DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

UNA PEQUEÑA HISTORIA. ¡BINGO!

No cabe duda de que el título se lo ganó a pulso. A pesar de que su casta de “dzul” (delicado, fino, más bien: refinado, en maya) le trajo muchos problemas a lo largo de su vida, pues el grupo con el que compartía el barrio, eran de la peor ralea, lumpen, canallas, y le hacían la vida de cuadritos a pesar de que lo aceptaran ser parte de la “tribu”. Lo peor del maltrato lo recibía cuando llegaba el tiempo de los amores. Esa época en que las hormonas del amor inundan las calles con sus feromonas, convirtiéndolas en verdaderos campos de batalla y los ganadores se refocilan a sus anchas, sin importarles absolutamente nada, protegidos por la concha del descaro. Era entonces que el pobre de Bingo sufría. Su vida era digna de una novela romántica, pues en cada época de enamoramiento, literalmente se pasaba a morir de amor. A pesar de su porte y de la magnífica alimentación omnívora que acostumbraba, nunca llegó al título de “perro Alfa”, no nos explicamos el porqué, puesto que era el de más alta categoría, salvo que en la sociedad perruna también exista la corrupción. La cuestión es que notamos que, en la lid amorosa, los canes luchan “todos contra todos”, pero en este caso, era todos contra el pobre de Bingo.

Así fue toda su vida, desde que era fuerte y gallardo, hasta en sus últimos años de “Rabo verde”, siempre se nos desaparecía, retornando a los quince o veinte días arrastrando el cuerpo como un costal, en cuyo fondo traía lo que había podido rescatar de su vida; todo mordido, con lunares pelados en la piel, una orilla de la oreja desprendida, rengo de alguna pata y las costillas dibujadas por el ayuno obligado en aras del amor, me lo imaginaba peor de romántico que don Quijote, pues regresaba más flaco que Rocinante. Pero eso sí, orgulloso de haber perpetuado su genética, en quien sabe cuántas damas perrunas a pesar de los aporreos que le propinaban los envidiosos por ser de los más solicitados para esos menesteres.

Ha sido al único perro que he visto contemplar, arrobado, a la luna. Solía acompañarme a una pequeña cancha en la casa de mis padres. Por pertenecer yo, a un club de observadores del cielo, pues iba, al obscurecer, a ese sitio, para recostarme en un sillón y ver si lograba sorprender algún OVNI descuidado, o simplemente ver a las constelaciones en su paseo nocturno por la eclíptica, y, cuando nos tocaba luna, en especial en su fase de llena, era cuando lo sorprendía. Le llamaba cuando más absorto estaba, se volteaba para verme, con un gesto que siempre creí una sonrisa y regresaba a su contemplación. Era muy buena compañía, es cuando hacen cierta la frase de: “El perro es el mejor amigo del humano”. Cuando ya estaba viejo, sordo y ciego, me seguía por gracia de su olfato, pues pasaba yo silenciosamente junto a él para no despertarlo, mas al voltear después de pasado un rato, ya lo tenía recostado a un lado del sillón.

Una de sus últimas aventuras fue cuando ya viejo, como los jubilados que queremos hacer cosas de jóvenes (me parece que fue su última escapada). Llegó la época romántica, la de las serenatas a base de aullidos, ladridos y luchas encarnizadas toda la santa noche y se peló. Lo dejamos de ver por espacio de dos semanas, hasta que un día un sobrino me dijo que Bingo estaba tirado en una calle ahí del barrio, al parecer atropellado por algún vehículo, aunque yo creo que lo atropelló la jauría enamorada de la misma dama. Le dije que fuéramos por él, para curarlo o llevarlo al veterinario, pero ya no lo encontramos, revisamos toda la calle y nada. Llegamos a la conclusión de que se murió, algún vecino lo reportó y Salubridad municipal se deshizo de él, aunque pensamos que no era justo que terminara en el basurero como alimento de los zopilotes, nos resignamos a su pérdida. Mi familia se encariña mucho con las mascotas y el recuerdo evita que busquemos un sustituto de manera inmediata, es una especie de luto, y como todo, se nos fue olvidando, incluso el nombre al cabo de los tres meses.

Amaneció un día espléndido y le dije a mi madre que iba a lavar mi motocicleta, porque ya la necesitaba; junte los aperos, y comencé por remojarla, cuando me salta Bingo por encima de unos matorrales del jardín. Caracoleando y, meneando el  rabo a todo lo que daba, me dijo que estaba feliz de regresar como el “hijo pródigo”. Al igual yo, después del susto que me pegó y me hizo aventar la manguera, lo recibí con el mismo entusiasmo al igual que toda la familia. A raíz de esta experiencia, acordamos, de que, en el próximo invierno, temporada de locura para los cánidos, amarrarlo, para que no se nos escapara.

Se murió de viejo. Como dije antes, quedó sordo y ciego, pero ahí la llevaba tranquilo dentro de lo que cabe en su vida como perro. Una tarde se acostó y ya no quiso comer, solo emitía unos quejidos como diciendo: “hasta aquí, no más”. Y como dice una canción: “se bebió de golpe todas las estrellas, y ya no despertó”. Ha de estar haciendo enojar al Can mayor de Orión o al cancerbero de los infiernos de Dante, porque los románticos, si no se compusieron en la tierra, tampoco lo van a hacer en el cielo, ¡menos en el infierno!

Oxkutzcab, Yucatán, segunda semana de septiembre en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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