflejo, luz, la mujer y yo. Sensacional, simplemente sensacional.

Un segundo fue suficiente para que se imprimiera para siempre esa imagen en mi conciencia, y pienso que la seguiré evocando por los siglos de los siglos.

Oxkutzkab, Yucatán, primera semana de octubre en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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