EL HOMBRE QUE NO SABÍA SONREÍR

Me acomodé, en una de las mesas de la famosa taquería: Puruxón Cauich.  Ordené un par de tacos de queso relleno negro y otro par de lechón. Mientras esperaba el servicio, dirigí la mirada hacia la pantalla del televisor, instalado frente a mí, porque el conductor de noticias de medio día se prodigaba para destacar la detención de uno de los más buscados por el FBI:

“Cuando desayunaba en un restaurante del centro de Tijuana, hoy por la mañana fue detenido el boliviano Moriáncumer C. Al presunto delincuente, se le considera el cerebro financiero y responsable de lavar dinero proveniente del crimen organizado, en los Estados Unidos de Norteamérica. Las autoridades comentaron que será extraditado para que responda los reclamos de la justicia estadounidense”.

Aunque la imagen difuminaba su rostro, justo en el momento que decían su nombre, un descuido de los editores dejó ver por un instante la cara del arrestado.  Su mirada desoladora y aquel nombre tan singular, me recordó a un amigo de los tiempos de la escuela primaria y secundaria. De nombre precisamente Moriáncumer.

Si bien su nacionalidad no encajaba, ello no fue obstáculo para que las reminiscencias se fueran desgranando en mi mente…

Lo recuerdo con su tez morena y pelo lacio, peinado de vereda. Sus ojos negros, inyectados de finos hilos de sangre, acentuaban su mirada desolada.  

Un día le pregunté la razón de esa su mirada y por qué nunca reía. Lo pensó un poco, pero sólo me respondió: “No sé.” Varios años después, le volvería a formular la misma pregunta.

Recuerdo igual que fue el primero en memorizar las tablas de multiplicar. También, cuando presentó su cartón del escudo nacional, en donde se podía apreciar de manera vívida, cómo la serpiente se retorcía de dolor mientras el águila la devoraba. En secundaria, recibió muchas muestras de admiración su dibujo de un esqueleto con los nombres de todos y cada uno de los huesos. Evidenciaba ya su mayor interés por la biología.

Después de la secundaria, todos los que pretendimos continuar nuestros estudios, precisábamos trasladarnos a la capital del estado u otros lugares, ya que en Zac Mutul no había escuelas de nivel superior.

A diferencia mía, Morián, como le decíamos, optó por una preparatoria que le ofrecía seguir con su interés por las ciencias naturales. Eso y el hecho que no participaba de algún deporte o actividad cultural, distanció nuestra amistad. Sin embargo, ocasionalmente coincidíamos en la terminal para dirigirnos a la capital de la entidad. Así supe, por él mismo, que había aprobado el examen de admisión a la facultad de medicina. No era un logro menor. Admirado le dije:

—Te felicito amigo, tienes razones para estar feliz, sonríe, vas a ser doctor, ¿por qué te empeñas en mantener esa cara como de desolación?— Ahora lo pensó un más, buscando acaso las palabras para explicarse y me compartió su aguijón constante…

—Mi familia, hace muchos sacrificios para que yo pueda estudiar. A veces se quedan sin comer, para darme el valor de mi pasaje del día o para comprar algún libro, y tengo mucho miedo que sea en vano.— Deja de hablar bruscamente. No sé si arrepiente de su confidencia, pero busca mi reacción. Solo atino a responder con otra pregunta.

—¿Por qué sería en vano Moríán?

—Bueno…, en el transcurso de este año he visto a muchos desertar, y no me explico sus razones, porque eran buenos estudiantes y no parecía que les faltara medios económicos.

Trato de aparentar que lo comprendo y soslayar que a fin de cuentas es la historia de muchos. Para entonces, no alcanzaba a entender que en el fondo, aunque pueda ser la historia de muchos, cada uno lo vive y sufre de manera distinta y única.

Morián, planteaba su futuro en función del futuro de toda su familia. Pero este camino, lo percibe lleno de espinas que le infligen tal dolor, que al parecer le pasman hasta sus naturales razones para sonreír.

