UN CUENTO DE HADAS(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

En un  gran impulso se agarró de los pasamanos del camión en movimiento. Esa mañana salió más temprano que de costumbre. La unidad iba hasta el tope, un riesgo innecesario, pero no podía llegar tarde  al trabajo. No otra vez.

En el paradero final aprovecho el descuido del operador y se ahorró un pasaje. La oficina donde laboraba quedaba a unas cuadras más adelante.

! Ándale muchacho ¡ — la voz de don Gelasio — un vigilante buena onda  del lugar  lo apuraba a gritos  antes de cerrarle la puerta.

Subió las escaleras hasta el segundo piso, sus compañeros ya en sus cubículos  hacían  el rítmico sonido de las máquinas de escribir.

Su escritorio era el último en el pasillo, entre los baños y el área de computadoras. Por fortuna el primero permanecía oloroso aunque las bisagras de la puerta ya avisaban con soltarse y entonces sí, sería un problema. A su lado derecho la puerta de cristal trasparente con un clima parecido al polo sur,  dos personas del área de informática lo ocupaban.

Uno de ellos era Rogelio, un intelectual que viste siempre pantalón de mezclilla, calcetines con impresos de Walt Disney, camisa a cuadros, lentes casi de botella y para rematar unos tirantes de cintura tan holgados, como mi cuerpo.

Y… la princesa del cuento, Luna.

Ella, tiene una sonrisa fresca, ojos azul turquesa, piel tan blanca que en el traslucido cristal de la puerta, su contorno asemeja un halo  de luz  cubriéndola.

En los seis meses de trabajo solo dos “hola”  hemos intercambiado –cuando llega y cuando se marcha –.Y solo, porque fueron espontáneos, de lo contrario ni lo intentaria. No creo en la diferencia de clases –aunque mi abuela decía, ¡cómo te vistas te juzgaran! – pero en ocasiones  algunas personas se pasan.

El día que me entrevistaron para el puesto, mis mejores prendas estaban colgadas en la soga del lavado. El poco Sol que irradiaba esa mañana no ayudó, así que sin dudarlo, húmedas y arrugadas me las arrope. Llegue a la dirección que me dieron –ahí conocí a don Gelasio, el vigilante. Después de un breve interrogatorio recorrió mi vestimenta de arriba abajo:

¿Y, tu corbata?  Sin ella no puedes  pasar –me dijo –.

Dejó cuadrados  mis ojos. Gracias de, que combiné  mi camisa con mi pantalón y  me pase el peine, le dije un poco irónico.

Agarro la onda de volada, y de su escritorio sacó una. Aunque era de un color chillón no había de donde escoger. Subía los escalones y escuché  decidme — “¿la cuota es un refresco de cola de la máquina?”.

Mientras esperaba sentado, todos los rostros y  miradas estaban dirigidos a mí –eso creí, pero no — La única ventana de la oficina estaba  a mi espalda. Me reconforto saber eso.

La vi. Apenas traslucida en la ventana, con sus audífonos puestos, siguiendo algún ritmo con las manos, sonreía y soñaba despierta. En ese presente descubrí una luz detrás de su cabeza, un círculo luminoso que rodea la luna. Se detuvo el tiempo en su cara como en un cuento de hadas.

¿Su voz la siento cerca…? Si, muy cerca.

Un zape  revolvió mis cabellos, me volvió bruscamente a la realidad.

¡Demetrio! Otra vez soñando… Noté un tono de burla en sus palabras.

¡Pinche Rogelio, te pasas!

Con un golpe le iba a reclamar su chiste, pero lo que me dijo le dio amnistía.

¿Había preguntado por mí? Me necesitaba en su oficina para ayudarle a resolver unas claves. Por algo me contrataron, mi capacidad para desbloquear cuentas no se aprende en la escuela…Bueno si, la  de la calle.

Entré a su oficina, aquel vestido floreado le asentaba de maravilla, su pelo recogido, al natural toda ella. Comenzó a explicarme su problema, solo alcance a oír la última palabra pues todos mis sentidos se paralizaron cuando sin querer, nuestros rostros quedaron cerca del breve espacio.

Se encontraron las miradas, sonreímos, nuestros labios querían decir algo pero los latidos del corazón –de  ambos –como el arpa, un instrumento musical de los que se tañen, nos acercó más. Todo lucia fenomenal hasta que: Sonó, la alarma de incendios…

Volaron papeles, gritos por aquí, por allá, se formó una estampida de tacones.  Bajamos las escaleras ordenadamente, igual que en los simulacros. En medio de la calle buscábamos el fuego por la ventana y nada. Los cláxones de los vehículos nos acercaron a la banqueta.

Acompañe a el guardia a la oficina, nos sorprendió ver  solo papeles dispersos en el piso y no humo. Pasamos  cerca del  baño y percibimos un sonido extraño. Al abrir la puerta, Rogelio, despedía aire por la boca para apagar las velas  en un pastel.

¡Lo siento don Gelasio, se me olvidaron las alarmas de incendio!

Resultó que hoy cumplía años Luna, y él, quería darle una sorpresa. La luz de las velas activaron los sensores y lo demás ya saben. Al final le cantamos las mañanitas sin las luces de las velas. No importaba. La  que irradia de su sonrisa, era más que suficiente.

 

FIN.

JULIO/2020

JOSE GARCIA.

 

 

 

 

 

 

 

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