29 DÍAS EN EL MAR(POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA)

Serían las 5:00 de la mañana de aquel sábado 15 de junio cuando salimos a pescar la Cherna, (así le apodábamos a Celso) y yo cómo todos los días de nuestras vidas desde que éramos chamacos.

Con tan sólo 10 años, menos miedo, mucha ligereza y quien más pulpos traía en su canasto, me gané el apodo de El Pulpo.

La Cherna me gritó: Pulpo dice tu vieja que no regresemos tarde, que hoy es día del padre, tiene muchos pedidos de pescado frito, empanizado y diferentes ceviches.

Continuamente regresábamos de 12:00 a 12:30 del mediodía, es cuando el sol empieza a ponerse muy caliente, y las mismas olas nos van sacando porque la marea es muy fuerte.

Las tareas para embarcar ya las tenemos divididas y organizadas, hoy yo llevaría pepino con sal y chile, bolillos con huevo, y 2 chelitas para cada uno. A la cuenta de 1, 2, y 3, nos trepamos a Gabvitto, una lancha que yo mismo me compré, arreglé y pinté con pulpos y rayas de todos los colores.

Alrededor de las 11:30 es cuando empezamos a regresar, pero esta vez el motor no me respondía. Con temor a que se ahogue, me esperé. Otra vez a jalar el arranque y nada, unas 2 veces más, sin respuesta.

Un poco nervioso, hice espacio para acercarme más al motor, jalar desde otro punto, y nada. Otra vez y otra vez.

  • Deja compa, dijo la cherna, yo lo checo, ya estás muy nervioso.

Jala una vez, arranca y empezamos el regreso, gritos de felicidad y algarabía.

De pronto ¡Pum! se para, nos miramos a los ojos, esa expresión no de miedo, sino de terror. En medio del mar, con nuestra pesca, ya sin comida, mínimo de agua, pensando que ya íbamos de regreso.

Ninguno de los dos emitimos palabra alguna por fracción de minutos.

  • Cherna, ven descansa, esperemos un momento, lo intentaremos nuevamente.
  • Gracias compa. Se sentó con la cabeza baja.

Cada quien tomó su lugar en Gabvitto, sin hablarnos.

No sé exactamente al cuanto tiempo, pero lo intentamos muchas veces, el motor ronroneaba, simplemente no jalaba.

Pensamos que la marea nos llevaría hasta la playa, pero el viento no sopló a nuestro favor, nos movíamos pero mar adentro.

Nosotros somos pescadores de mil batallas, pero esta vez sentí el miedo en carne propia, ya dudaba de todo, empecé a revisar cada cosa, me senté junto al motor para checar, pero me ganaba la angustia, me sudaban las manos, no podía ni mover la palanca.

Vimos pasar la tarde, pudimos ver como se ocultaba el sol hasta llegar la noche. Nuestra primera noche. Las palabras se fueron, no hablamos, nos venció el sueño hasta el amanecer.

De pronto se me ocurrió decirle a la Cherna que no se preocupe, mi Imelda es bien fregona, pedirá a los compañeros nos salgan a buscar. No veíamos nada más que agua, agua en todo nuestro rededor.

A partir de ahora teníamos que sobrevivir con el pescado crudo, el agua de la lluvia, y nuestras oraciones.

Decidimos dividirnos las guardias, así como los horarios para platicar y dormir, para no entrar en pánico, que ya teníamos pero no lo habíamos aceptado.

Con mi cuchillo tiburonero que me regaló mi papá, marcaba detrás del motor una rayita por noche, para poder llevar la cuenta de nuestros días en el mar. Confieso la inquietud que sentía.

Nos contábamos de todo, nos reíamos de nada, nos abrazábamos, llorábamos, nos hicimos mil promesas, amanecía, atardecía,  nuevamente la oscura y desolada noche.

Desperté una mañana por el ruido que hizo La Cherna al tirarse al agua, por más que le grité, e intenté agarrarlo, no pude, se lanzó. Chequé detrás del motor las rayitas, ya sumaban 5, entonces deduje que ya eran 5 noches y éste era el amanecer número 6.

No volví a ver a La cherna. Me daba pánico lanzarme al agua.

Pescaba y comía, empecé a repasar mi vida, me di cuenta que tenía miedo, mucho miedo, pero si seguía con vida era porque tenía otro destino, me senté y oré, al cerrar los ojos pude escuchar la voz de mi padre que me dijo: Alberto hijo estoy contigo, no te he abandonado.

 Vi a lo lejos unas aves, les tiraba de mi pesca, se acercaban a la proa, tomaban el pescado y se retiraban, pero empezaron a llegar otras, les tiraba más pescado, ellas me sobrevolaban dándome sombra, empecé a platicarles, me sentía acompañado, les prometí que si llegaba con vida, las alimentaría a diario. Una mañana al abrir los ojos, vi a un pelícano, no sé si estaba delirando, pero puedo jurar que me hablaba, me animaba, seguí pescando y alimentando a las aves.

Guardaba el agua de la lluvia en la bolsa de los bolillos con huevo que nos llevamos, en las latas de cervezas, y en mi garrafón. Las aves ya eran mis amigas, con la sombra que me hacían no me quemaba tanto el sol.

Al atardecer de éste día, conté las marcas, ya serían 28 noches.

Me desperté la mañana número 29, sentí que mi barca tomaba rumbo, las olas y las aves me empujaban, el viento estaba a mi favor, creí que lo soñaba, en ese momento me empezó a caer la lluvia, el viento soplaba más fuerte hasta acercarme a la orilla.

Hoy en tierra firme no olvidé mi promesa de alimentar a las aves, lo hago todos los días sin faltar.

ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA

9 DE OCTUBRE DE 2020.

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