EL POZO DE LOS DESEOS(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

A unos metros  de la entrada  al pueblo, semienterrado en el monte, ya sin agua  pero vivo en las leyendas, el pozo de los deseos era un referente para los visitantes.

Se dice, que sus  primeros habitantes  del  se surtían. Era agua fresca, limpia y milagrosa. Lo de milagrosa, no duro en su creencia. Cuentan  que había una  curandera, que con tratamientos herbolarios y  masajes, purificaba el espíritu  y  sanaba  los  males en las personas. Algunos afirman ver  mutar  su rostro de humano al de un animal en noches de luna llena. Per no fue así.

Se supo, que sus brebajes –La mezcla de hongos alucinógenos con el agua de pozo –creaban la atmosfera perfecta para ejercer su viejo oficio. Era una persona  de edad, de larga cabellera grisácea,  dientes  pocos  pero contables,  de ojos grandes que se dilatan en la oscuridad como el calor en algunos cuerpos. Y que pagaba buenas  monedas a sus charlatanes para atraer clientela.

¡Vaya que daba resultado!

El teatro se supo una  mañana  bastante fría.  A  esa hora,  los  madrugadores pájaros que buscaban  alimento, pasaban revoloteando sus alas sobre la cabeza  de la gente que se iba amotinando en su choza. Luego de un buen rato esperando afuera, vieron salir a un chamaco de unos siete años que les comentó lo siguiente:

–¡Adelfia, ya se marchó!  –.La vi correr  rumbo al monte por donde está el pozo, fui tras ella, pero ni su rastro.

–¿Y, tú como lo sabes, quién eres? –le pregunto Isaac, el líder ejidal.

–Me dicen  Martin, acabo de llegar. Me fugue  del convento  de los frailes, viví  con ellos tres años. Supe de ella luego de fallecida  mi madre, su prima.

Pasaron, trescientos sesenta y cinco días desde eso.

Aquel chaval fue bien recogido por el pueblo por honrado y  trabajador. Se quedó habitando la antigua casona de la curandera, le sembró plantas de ornato, alineo las albarradas  y colgó  una fila de  seis focos de baja luz para hacerla más visible.

Dicen que el tiempo sepulta las cosas — Así parecía. Pero la memoria  remueve lagunas a modo, como sucedió  en la entrada de la hacienda. Claudia, vivía a unas cuadras  de la casa principal. Había salido de temprano a recolectar flores para el altar, a su regreso se detuvo en  ipso facto junto al  pozo. Este, lucia lechado igual que las piedras que formaban un caminito.

A un costado vio a Martin desyerbando con su coa. Al saludarlo  se le veía contento. “ Él, le contó de su  sueño, donde  se vio tendido  sobre el  brocal del pozo,  pidiendo  un deseo,  y arrojando  una moneda adentro”.

–¿Y qué pasó? –pregunto extasiada.

–! Pues, que se cumplió ¡aquí estoy pagando la ofrenda –le dijo. Deberías intentarlo –sacó una moneda  de su bolsillo  y la puso en la mano diestra de ella.

Claudia, cerró los ojos unos  segundos  para luego dejar caer la moneda en el interior. El muy pícaro  la alejo del pozo y sonsacándola  supo de su deseo.

Al día siguiente cuando ella se presentó a comprobarlo, su rostro entre alegría y temor se desvaneció  hasta que lo hizo tangible. “Tomó el portarretrato con la fotografía de su difunta madre  y  una rosa blanca, fresca y olorosa”.

Cuando la vio  pegar  la carrera hacia el pueblo, Martin, salió del monte dibujando en su rostro una sonrisa de satisfacción.

La gente de los poblados aledaños comenzó a venir  más seguido. Como pólvora que corre, los presentes con moneda en mano hacían cola. En días siguientes unos y en posteriores  otros, después de recoger lo que cada uno deseó, se regresaban  contentos de como vinieron.

Antes de caer la noche, Martin llegó al pozo. Tomó una de tantas piedras dispersas en el suelo y la arrojo  adentro. Enseguida una mano emergió, depositando una bolsa en el brocal.  Seguidamente, el rostro de la curandera Adelfia, se vislumbró. Puso sus pies en el suelo y lo volteo a ver.

–¿Debes  hacer lo que te digo? –Con sus cejas fruncidas y  sin dejar de regañarlo, se dirigía al muchacho mientras  aquel le  sacudía la ropa –.Mira como ando, toda mojada quien sabe de qué…

–¿Pero si solo hice como me lo indico? –con los brazos extendidos en forma de duda Martin le respondió.

–Bueno, sí, pero no tal cual. No era necesario cumplir al pie de la letra los deseos de cada uno. Todo lo que se había recabado, fue disminuyendo para cumplirlos. ¡Andamos en números rojos¡ Anda, ayúdame  a sacar la escalera del pozo.

Cuando acabaron de contar la recaudación voluntaria de los incautos, se encaminaron a la carretera.  En su paso la noche los cubrió  con su escarcha…

–¡Coño, me acabo de secar! – moviendo los brazos Adelfia se insultó porque  no pudo evitarlo.

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

 

 

 

 

 

 

 

 

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