DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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E – VOCACIÓN

 

Mi familia, por la valiente estirpe que arrastran nuestros apellidos, no es de las que se apartan asustados, cuando cruza frente a nosotros un gato negro, ¡No señor!… es el gato el que huye despavorido cuando nos encuentra.

Repasé con la vista pausadamente, para abarcar este inmenso mar de desolación que me presentaba el páramo que tenía enfrente: huisaches, lechuguillas, mezquites enanos, acebuches y un ligero verdor que pintaban al azar, en este monótono amarillo quemado, las gobernadoras; se levantaban también aquí y allá, pequeños remolinos de polvo, que me los imaginaba calientes por la tatema de todo el día que había recibido del sol.

Esto viene a cuento porque gestionaron mi cambio de adscripción dos buenos amigos que habían sido supervisores en la zona escolar de la sierra, donde yo seguía trabajando en un aserradero, muy a gusto, pues ya formaba parte de la comunidad integrada por gente en suma amables, donde nos habían, a mi mujer y a mí, construido una casita de madera mero frente a la pista de aterrizaje. Porque para llegar o salir, tenía que ser por avioneta, pues era el único medio de transporte, debido a que, por tierra, sólo existían brechas ingratas por donde se sacaba la madera, transitadas únicamente por potentes camiones a vuelta de rueda… bueno también se aparecían sin saber cómo, unas camionetas que repartían una marca de café famosa en el estado y canjeaban las bolsas vacías por regalos que encantaban a las amas de casa.

Cierta vez, en diciembre, vacaciones, el cielo se nubló y no permitía el aterrizaje de las avionetas, lo que nos hacía desesperar, porque corrían los días y teníamos que acudir a cobrar, el aguinaldo incluso, cuando ¡zas! Se aparece una camioneta de esas. De inmediato fuimos a tratar lo del viaje a la capital, quedando conque dentro de dos días después de haber visitado unas rancherías del lugar. Emocionados pues iríamos por tierra para ver en vivo y a todo color, las maravillas de la sierra; más no contábamos lo escabroso del camino que nos obligaba a bajar del vehículo a causa del hielo formado en el camino, o precipicios donde el chofer tenía que aplicar toda su experiencia y valor, lo que hizo que, para llegar al pie de la sierra, a una de las ciudades donde podíamos tomar el transporte para la capital, viajar durante ¡treinta y seis horas!, terminando con el cuerpo adolorido por el frío y el traqueteo. Desde ese instante se me fijó en la cabeza de que estos amigos de la compañía cafetalera, llevan su producto hasta al mismísimo infierno.

Muy a gusto en la comunidad, pero, (creo que en la vida de un profesor rural siempre hay un: pero…) mi señora estaba embarazada y eso si era un problema en caso de alguna complicación y no haber transporte, aparte de lo caro que salía, así que acepté lo del cambio. En un momento regresaron con mi nueva orden de presentación para un municipio cuya cabecera quedaba a cuarenta y cinco minutos de la capital, en camión. Fui por mi compañera, pasamos el trago amargo de la despedida y nos vinimos a la ciudad, a casa de una de mis cuñadas. Al día siguiente me presente muy temprano a la cabecera sede de mi nueva zona escolar y me encuentro con la sorpresa de que se realizaba una asamblea y que ya se había dividido la zona en dos, y que yo por ser nuevo me tocaba en la otra cuya cabecera se encuentra a doscientos kilómetros en un camino blanco, y, lo que era cuarenta y cinco minutos se transformó en cuatro horas. Y que ahí voy, cuando llegó, que ya se habían repartido las escuelas y que me tocó ir a una comunidad llamada San Nicolás… Y que pregunto por dónde queda, y nadie me pudo dar razón, ni el supervisor (inspector en ese entonces) porque nunca había llegado hasta allá. Y me dio mala espina, pues para llegar a la cabecera tuve que viajar al último en una lancha, por estar crecido el río, así que me llegó la premonición de dificultades.

Fue un campesino quien me dijo que, para llegar a ese ranchito, era mejor ir a la otra ciudad más al sur y que colinda con Durango, por lo que mi distancia se alargó a trescientos kilómetros de la capital. Enojado, regresé para informarle a mi pareja, siendo la única ventaja de que, el pueblo de donde era nativa mi compañera, estaba a veintisiete kilómetros de dicha ciudad, de manera que la dejé prácticamente en su casa. La dejé instalada y me fui a la ciudad a investigar. Me dijeron que en el parque frente a la catedral se reúnen varios campesinos de diferentes comunidades y con ellos me podía informar. Fue al medio día cuando me topé con un vecino de San N., me dio el norte de un señor que tenía un ranchito más atrás y que cada semana  llevaba pastura a sus animales. Por medio de señas, por no saber la dirección, fue que di con susodicho ranchero: Don Jesús P. Era viernes y quedamos de acuerdo de que el domingo al medio día ahí en el parque frente a Catedral.

Muy temprano, bañadito y peinado, maté el tiempo recorriendo calles donde se sucedieron hechos históricos muy interesantes, hasta que llegó mi transporte. Un camioncito de tres toneladas, en cuya caja iban atadas a las redilas cinco vacas, y en la parrilla, sobre la cabina, tres fardos de alfalfa.

