ESCLAVO DEL PODER(POR: YOXI)

Entre ayes, latigazos y salpicones de sangre, Teófilo se flagela la espalda con un látigo de siete puntas: cuarenta y siete, cuarenta y ocho, ¡Cuarenta y nueve!… queda un rato en silencio, apaga la grabadora y marca el teléfono.

  • ¿Su eminencia?
  • ¿Si hijo, dime?

Teófilo pone la grabación de su flagelación para que su interlocutor la escuche, al terminar continúa.

  • Ya hice mi penitencia padre, para limpiar mis pecados.
  • Ay hijo, que gusto por ti, cuando obedeces a tus superiores no tienes nada que temer.
  • Gracias padre
  • ¿Estás listo para tu próxima asignación?
  • Si padre, hable que su siervo escucha y obedece.
  • Revisa tu buzón, ahí encontrarás las instrucciones.
  • Si padre gracias, así lo haré.
  • Bueno pues, cumple con tú trabajo y adiós.

Teófilo creció en un orfanato, cumplió la mayoría de edad, dada su franca docilidad e imponente estatura, un prelado lo escogió y adoptó para sus asuntos personales; Su voz, con tonos de bajo profundo, eran muy convenientes para “ciertos encargos” sin embargo él era un ser bueno, introvertido y taciturno. Su estricto adoctrinamiento le aseguró a su amo una fidelidad absoluta.

Esa madrugada se dirigió en una camioneta panel negra a la terminal de carga del ferrocarril, a recoger su valiosa mercancía; niñas entre 13 y 17 años, que habiendo sido secuestradas su destino sería un orfanato, que servía de fachada a un lucrativo negocio.

Llegó al obscuro patio de maniobras de la estación Pantaco de Azcapotzalco, donde un grupo de mafiosos le esperaba; al verlo serio, enorme y vestido de negro lo identificaron. Abrieron el contenedor de carga y trasegaron a su vehículo a las jóvenes narcotizadas, envueltas en sábanas, doce en total; las apilaron en su interior como si fuesen costales de papas. Sin cruzar palabra cerró la puerta trasera; uno de los tipos queriendo socializar con él le palmeó la espalda y dijo algo,  pero él respondió a la defensiva, con una especie de gruñido agresivo. — ¡Tranquilo grandote, no hay problema! Él sin contestar dio la media vuelta, subió a su vehículo y arrancó a toda velocidad. El hombre sintió algo pegajoso en su mano, era la sangre del gigantón.

Teófilo llegó al orfanato, tocó el portón, se abrió y cerró una mirilla y le recibió un monje mal encarado, que sin más le señaló un cuarto con camas y le dijo — ¡Póngalas ahí! Teófilo sin verle intenciones de ayudar, fue a su camioneta y con dolor fue cargando en  hombros a las jóvenes y poniéndolas donde le indicó el sujeto, manchando las sábanas con su propia sangre. Cuando pensó que le faltaba una, regresó a la camioneta pero ya estaba vacía, se sintió confundido ¿Perdería la cuenta? Regresaba a recontarlas, pero el monje de la puerta, viendo que ya no traía nada, le cerró el portón en las narices.

Teófilo revisó el interior de la camioneta, la rodeó pero no vio nada. Con la misma se subió y arrancó. En la esquina había un parque y al dar vuelta le pareció ver que un blanco fantasma se escondía detrás de los arbustos ¡Era la muchacha que le faltaba!

Siguió de frente y dio vuelta en la esquina como yéndose: paró, apagó el motor, las luces y bajó para seguirla a pie. Avanzando con cautela la localizó y permaneció inmóvil para no asustarla. Ella, creyendo que el peligro había pasado, descalza y con su sábana arrollada para paliar el frío de la madrugada, comenzó a huir. Teófilo rodeó el parque y le cerró el paso, la atrapó y tapándole la boca se la llevó cargada a la camioneta, mientras ella luchaba por liberarse.  Como no dejara de forcejear, le golpeó la cabeza y la noqueó. Así inconsciente la subió a la camioneta y  se la llevó a su casa.

La amarró y amordazó a una silla y se fue a dormir. Al día siguiente cuando ella ya había despertado, pensaba en matarla y deshacerse del cuerpo, cuando sonó el timbre del teléfono, lo contestó.

