KIMBOMBA (POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

KIMBOMBA

Como les dije anteriormente, en toda esta calle del primer cuadro del pueblo, sólo vivíamos nosotros, y a pesar de que las ruinas del convento Franciscano invadían con su maleza una cuarta parte de la calle, seguía siendo ideal para los juegos que realizábamos con los vecinos y amigos. Tenía el piso parejo, calcáreo y arenoso que no se encharcaba, bueno sí pero sólo una parte donde navegábamos nuestros barcos hasta que se cubría con una capa de verdín y se secaba, a comparación de la calle transversal del lado oriente que, para ir a comprar a la tienda o al molino, tenía uno que caminar pegado a la albarrada, sobre unas piedras que la misma gente colocaba, y así sortear el lodazal que se formaba, debido a que en el molino se surtían de agua unas carretas tiradas por un caballo y tenían una enormes ruedas con el aro de fierro, los rayos de madera y un gran barril de madera en el que llevaban agua a las familias que se podían dar el lujo de pagar este servicio y no tener que sacar el agua de los pozos a cubetazos como nosotros, de manera que esa calle era paso obligado para ellas, las carretas, y revolcaban los charcos, haciendo un amasijo insalvable.

Mi calle era tranquila. Se podía jugar hasta por una hora completa sin ser interrumpidos por algún peatón, bicicleta o carreta; vehículos motorizados había muy pocos y preferían la otra calle que estaba pavimentada para circular, igual que la mayoría de la gente. La cuestión era que ahí se juntaba la “plebe”, mi casa, que es casa de ustedes, servía como cuartel de juegos. Los muchachos mayores, amigos de mis hermanos, jugaban al béisbol de dos bases; este juego terminaba no por el número de entradas, sino por el cansancio o fastidio, pues se llegaba a veces hasta las cincuenta carreras, eran los tiempos en los cuales el tiempo no tenía apuro. Nosotros los peques, también jugábamos béisbol, pero nuestro fuerte eran las canicas y el trompo. Juegos llenos de reglas que se seguían honorablemente en nuestros tiempos.

Para el trompo, por ejemplo, el juego más popular era el de la Luna y el Sol que se dibujaban separados hasta por unos cincuenta metros, unidos por una raya que se trazaba en la tierra. Por medio de la habilidad de pegar cerca de la raya se veía quien ponía su trompo en la luna, para empezar el juego; previamente se acordaba cuantos “puyazos” (golpes con la punta del trompo) se le daría al que perdiera y comenzamos: se tenía que golpear al trompo castigado al aventar el nuestro, pero tenía que quedar girando, en caso de no atinarle, había la oportunidad de subirlo en la mano, aun girando y golpear. En caso de errarle o que no girara nuestro trompo, pasaba uno a ocupar el lugar del castigado. Total, al trompo que le tocara llegar a punta de topes al Sol, se le daban los picotazos acordados; había compañeros malosos que trataban de quebrar los trompos. Otro del trompo, era pintar una “Troya” (circunferencia) y en el centro se enterraban monedas de la denominación acordada y sacarlas a punta de golpes. Las reglas eran que tenías que aventar tu trompo desde fuera del círculo, éste tenía que salir del mismo, si no lo hacía, te castigaban un turno. Ya sabemos quién ganaba.

Pero uno de los juegos, motivo de este relato, era la “kimbomba”. Era un juego, creo, netamente yucateco (era, porque ya no veo niños jugándolo). Se construía con un palo cilíndrico (usábamos mucho el de las escobas) entre cinco o diez centímetros al que se le sacaba punta a ambos lados, como los lápices que usábamos en la primaria, y otro palo al que llamamos “bat” de unos veinte centímetros con el que se golpeaba. Se puede jugar con el número de jugadores que se quiera. La kimbomba se coloca en un cuadro (al que vamos a llamar “casa”) de veinte por veinte centímetros o más, se golpea una de las puntas para que suba verticalmente y al caer, golpearla de nuevo, para alejarla lo más de la casa. Los contrarios o el contrario, espera para ver si la podía recibir, en caso de sí, pasa él a pegar, si la “cacha” de rebote, vale un punto (out, le llamábamos) y tiene que completar tres, para tener el derecho de ser el quién golpee al juguete; si no logra tomarla ni de bote, entonces se pone el “bat” dentro de la casa y el contrario, tiene que tirar la kimbomba desde donde se detuvo y tratar de pegarle, también equivale a un “out”, si por fortuna cae montado sobre el “bat”, equivale a dos, pero si no lo toca, entonces, el que está pegando, golpea de nueva cuenta, tratando de alejar a la kimbomba lo más que pueda de la casa. Una vez detenida, el que golpea tiene que calcular cuántos palos caben entre la kimbomba y la casa. El contrario hace el cálculo, y si cree que es menos, entonces se mide, “bat” por “bat”, en el caso de ser menos, entonces se pierde el turno. Gana el equipo que complete la cantidad de puntos acordados previamente, a veces era un titipuchal.

Todo este relajo que les platico de la kimbomba, es que era un tanto peligroso, porque había jóvenes que la golpeaban con mucha fuerza, convirtiéndose en un proyectil contundente. Eso lo comprobó mi papá, que es el acontecimiento que les quería platicar, ahí perdonen por hacerlo tan largo y aburrido.

Resulta que estábamos una tarde jugando este juego, cuando llega mi padre de su trabajo y se queda en la puerta a ver el juego, porque antes, se entretenía uno con estas actividades. Se desesperó de que no alejábamos el artefacto por falta de habilidad y vino hacía nosotros.

─ Como son chambones ─ nos dijo y decidió darnos una demostración. Pero en el momento de inclinarse para acomodar a la kimbomba, no se fijó que a su lado pasó en su bicicleta don Juan H., panadero que llevaba su producto para vender al mercado en un globo de lámina sobre la cabeza, de forma que cuando mi papá dio el golpe, sí es cierto, muy fuerte, el juguete se fue a estrellar en el globo, lo que hizo que don Juan se detuviera y volteara, cuando menos, a mentarnos la madre, pero encontró a mi papá azorado con el “bat” en la mano. Sólo sacudió la cabeza con el gesto enojado y le dijo: “no te da vergüenza, tan viejo, mejor ponte a trabajar” siguiendo su camino. Todo avergonzado y molesto, mi papá arrojó al suelo el “Bat” y se metió a la casa. Pero se desquitó con nosotros, antes de entrar, se volteó y nos gritó: “¡Dejen de jugar esa pen…jada!” Y como antes, lo que decía un mayor era una orden, pues ni modo. ¡Ah! Que mi papá.

Oxkutzcab, Yucatán, segunda semana de agosto en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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