LOS HIJOS DE LA MUERTE (POR: MARÍA TERESA MORENO)

LOS HIJOS DE LA MUERTE

Por: María Teresa Moreno

Soy un ángel de la muerte, durante siglos he caminado entre ustedes. Nadie puede verme y sinceramente no me interesa su mundo tan podrido.

Todo comenzó una fría mañana de invierno. Fui convocado por el destino a recoger el alma de un hombre enfermo.

Entre llantos y lamentos tomé el alma y la saqué de su cuerpo, ignorando los gritos de todos que imploraban por su muerto.

Cuando observé a sus dos hijos (una pequeña de unos 7 años y un niño de unos 9 años) en una esquina desconcertados, era como si pudieran verme, pero no suplicaron, sólo me observaron en silencio.

La casa era muy humilde y escuché a los vecinos murmurar sobre que la mamá no los atendía y que en ese momento estaría borracha en una cantina, sin siquiera saber lo que habría ocurrido.

Durante los siguientes días recorrí esas calles y pude observar a estos niños solos, maltratados, con harapos y sin comida. Su madre no aparecía y los vecinos les daban sobras a través de una ventana rota.

Pasaron los meses, y empecé a ver a la madre tener amoríos con un tipo que no daba buena espina. Vivía con ellos pero maltrataba a los niños, obligándolos a hacer trabajos pesados y pegándoles todo el día.

Observé tanta injusticia que en ese momento empecé a reflexionar si lo que esos niños tenían era vida realmente, zapatos rotos, ropa sucia, haciendo mandados para obtener algo de comida. Eran tan buenos hermanos que todo lo compartían.

Los acompañé muchas noches frías, el niño siempre se portó valiente, protegiendo a su hermana, le daba el trozo más grande de pan diciendo que él era un ser mágico que no necesitaba comida.

Mientras tanto, el padrastro solía vigilarlos cuando la mamá no lo veía, y noté en sus ojos las malas intenciones.

No saben cuántas veces acaricie su corazón para alertarlo de que no me tenía muy satisfecho su vida.

Pero no puedo llevarme a nadie si no me ordenan. Esa es la regla de oro, yo sólo soy un lacayo del destino, y por mucho que quiera arrancar una vida, no debo hacerlo si no se me solicita.

Esos niños se fueron convirtiendo en su madre prevalecía. Hay madres que no se merecen el amor incondicional de sus hijos.

Una tarde el destino solicitó mi presencia en esa casa. Llegué tan pronto como pude. ¿Serán los niños?

Entré, y el padrastro luchaba con el niño, y de una bofetada lo estrelló contra la pared. La niña agonizaba con las ropas rasgadas.

El niño en su último aliento imploró que no le hiciera nada, y de pronto su alma se convirtió en una pequeña esfera brillante que yo podía tocar.

El padrastro caminó hacía la niña desacomodándose el pantalón.

Desobedeciendo al destino, tomé su corazón y lo hice pedazos. Cayó de rodillas a unos metros de la niña. Su cara sin aire me miraba, sus ojos se revelaban ante mí y podía observarme, el miedo se reflejaba en su mirada, lo vi y saqué su alma, la dejé ahí en medio de la nada.

Mi niña agonizante me dio una sonrisa y me dijo – llévame al castillo grande con caballos blancos.

La tomé entre mis brazos y en forma delicada saqué su alma y la puse en mi bolso de terciopelo junto con la de su hermano, y las entregué al ETERNO, con la promesa de darle el más hermoso de los cielos. La vida fue su infierno, era hora de tener paz.

Nunca volví a ver a los niños, donde están ahora es un lugar hermoso a donde yo no puedo llegar, pero sé que estando juntos en ese lugar, verdaderamente pueden llamarlo hogar

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