Después de esta platica, escasamente nos volvimos a ver. Pero casi a finales de ese año escolar, un domingo por la mañana se presentó en mi casa. Me extrañó porque no era de los que solían visitar amigos. Conversamos un rato sobre la escuela y me contó que andaba en los exámenes finales y que ya había pasado la materia más dura, que era anatomía, la cual tenía fama de ser la principal barrera entre ser o no ser médico. Recibió mis felicitaciones con su acostumbrada seriedad. Luego me dijo porque me había buscado. Quería que yo le prestara una calculadora, porque iba a presentar el examen final de matemáticas.

Le dije que yo tampoco tenía calculadora. Me pareció que no lo creyó del todo. Se despidió con una cara de desconsuelo que me remordió.

Unas semanas después, corrió el rumor que Morián no pudo sortear la materia de matemáticas y había causado baja en la facultad. Yo esperaba toparme alguna vez con él para saber la verdad, y siempre me quedo el pendiente de ir a su casa.

El siguiente rumor fue que se había ido de bracero a los Estados Unidos de Norteamérica.

Nunca más volví a saber de él y tampoco supe que alguna vez regresara, cuando menos a pasear, a Zac Mutul…

La noticia de la captura de Morián, murió tan pronto como pasó el día. Por supuesto, en el pueblo, la suerte de un boliviano no tenía razones para ser novedad…

 Por algunos días pensé en el asunto, pero ciertos recuerdos, así como los puedes refrescar a voluntad, el tiempo se encarga de asedarlos, hasta que no tienes más remedio que volver a enterrarlos…

Varios años después de aquella noticia, yo diría cuatro, un sábado por la mañana, decidí visitar la tumba de uno de mis seres queridos, en el cementerio municipal. Deposité un ramo de flores y me senté a un lado de la losa del mausoleo, para pensar un poco.

Cerré un rato los ojos para abstraerme en mis recuerdos.

Después de varios minutos, los abrí y me puse de pie dispuesto a abandonar el lugar. A muy corta distancia, noto que camina hacia mí, un hombre vestido de blanco; parece un doctor. Cuando lo tengo cerca, su rostro tiene algo de conocido. Si, es su mirada de desolación lo que lo torna familiar…

—¿Eres tú Morián?— Le pregunto, con tono incrédulo.

—Si, soy yo, Nico­—, me contesta con su acostumbrada formalidad.

Nos damos la mano espontáneamente y nos decimos el gusto de reencontrarnos después de tantos años.

Luego, sin esperar demasiado le suelto algo que me estaba quemando la lengua.

—Hace unos pocos años, una noticia por la tele me hizo recordarte…

—¿A poco me reconociste?

—¿Entonces eras tú?

—Si, era yo.

—Te noto de eso muy cambiado…

—Es una larga, historia. De hecho es increíble que hoy me puedas reconocer con tantos cambios que me he hecho. Cosas del programa de testigos protegidos. Tengo que hacerlo, para iniciar una nueva vida. Sin embargo, me ha ido bien porque con el cuento de que era boliviano, ahora puedo pasar por mexicano y moverme libremente en mi país. Ya ves, hoy me he dado el lujo de regresar a la tierra de mis raíces. Aquí tengo enterrado a mis padres y abuelos.

—Oye, suena fantástico, pero me admira que lo puedas contar tan libremente.— Ante mi comentario, hace un breve silencio y me contesta.

—Lo que pasa es que sólo te lo cuento a ti.

—¿Por qué?

—No tengo familia, todos han fallecido, ni amigos; para el FBI soy un código; si no se lo contara a nadie, sería como si estuviera muerto.

—¿Pero, no temes que yo se lo cuente a alguien?

—No.

—¿Por qué tan seguro?

—Bueno, es que no te he advertido; si lo llegaras a contar… tendría que matarte.

No puedo evitar soltar una risa divertida, por lo que creo es una broma. Luego se torna nerviosa, cuando advierto que Morián, permanece grave. Cierto, estaba ante el hombre que no sabía sonreír… Pero tengo la impresión que como antes, ahora también, habla en serio.

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