EL ZORRITO WARAWA(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

Por cada machetazo, un gajo de ramón caía a tierra como ave herida. La escena suponía cierta estética. Su ritmo acompasado atraía la atención de los que en ese momento pasaban por la calle 24 de Zac Mutul.   De pronto, un grito de terror, justo del que macheteaba, cortó la cadencia. El hombre, que todos sabían era el Zorrito, se precipitó desde unos siete metros de altura y como si fuera un acto ensayado fue a parar sobre la cama de su propia carreta.

Cuando los mirones casuales, reaccionaron, ya el Zorrito emergía de la carreta; pálido y con un ojo hinchado, esto último explicaría después, producto de un piquete que le recetó la avispa de un xux, escondido en un gajo del ramón.

Minutos antes, él mismo había compactado en pacas las hojas de ramón y las había apilado en la cama de su carreta. Según su parecer cabrían unas más; razón por la cual, trepó de nuevo al árbol para completar la carga. Eligió ciertos ramales colindantes con la calle, para ahorrarse tiempo. Lo que explicaba que precisamente fuera a caer en su propia carreta, estacionada del lado donde cortaba.

Nadie sabe de dónde salió la botella de Coca Cola que le ofrecieron al accidentado. La bebió y un minuto después, salvo un ojo hinchado y sin un hueso roto, repetía eufórico una y otra vez: ¡Me salve Warawa! ¡Me salve Warawa!

Luego, como si se hubiera levantado de un tropezón ordinario, lío par de pacas, las acomodo en la cama de la carreta, se sentó en la parte delantera del vehículo y al grito de: ¡Jálale Diablo!, seguido de un sonoro fuetazo, arengó a su caballito que salió disparado a gran velocidad.

Los testigos oculares del accidente, permanecieron otro rato, entretenidos en un detalle del accidente: Algunos aseguraban que vieron al Diablo alinear deliberadamente la carreta para amortiguar el porrazo del Zorrito y otros afirmaban que el caballito se movió para alcanzar una ramita de ramón y la suerte hizo que la carreta quedara precisa en el lugar de la caída. Con el paso de los días, ambas versiones fueron ganando adeptos y a la popularidad del Zorrito se le sumo la de su caballo de arrastre que también ganó mayor notoriedad.

Y es que el Diablo poseía una personalidad singular: De estatura menuda pero simetría perfecta, lucía una epidermis negra y una melena gris que contrastaba con sus ojos rojos, como carbones encendidos; que cuando parpadeaba podía reflejar una imagen siniestra. Acorde a su nombre.

Abonaba mucho verlo enganchado a una carreta asimétrica, de ruedas muy grandes en relación a su cama pequeña, que quizá obligaba a elevar de manera desproporcionada las pacas de ramón que el Zorrito comercializaba como forraje entre sus clientes, para alimentar todo tipo de ganado, entre caballos, bovinos y chivas.

Si caballo y carreta era singulares, otro tanto y más se podía decir del dueño que quizá explique su popularidad: Bajito, de complexión delgada; habitualmente enfundado en pantalones anchos atados con una cuerda y camisas sin mangas, sugerían un físico frágil. Su clásica gorra de pelotero, escondía una cabeza pelona, parecida a las de las zarigüeyas recién nacidas. Obvio origen de su apodo el Zorrito. Sin embargo, este sobrenombre era tan común en Zac Mutul que para diferenciarlos solían agregarles un apellido. Para solventar el hecho, lo natural fue agregarle esa expresión tan suya al referirse a todos, incluyéndose, es decir “Warawa”.

Por encima de su peculiar personalidad, el Zorrito Warawa tenía una virtud muy apreciada por la comunidad. Un pasado luminoso como jugador de béisbol, que no es poco en un pueblo amante de este deporte. Cierto o no, corría como leyenda urbana que en sus momentos de esplendor, pitcher al fin, tiraba la bola de “yuntun”. Un lanzamiento que se hacía bajo el brazo y era tan elegante como difícil de batear. Era por si sólo un espectáculo, se decía atribuyendo la fuente a quienes supuestamente lo vieron en acción.

Por eso, si entre semana uno se podía topar a Warawa montado en su carreta cargada de descomunales cerros de ramón; los fines de semana era común encontrarlo enfundado en un brillante uniforme, en cualquiera de los campos de beisbol de la localidad, dirigiendo como manager a los Cardenales, nombre de su equipo.  Lo mismo en la caja de primera que la de tercera se le escuchaba decir: ¡Vamos Warawa, vamos Warawa, tráeme esa carrera!, haciendo toda clase de señas, tocándose la gorra o quitándosela para acariciar su excéntrica pelona, con el deliberado propósito de fintar al adversario, pues no sabrían a ciencia cierta, si lo hacía para complacer la tribuna, que lo festejaba en grande, o estaría mandando una señal para una jugada sorpresiva.

Su salida inerme del porrazo, del que aquí hemos dado cuenta, pudo quedar como una anécdota más y perderse entre las tantas que suelen acumular personajes como el Zorrito Warawa…

Pero el asunto estaba fresco, cuando el domingo del mes siguiente, nuestro personaje se presentó en el campo deportivo del municipio, como cada semana en temporada de béisbol…

El partido transcurría trabado. El Zorrito, estaba por la primera cuando se jugaba ya el cierre de la novena entrada, con el marcador empatado. Manda a su corredor a robar la segunda y tiene éxito. El equipo visitante pide cambio de lanzador y aprovecha el Warawa para dirigirse al cajón de tercera base. Quiere controlar la posible carrera del triunfo. Camina relajado; desde las gradas lo incitan a quitarse la gorra, sonríe, se revira y los complace, justo cuando pasaba cerca del bateador en turno que calentaba macaneando con vigor creciente cada lanzamiento imaginario. Nunca advierte la cercanía del Zorrito, cuando ensaya un nuevo y muy violento “swing”, su bate lo estrella en la cabeza de Warawa. Se escucha un sonido seco. El Zorrito cae desmadejado. Quienes se dieron cuenta del accidente corren para auxiliarlo. Durante minutos, le hablan como si las palabras pudieran restaurar lo roto. Por un momento, el Zorrito entreabre los ojos. Quiere sonreír pero dibuja un gesto de temor. Mueve los labios y pronuncia con una voz ronca algo ininteligible…

Durante mucho tiempo las postreras palabras del Zorrito Warawa ¡Jálale Diablo!, fueron tema de plática. Nunca faltaban las interpretaciones. Mucho se polemizó en que si fue la última arenga a su caballito, para llevarlo a su nueva morada o simplemente hostigaba al indeseable personaje malévolo…

 

 

 

 

 

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