  • Teófilo Cubillas a sus órdenes, ¿diga?
  • ¡Teófilo donde te metes, que pasó ayer!
  • Nada su eminencia aquí estoy en mi casa, recogí y entregué su paquete como me indicó.
  • ¡Me están diciendo que la mercancía llegó incompleta! ¡Porqué,  que pasó!
  • ¿Incompleta? Yo recogí y entregué lo que me dieron señor, el tipo de la puerta revisó la camioneta que quedó vacía.
  • ¿Cómo se que no me estás mintiendo?
  •  Yo no digo mentiras señor, usted lo sabe.
  •  ¡Pues voy a investigar y como me estés mintiendo te vas a arrepentir! ¿Oíste?
  • Si señor le escuché.
  • ¡Pues te quiero aquí mañana en mi oficina a las 8:00am! Ahora estoy ocupado, Adiós.

El padre cuelga aporreando la bocina, Teófilo nervioso va por su arma y le pone el silenciador, se acerca a la chica, ve sus lindos ojos suplicantes y desiste de dispararle. Ella a señas le pide que le quite la mordaza, duda pero finalmente se la quita.

  • Tranquilícese señor, no voy a gritar, déjeme ir, ellos no están seguros ya lo oí, usted no quiere hacerme daño, no, es un hombre bueno ya lo vi en sus ojos. Me llamo Mara, déjeme vivir, tenga  misericordia. ¿sabe qué es eso?
  • Por tu culpa estoy en problemas, me tengo que deshacer de ti o voy a perder mi trabajo.

Ella escucha la angustia en su voz y le hace plática para distraerlo de sus cavilaciones:

  • Tiene que oír esto primero señor, usted me recuerda a un chico de mi pueblo, sus padres murieron y el pedía limosna en una esquina, no hablaba, lo tenían por loco, pero no lo estaba, nunca hizo nada malo. Un día desapareció y no supimos más de él. Se llamaba… Teófilo.
  • ¿Teófilo?

Mara le cuenta otras historias del pueblo, así lo distrae hasta que lo tranquiliza. Teófilo guarda su arma y la mira a los ojos. Ella se da cuenta del efecto que tiene en el muchacho y le sonríe. Él queda embobado mirándola, es bonita, Teófilo siente que se le mueve el tapete. Por su mente pasa la peregrina idea de quedarse con ella.

Mara lo convence de que la suelte, y ya libre le cura la espalda y le prepara algo de comer; Mientras comen —ella recién bañada y vistiendo solamente una enorme camisa de él— le coquetea, cruza la pierna y él no puede dejar de mirarla. Tampoco puede dejar de pensar en el roce de sus manos en su piel mientras lo curaba, fue la sensación mas divina que jamás había experimentado.

Teófilo se siente bien de identificarse con la muchacha. Ella entonces le propone fugarse juntos.

  • No puedo, el padre se va a enojar conmigo y me va a castigar o me obligará a que yo mismo me castigue, pero ya no quiero hacerlo, ya estoy cansado.
  • No tienes por qué hacerlo, no sé qué clase de ideas religiosas te metieron en la cabeza, pero te aseguro que existe una vida mejor que eso, un cielo dentro de ti y un paraíso por descubrir.

Finalmente lo convence; Se preparan para el viaje y salen al ocaso con rumbo desconocido. Agarran carretera y Teófilo maneja sin parar hasta el amanecer. Como ya están muy cansados, paran en el primer motel que encuentran, Teófilo se queda profundamente dormido, Mara sale a hurtadillas del cuarto, va a la caseta telefónica del pasillo y llama a la policía que llega momentos después y lo arrestan.

Durante el interrogatorio, Teófilo se entera que Mara es una policía encubierta y que gracias a ella descubrieron las operaciones clandestinas de la peligrosa secta de “Los Devotos de la Llaga” quienes camuflados como grupo religioso, operaban en varias ciudades del país, secuestrando a jóvenes y niños de ambos sexos; adoctrinándolos en sus torvas Ideas medievales y esclavizándolos a su servicio.

Cuento by Yoxi                                             

08/09/20

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