─ ¡Vámonos profesor, para que no nos agarre la noche!

Subí a la cabina con mi maletín de enseres y mi cobija arriba de ella y arrancamos. Don Jesús me iba diciendo los nombres de las comunidades por donde pasábamos: “Este se llama “Maturana”, este otro se llama “El Sauce” y cuando llegamos al que se llama “Santa Cruz de Villegas” estaban dos mujeres con sus hijos en brazos pidiendo “rait”.

─ Esas mujeres son del rancho a donde voy profesor, las tengo que llevar ─ me dijo, y comprendí que tenía que dejar la cabina y encaramarme entre las redilas y la alfalfa. Y ahí voy. Los siguientes veinte kilómetros más o menos bien hasta que llegamos a la desviación que nos apartaba del camino principal y fue ahí donde desparramé la vista sobre ese inmenso páramo y donde iba a saber lo que “era amar a Dios en tierra ajena”

─ ¿Ve esos cerros azules a lo lejos? ─ Me dijo Don Jesús ─ Hasta ahí está su escuela.

Desde la salida de esta comunidad que es crucero, comenzó el camino tortuoso, a vuelta de rueda, y, donde se podía aceleraba y luego la frenada por algún arroyo y nos alcanzaba (bueno, me alcanzaba) el polvo que habíamos levantado y yo, entretenido, esquivando los tarros de las pobres vacas que, cuando aceleraba el vehículo se iban hasta atrás y al frenar vienen a estrellarse en las redilas al frente, donde yo me encontraba. Para no hacerla larga, a las siete de la tarde llegamos a mi destino. No vi casas hasta que no llegamos al centro del ranchito donde está la escuela de dos salones con su barda bajita de adobes.

─ Acá se queda profesor ─ me dijo Don Jesús cuando logré bajarme, todo adolorido ─ mañana me regreso, por si se le ofrece algo ─ agregó después de rechazar el pago que quería hacerle, y vi perderse las luces del camión por el camino, continuando yo con la aventura. Pregunté por el comisario a un joven que se encontraba fumando encaramado sobre la barda de la escuela, esputó primero, luego me señaló una casa de adobe (todas eran de este material) frente a la escuela. Me presenté y me dijo: “qué bueno que llegó, pues los niños están perdiendo clases”, me llevó a un jacalón de dos por cuatro metros que se encontraba a un costado de la barda a campo abierto y que era la “casa del maestro”; quitó el candado y entramos; Había una mesita de madera, una silla que cojeaba de una pata trasera, la mitad de un tambo que hacía las veces de estufa y calentón, un quinqué, y al fondo, un catre de esos que tienen resortes todo alrededor, con una colcha de un color indefinido. Al plantearle sobre donde podría comer, me dijo que eso sí estaba difícil, pues la gente era muy pobre y que el profesor anterior se había ido sin pagar a la señora que buenamente lo había asistido. Después de un rato me dijo que fuéramos a probar suerte con una prima que vivía exactamente en el otro lado de la barda. Aceptó la señora Q. y me dijo que me sentara para darme cena. Mientras, afuera, el cielo se encapotó y al poco rato comenzó un torrencial aguacero. Mientras me servían la cena estuve observando la pared frente donde estaba sentado, y les juro, que nunca había visto tanta cucaracha deambulando por todas partes. Llegó mi cena y se las voy a describir: un plato de fideos, agua y aceite, no más. Nada de tomatito, cebollita, pimientita: fideos, agua y aceite o manteca. Disfruté el café.

Como no amainaba la lluvia, eché una carrera hasta mi cuarto y lo primero que veo al entrar: un chorro de agua entrando del techo, exactamente sobre el catre, de manera que tuve que esperar que se calmara la lluvia y fui por cuatro mesabancos para poder dormir. Los acomodé, puse la cobija rogando que no me cayera un ciempiés de los que me dijeron que había muchos, iba a apagar el quinqué, cuando tocan a la puerta: un muchacho que, después de una hora de plática me di cuenta de que no estaba cabal de la mente. Logré convencerlo de que seguiríamos platicando al día siguiente, se fue, apagué la luz y… dos ingratos murciélagos que entraron por la ventanita; refunfuñando una anti oración, prendí el quinqué y a punta de escobazos los eché fuera.

No les miento, antes de dormirme, sentí que se resquebrajó mi vocación y dije: mañana que pase don Jesús me regreso, renuncio al cambio y me regreso a la sierra. Pero amanece y ve uno diferente a la luz del sol, ve uno la escuela, el reto, además de que es uno joven. Tres años viví aislado en este sitio; aislamiento que no me dejó estar presente en el nacimiento de mi primera hija, de lidiar con los rencores de un cacique, de sufrir robos en mis escasos bienes, ver a las golondrinas que se estrellaban en los vidrios de las ventanas de la escuela por un temporal retrasado, la friega de atender cinco grados al mismo tiempo y otras cosas un tanto peores, pero eso… son otras historias.

Oxkutzcab, Yucatán, última semana de julio en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

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