DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

IMÁGENES

Cuando disfrutaba de mis once años, (todos los años de mi niñez, a pesar de las carencias, los disfruté, salvo los meses de la canícula) mi hermano mayor ya trabajaba como profesor, incluso, ya se había casado, y fue cuando mi horizonte comenzó a ampliarse, más del que conocía cuando miraba el infinito allá en los cerros de la ruta puuk o desde la Ermita, pues ya saben que Yucatán es plano como un comal, de manera que si oteas desde un poco más alto que los árboles, vez el punto donde se junta el suelo con el cielo en la línea circular del horizonte.

Fue la primera vez que me alejé de mi pueblo. Mi hermano laboraba en la región Noreste del estado, y había invitado a mi mamá para que fuéramos a conocer el sitio, con los gastos pagados, desde luego; y dije fuéramos, porque a fuerza mi mamá tenía que cargar conmigo, por ser el más chico de la familia. Fue este viaje también, el causante de que me salieran “patas de perro”, es decir, que me gustara mucho viajar como todavía, aunque ahora me haya encadenado bajo la mata de chinalima el COVIT famoso. De manera que desde que escuché que mi madre le dijo lo de la invitación a mi papá y él dijo que sí, que estaba bien, pues se juntaron mis ansias con los nervios de mi mamá, aunque ella ya conocía varios lugares, incluso fuera del estado.

Fue invitada también la familia de una hermana de mi cuñada: el esposo, dos niñas, una de diez y otra, nueve años, un niño como de cuatro y otro de brazos, así que hacíamos un buen grupo, por lo que tuvimos que ponernos de acuerdo para el viaje debido a que el transporte no era abundante como ahora y teníamos que transbordar por tres veces: comenzando con la capital, después para un municipio que distaba también a tres horas de camino, luego a otro rumbo al Norte y seguir por una vereda para entrarle a pie. Toda una odisea, siendo mi primera vez como viajero, pues no conocía yo ni la capital.

Se llegó el día. Abordamos el camión que pernoctaba en mi pueblo y comenzaba su recorrido a las cinco de la mañana; llegamos en tropel con el barullo de cuando es un grupo numeroso y la mayoría son niños, clásico querer ser el primero en subir, atropellando los pies de la gente que va adelante, y el jalón y pellizco y el “¡quédate aquí!”, total, que unos se durmieron arrullados por el rum – rum del autobús y otros con la cara pegada en el cristal de la ventanilla, tratando de adivinar qué fue lo que  vimos entre las siluetas borrosas de los árboles que pasan tan veloces  como el camión. En ese entonces se tardaba tres horas el recorrido hasta la capital y la maldición de que te den ganas orinar ¡¿y cómo? En ese tiempo no había baños en las casas, menos en un destartalado camión, así que, a aguantarse, no quedaba de otra. Para no hacer muy largo el cuento, ese día llegamos hasta la segunda ciudad donde pernoctamos y a la mañana siguiente abordamos uno que nos llevaría más al norte, hasta un entronque marcado con unas piedras blancas al cual llegamos después de viajar por cerca de una hora.

Les recuerdo que nosotros vivimos en el sur, al pie de una pequeña serranía que recorre casi toda la península, con cerros que tienen cuando mucho entre cien a ciento veinte metros los más altos, pero comparados con el plan hasta la costa, pues se asemejan colosos y más por la tupida vegetación que los cubría (nomás los recuerdos quedan), debido a que en mi municipio comenzaba la selva, en comparación con el resto del estado que es sabana caducifolia. Pues esta vereda por donde vamos a entrar es también selva, pues colinda con el aquel entonces, territorio de Quintana Roo.

¡Maravilloso! Caminamos bajo un dosel que formaban los árboles que entretejían sus ramas, y nos acompañaron con sus estridentes parloteos las urracas, acá les llamamos “che’les” por la onomatopeya de sus graznidos: “chelelelelé, chelelelelé” y los chillidos de algunos monos en las copas de los árboles, y cientos de ruidos más. Pero, lo que se grabó como un Daguerrotipo milenario en mis recuerdos, fue una imagen de esas que sabes que va a ser la única vez que se presente en tu vida y nunca jamás se te va a olvidar. De esas imágenes que, como no queriendo, se asoman coquetas por una de las ventanas de tus recuerdos, tan vivas y tan nítidas. Que te arrancan un como ahogo e ineludiblemente evocas todo el momento. En realidad, fueron muchas, pero esta fue la del gran impacto. Qué como el meteorito de Yucatán, devastó a las urracas y los monos y todos los otros asombros que les voy a relatar.

Lo primero que notamos, los que vivimos en un pueblo grande, es que las casas no tenían puertas. Cuando hacía “fresco” o llovía ponían un tejido de bejucos (lianas para los leídos) que ellos llaman: ″aakꞌ kum″ o una cobija, pero generalmente, ahora sí son casas de puertas abiertas. Todas las viviendas eran de paja y bajareques, incluso la escuela donde me tocó dormir, sólo la alcaldía era de piedra.

También nos llamó la atención que, desde la escuela, se escuchaba claramente el rumor de agua corriendo, raro en nuestra tierra que carece de ríos o arroyos superficiales. Mi hermano nos llevó por una vereda que bajaba hasta un asentamiento maya que tenía a un costado un pequeño cenote, con agua tan clara como no había visto en mi corta vida. De ahí brotaba el rumor por la fuerza de la corriente del agua que venía ¡desde la serranía de mi pueblo! Y que afloraba acá en estos pueblos cercanos al mar donde desembocan. Esta imagen se completó, cuando mi madre subió a una de las piedras labradas y declamó una poesía que se aprendió cuando la primaria y que trata del hijo ingrato que le arranca el corazón a su madre por petición de la mujer amada, y, cuando corre a entregárselo, tropieza y cae, escuchando al corazón preguntarle: “¿te haz hecho daño hijo mío?″  vaya naque si se ganó  los aplausos.

De igual manera me impresionó cuando mi cuñada me mandó por azúcar a la pequeña tienda y el dueño sacó su báscula que consistía en dos tapas de leche atadas cada una en el extremo de un palo y las pesas consistían en piedras de diferentes tamaños. Surrealista sin lugar a dudas. Pero ninguna estas imágenes fue la del impacto, ni la de la enorme boa yucateca que se paseaba por entre las palmas del techo de la casa del maestro. Fue al regreso, por esa vereda entre los árboles. Después les platicó, porque ya son las doce cincuenta y cinco y hay que dormir.

Oxkutzkab, Yucatán, última semana de septiembre, cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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