DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

ÁACTUN (GRUTA)

─ ¡Les dije que no pusieran a este pen…jo de guía! ─ dijo el más enano del grupo, casi al borde de las lágrimas, bueno así estábamos todos: al borde de las lágrimas. Se preguntarán el por qué. Es que nos metimos a una gruta a la que nunca habíamos entrado y aquí estamos sudando, no tanto por el calor, sino porque no encontramos la salida y las velas que usamos ya están por acabarse. Lo bueno es que “se le prendió el foco” como decimos acá en el pueblo, a uno de nosotros, de que apagáramos todas las velas menos una, así tendríamos luz por más tiempo; entramos con tres velas y una caja de fósforos cada uno de los cuatro que éramos, y al principio, cada quién con su propia luz; cuando se consumieron dos a cada uno es cuando decidimos regresar, pero acá estamos, al borde del llanto, pero firmes en localizar la salida.

No sé si alguno de ustedes ha estado en una gruta. Cuando vas en grupo, eres más audaz, pero si vas sólo, te impresiona la grandiosidad de esas formaciones rocosas y la soledad que se respira en ellas. En una ocasión, ya grande, ya de jubilado, fui sólo a una que se encuentra en la primera fila de cerros (ahora sí, llevé, lámpara, velas cerillos, encendedor y mi celular, esperando que funcionara en caso de una emergencia), me adentré por unos recovecos, hasta dejar de ver la luz de la entrada y no escuchar los sonidos del exterior, me detuve, y apagué la lámpara. No van a creer la oscuridad tan espesa, que ni siquiera es negra, es sencillamente que ya no vez nada, por más que abras los ojos y acerques tus manos a la nariz; no vez ni tan siquiera la imagen que debes tener guardada en el cerebro, se te pierden todas las dimensiones, sólo sabes que estás en algún sitio por la presión que sientes en los pies, y entonces sí, no te atreves a dar ningún paso, no te atreves ni a moverte.

Y el silencio. No puedes explicarte como es: se siente como una presión alta que te apachurra o una presión baja que te hacer conocer la liviandad de tu cuerpo cuando te faltan los sentidos principales que te conectan con el mundo. Si eres de los que sufren de los sonidos fantasmas en tu cerebro, en esta situación se aclaran y los escuchas nítido, como el cri – cri de algún grillo escondido en tu cuarto. Es cuando comprendes el mundo diferente donde viven los ciegos y/o sordos. En ese momento (no aguanté la media hora que me había marcado) tenía yo la ventaja de que, si quería, podía prender mi lámpara o ponerme a cantar para escucharme y también me ubicaba el aleteo de algún murciélago que pasaba cerca de mí, preguntándose quizá: ¿y este loco qué? Fueron quince minutos que me dieron una experiencia de toda una vida en la que viven muchas personas.

Así que imagínense la tensión que estábamos teniendo en ese momento este grupo de cuatro muchachos con doce años dos y los otros: once y diez. Siempre tuve la ventaja de la experiencia de explorar, ya que, desde muy corta edad, me iba con otros compañeritos a cortar leña a los montes cercanos y los sábados y domingos, siempre jalábamos para el monte. Sabía que en estos casos lo peor era ponerse a llorar, mejor era pensar y repasar por donde caminas, pues ya nos habíamos perdido cuando la leña, unas dos veces y deliberando, encontrábamos el camino correcto. Eso les pedí que hiciéramos, recorrer mentalmente por donde anduvimos, hasta que recordamos un pequeño crucero donde pintamos una flecha, pero que pasamos de vuelta sin fijarnos en esa señal, y dedujimos que, para salir, deberíamos caminar para arriba, y nosotros lo hacíamos para abajo desde que dejamos el crucero. De manera que procedimos a regresar hasta la ingrata encrucijada. Por fortuna, nos habíamos desplazado casi en línea recta por lo que no duramos mucho para llegar al sitio. Una vez ahí, buscamos la flecha que no vimos la primera vez y esa nos llevó hasta donde vimos el resplandor de la boca de la gruta que parecía reírse de nosotros. Ninguno de nosotros hablaba, cada uno con sus pensamientos y haciendo ruidos con la boca y los pulmones, liberando toda la tensión que nos hizo llorar en silencio a todos. Salimos sin hablar, con una sonrisa nerviosa en el rostro, arrojamos las velas que nos sobraban y pegamos la carrera cerro abajo y no paramos hasta que cada uno llegó a la puerta de su casa. Ni siquiera nos dimos cuenta cuando nos separamos en las calles del pueblo.

Esta fue una aventura que realmente se revistió de peligro (y que a mi nieta le encanta que se la cuente), pues si no hubiésemos encontrado la salida, no quiero ni imaginar lo que hubiera pasado, pues en nuestra casa nunca le avisábamos a nuestros parientes, para donde carajos nos íbamos. Claro que a nadie le contamos, lo que pasamos, al menos lo hago yo, ahora de viejo, ahora que ya nos da miedo salir hasta a la esquina de nuestra cuadra, bueno, miedo por el COVID.

Oxkutzcab Yucatán, semana de agosto de cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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