DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

EL DESEO

Desde pequeño guardaba ese gran deseo de realizar el sueño de su vida: conocer el Mar.

Todo comenzó durante la primaria; cuando cursaba el segundo grado y el profesor les platicó sobre los navegantes, que, en frágiles embarcaciones se aventuraban en busca de nuevos horizontes o recorrían los conocidos, enfrentando feroces huracanes o perdiéndose por esos caminos ondulantes, anchos y eternos como el mundo mismo. Esa noche su imaginación no le permitía conciliar el sueño, pues era tan vívidas las imágenes que repasaba en la oscuridad de su casa, que la misma hamaca le servía como nave y rebotaba de acá para allá, luchando para no perderse en ese gran océano inconcebible de tanta agua que su tierna conciencia no lograba encerrarlo en límite alguno.

Al amanecer, lo primero que preguntó a su padre fue sobre qué tan lejos estaba el mar. Él le contestó: “no sé, no lo conozco”, luego preguntó al resto de su familia, pero ¡ninguno lo conocía! A pesar de que su pueblo estaba enclavado en un estado rodeado por el agua en tres de sus cuatro puntos cardinales, pues era una península, y estando el mar a una distancia de tres horas de su hogar. La causa era ser una familia de campesinos y una época en que los jóvenes se arraigaban a la familia y envejecían donde envejecieron sus abuelos y conocían apenas la cabecera municipal a la que pertenecía su pueblito. También la pobreza ancestral que muchos mayas heredaron y como si fuera un estrato, se hacía más grande y dura con el paso de las generaciones, era una hazaña cuando alguna familia lograba cortar el cordón umbilical de la costumbre que lo retenía en ese nivel de vida y escapaban de ese pueblo.

Cuando cursó el cuarto grado y el profesor, en geografía, les enseñó los nombres de los océanos, sus límites, sus recursos naturales, en mapas y en el globo terráqueo, fue que de nuevo despertó en él, la inquietud que se había amodorrado debido a la resignación que le contagió su familia al no poderle hablar del mar. Después, las láminas y fotografías y, por último, una película sobre piratas que vio por televisión en casa de un pariente cuando lo llevaron al doctor allá en la cabecera municipal; todo esto fue causa de que se concentrara en todo su ser el deseo de conocerlo, tocar la espuma de las olas y por qué no, meterse para sentir el poder de tanta agua por todo el cuerpo. Cuando esto, contaba con doce años y se puso como límite tres años para lograr su objetivo. Decidido a juntar el capital que fuera necesario, tomando la determinación de dedicarse a trabajar “a brazo partido” en la milpa, pues era el único trabajo que se podía desarrollar en esos lares. De la escuela, éste era el último grado por ser unitaria y, aunque sus padres habían decidido mandarlo a la ranchería cercana donde se estudiaba hasta sexto, no pudieron ante la firmeza de su propósito. Cuando se puso a trabajar tal y como lo había anunciado, no hubo poder alguno que lo hiciera descansar un solo día, de sol a sol y había logrado el acuerdo con su padre, de que cuando se vendiera la cosecha de cada temporada, le tocara una parte de las ganancias y así juntar para lograr su sueño.

Pasaron los años que tenían que pasar y cumplió los quince años. Creció hasta donde crecen los jóvenes de esta etnia, embarnecido y de mirada segura y fija en su propósito de conocer el mar. Ya tenía el capital que creía suficiente para ausentarse por espacio de una semana de esta tierra que cada vez se le hacía más estrecha, cuando en su imaginación la comparaba con el prodigio de grandeza que estaba próximo a conocer. En los viajes a la cabecera que realizó con su padre para comercializar todos los productos del trabajo en la milpa, lo había aprovechado para preguntar por los transportes y los costos y para adquirir una maletita donde llevaría su ropa y otros enseres. Ese año, que marcaba sus quince, tenía que ser el más espectacular de su existencia, cuando se abrieran los horizontes ante su juventud y se los bebiera de un solo golpe.

Eran las últimas cargas de maíz y calabaza que llevaban a comerciar y pensaba que en dos semanas más por fin podría realizar su viaje. Se sorprendieron en esta ocasión, que les limitaran su entrada al mercado y no entendieron el por qué, hasta dos semanas después cuando le planchaban la ropa que llevaría para su viaje. Fueron citados los pobladores a la plaza principal por las autoridades que venían según les dijeron, desde la capital misma y les informaron que nadie podía salir de sus pueblos y que se mantuvieran en sus casas, bajo la pena de recibir fuertes multas.

─ ¿Por qué? ─ preguntó a voz de cuello, sorprendido y desesperado. Con voz solemne y un tanto dramática, el funcionario respondió:

─ Es que llegó el COVID-19

NOTA: Esta narración tiene otro final después de pasar la pandemia y nuestro personaje cargando cincuenta años, logra su objetivo. (No se crean, no tanto tiempo)

Oxkutzcab, Yucatán, no última semana de agosto en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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