LA CALLE 24, MI CALLE (POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

LA CALLE 24, MI CALLE.

Cada cierto tiempo árboles plenos de frutos, acechaban el paso de la calle 24, mi calle.  A veces las ciruelas y también las guayas, con sus globitos verdes. En ocasiones, las albarradas funcionaban como escaleras, en otras una pedrada era el uso rudo para alcanzar el fruto prohibido. Tan pronto tocaban suelo, veloces las tomábamos para huir. Luego, sentados en alguna piedra, doblemente jubilosos procedíamos a saborearlas. Así tal cual, nunca se nos ocurrió lavarlos como se impone actualmente.

La calle 24, mi calle, en otros momentos, nos brindaba mangos, naranjas, mandarinas, tamarindos, saramuyos. La proclividad de nuestros vecinos de sembrar árboles frutales pegados a la calle, teniendo tanto terreno, unos lo interpretaban como generosidad. Otros, menos condescendientes, opinaban que las semillas brotaban donde se les daba la gana.

La calle 24, mi calle, la recuerdo llena de colores. Se turnaban las flores rojizas de los ciricotes y las rosa pastel de los jabines. Por si fuera poco, en agosto sus albarradas se pintaban con el color fucsia de las pithayas, que primero se presentaban como flores blancas. Una extraordinaria forma de compensar su ociosidad y tosquedad durante largos períodos, enmascarada bajo cortinas de guías secas y espinos amenazadores. Antes, en primavera, se podían admirar densas caravanas de mariposas, matizadas de indescriptibles colores, volando en busca de agua. Pero, más adelante, cuando los vientos del norte llegaban, tocaba el turno a los papagayos multicolores que contrastaban las nubes oscuras.   

Añoro las fragancias de la calle 24, mi calle. La de sus blancos azares, precursores de naranjas, lavadas por el rocío y perfume perfecto de las frescas mañanas otoñales.  La de sus medios días, cuando mezclados con el humo, como un sahumerio, los olores de las comida, sazonadas de especias, en plena cocción dominaban el ambiente. Luego, más tarde, podía tocar su turno a las limonarias que taimadas preferían la noche para ofrecer su inquietante aroma.

La calle 24, mi calle, evocación de alegrías lejanas, muchas veces nacidas de la imprescindible charanga que acompañaba algún gremio, guiado por estandartes, verdes, guinda y oro, y por voladores disparados al cielo que estallaban como clamores de mejores días. O de las posadas decembrinas, con sus villancicos jubilosos, cantados en medio de faroles y velas quebrantando la oscuridad y el frío. Los medios días, quienes tenían la fortuna de poseer una radio, mientras le duraba la batería, lo ponían a todo volumen y nunca faltaba quien con su propia voz le entraba a la competencia, sea con una cumbia sea con una ranchera. Eso sí, podían cantar feo, pero recio.   

Nunca supe cómo llegaba la temporada de trompos, canicas o kimbomba, pero siempre había un espacio liso de tierra para cada juego. Cuando a la banda le placía; con dos pares de piedras, construíamos un campo portátil de béisbol o de futbol, según lo necesitáramos. Tampoco nos importaba que algunas veces tuviéramos que parar el partido para que pasara una persona a pie o en su bicicleta. Se entendía que la calle era de nadie y de todos. Impensable reclamar privilegios cuando a nadie se le negaba nada. Era algo comunista la calle 24, mi calle.

Han pasado los años y conforme la calle 24, mi calle, se transformaba, empecé a sospechar que ciertas temporadas nunca más retornarían. Las cosas cambian y las personas como las hojas de los árboles terminan por volver a la tierra…, las cosas y las personas, se van convirtiendo en polvo y recuerdos.

La calle 24, mi calle, actualmente luce adoquinada y por las noches potentes luces la ilumina. Acaso por eso, los cocuyos, avergonzados ante tanta luz, se largaron para siempre con sus tiernos destellos. Las mariposas que fueron por agua, nunca más volvieron. Muchos de aquellos árboles, que nos proveían de fruta, han seguido los pasos de los vecinos que se han marchado. Sólo sigue de pie un terco zapote, empeñado dar su testimonio de aquellos tiempos. Pocos se paran a escuchar al viejo árbol.

A veces en temporada de nortes, escucho como en sueños, el canto de un solitario papagayo. En julio, la charanga no parece sacar de su languidez a los gremios. En diciembre ya no quieren pedir posada, como antes, incluso prefieren la preposadas…

Ahora se dice que: Las calles son de nadie y… de nadie. Puede ser…. Pero la calle 24, es mi calle.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s