DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

DESEO CUMPLIDO

En ocasiones, al destino le da por cumplir los deseos que uno tiene escondidos tras los secretos que, por irrealizables, nos da vergüenza platicarlos. Íntimamente soñaba con conocer esos sitios exóticos al Norte del África, donde los faraones habían construido edificios deslumbrantes, entornar los ojos ante el oro del Sol que se oculta en la inmensidad del desierto, remojar los pies en el río sagrado y milagroso del Nilo o perderme en esos callejones de los zocos bullangueros de la ciudad de El Cairo. Les digo, me tocó trabajar ahí, en El Cairo. Una comunidad pequeña que dista tres kilómetros del crucero donde creo, el reparto agrario amontonó a tres pueblitos, dos de los cuales quedaban a un lado de la carretera y el otro, pues al otro por donde direccionaba para la comunidad donde fui a laborar.

Como no queriendo la cosa, les platico que en el pueblito de este lado de la carretera me tocó trabajar también. Cariñosamente le llamamos: “El Porve”. La escuelita de dos salones, se encuentra, porque todavía existe, aunque abandonada en unas tierras de labor, como les dicen por estos rumbos (la miro haciéndose vieja y solitaria cuando paso algunas veces, y se conmueve algo acá, muy adentro).

Se me quedó muy bien grabado en cierta ocasión, durante una fiesta escolar del Diez de mayo, un caso entre cómico y penoso que les voy a relatar, si me lo permiten. Las fiestas escolares en el medio rural, vienen siendo un acontecimiento importante para la comunidad. En algunos lugares es una actividad que rompe la rutina de la pequeña sociedad, además de ser de los pocos entretenimientos donde tienen oportunidad de disfrutar, como también la de ver las habilidades y gracia artística de sus hijas e hijos, que como en todo, mientras más pequeños, más entusiasman el amor y admiración de los padres, por eso, la mayoría de las veces, los números de los más peques recibían las ovaciones más entusiastas y pedían que se repitiera dicho número hasta por tres veces.

Pues una de mis alumnas de segundo grado, le tocó bailar vestida de negrita después de la poesía de rigor por uno de primer grado, y un bailable de los de tercero. Aclaro que para lo de los bailes, a mí no se me concedió esa gracia, no bailé ni cuando mi suegro descargó su pistola entre mis pies por pretender a su hija,  de manera que, para poder armar un bailable, pedía auxilio a las muchachas del pueblo, quienes a mi pequeña artista ya habían embadurnado, cara, manos y pies de chocolate, de ese en polvo, y ahí va la pequeña a bailar al son de “Cena de negros”. Con decirles que los presentes aplaudieron de pie, y la petición de que se repitiera el número. La pobre niña sale toda acalorada a repetir su actuación y de nueva cuenta los aplausos y la petición de: “¡otra vez, otra vez!” y mi artista se soltó llorando, por lo que tuve que pedirle al público que no fuera ingrato. Si mi ex alumna lee esta narración, ya se acordará.

Pero volviendo a lo de “El Cairo”, por cuestiones económicas, vivía yo a quince minutos de ahí; a las seis de la mañana, abordaba un autobús que me dejaba en el crucero, y a caminar los tres kilómetros por una terracería entre gris y blanca, bordeada de matorrales propio de los páramos o desiertos (los pueblitos son oasis), acostumbraba caminar con una vara larga tentando el camino del frente por consejo de uno de los padres de familia, por eso de las víboras de cascabel que abundaban en el sitio, me imagino que todavía. Ellas, las víboras, acostumbran ponerse a la orilla del camino esperando que el sol las caliente, o porque ahí pasaron la noche calentándose por la tatema del día. A las siete, abría la escuela y a las ocho sonaba la campana para iniciar las clases. No les voy a decir que atendía a cuatro grados con un total de cuarenta y seis alumnos y que, a los dos meses, llegó una familia con una niña para quinto; tampoco les voy a decir que la pizarra era la pared misma y que la escuelita era un salón solamente, al cabo ya me había salido callo para esos menesteres.

Lo que sí les diré, es que la gente se surtía de agua de una laguna que compartía con vacas, caballos, “cochis”, pavos, gallinas, coyotes y cuanta fauna vivía en los alrededores, así que tenían que hervir el agua, después de colarla según me dijeron varias madres de familia, pero aún así, el color del agua seguía siendo café.

Llevaba yo mi botellita de agua por eso del “si acaso”, hasta un día que se me olvidó y por cuestiones sicológicas, para el medio día ya sentía yo sed. Pero me aguanté. A las dos de la tarde retiré a los alumnos y a paso veloz recorrí los tres kilómetros hasta el crucero donde tomaba yo mi transporte: el autobús o lo que pasara primero. A pesar de que la sombra de las moreras donde esperaba me defendía del calor, (que sabrosos frutos cuando era temporada) la sed se iba intensificando y para colmo, un viejito me esperaba siempre para aventarme unos “toritos” calando mis conocimientos. Como no queriendo me decía: “profesor, quiero vender una viga de mezquite, pero no sé cuantos pies cúbicos tiene” y ahí me tienen explicándole la fórmula para el volumen que a lo mejor ni le entendía y yo luchando con mi sed, o “quiero poner mosaicos a un cuarto, ¿cómo sé cuántos metros compro”? Decidí ir al “Porve” que me quedaba como a quinientos metros por agua, cuando veo asomarse, allá a lo lejos en la loma que está frente a Santa Ana, a mi dichoso camión. Fueron los quince minutos más largos que he viajado en mi vida, por mi capricho de querer conocer el Sahara.

A raíz de esta experiencia, platiqué con los padres de la necesidad de un pozo para tener agua de consumo que no represente peligro, en especial para los niños; me informaron que cerca había una caverna enorme que se tragaba todos los veneros por lo que tenía que ser un pozo muy profundo y costaba mucho dinero. Acordamos acudir al diputado correspondiente, para comenzar con el proyecto en forma. Una comisión y su servidor, acudimos a la capital muy de madrugada (doscientos kilómetros), fuimos a la Cámara donde sesionan estos señores y nos lo negaron: “dejen ver si está” dijo un portero muy prepotente, al regresar nos dijo que le informaron que no iba a asistir el día de hoy. Terco que es uno, los campesinos dijeron “ni modo, otro día”, yo les dije que me entretuvieran al cancerbero y me colé, y que creen: ahí se encontraba el famoso diputado disfrutando un café y leyendo el periódico. No nos sirvió de nada, pero el comité, junto con las autoridades municipales y ejidales lograron solventar los gastos para la perforación. Yo me retiré, pues tuve cambio de adscripción, pero me dio mucho gusto en una pasada por el crucero después de dos años, ver en una de las lomas entre “El Cairo” y el “Porve” un estanque para el agua que habían concluido entre las dos comunidades, resolviéndose así, el problema de las amas de casa que se surtían de la laguna.

Algunos años más tarde, me encontré con dos antiguos padres de familia y la pregunta obligada mía fue la del servicio del agua. Me contestaron: “muy bien profesor, ahora sí se enferman los chamacos”

Oxkutzcab, Yucatán. Primera semana de septiembre en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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