LORD JUGUITOS(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

Aquel hombre, con evidentes cicatrices tatuadas en el rostro, acaso producto de alguna enfermedad maligna, podría incomodar de entrada. Sin embargo, una vez que entrabas en contacto con él, en automático cambiaba tu impresión. Lo Corroboraba ese momento, en que con amplia sonrisa se presentaba así mismo:

—Hola, soy Fernando de la O, me presumo, propietario de este ranchito. Es un placer conocerlos y darles la bienvenida, — ¿cuál es tu nombre? — Fue preguntado a cada uno, mientras estrechaba fuerte la mano a sus invitados, una decena de entre funcionarios y regidores del ayuntamiento de Zac Mutul.

—Daniel Cab—, le contesté, cuando llegó conmigo.

—Ah que bien, un chico miel—, me respondió haciendo alusión al significado de mi apellido maya. Lo que me hizo sonreír.

Supongo que la mayoría no sabía el objeto del evento y eso explicaba cierto desconcierto inicial. Pero roto el hielo, comenzamos a disfrutar el recorrido que el mismo don Fernando ofrecía en esa unidad ganadera, prototipo de tecnología avanzada. Las casas del personal técnico y los peones, supondría que por estética, estaban hechas del mismo material que los corrales de los animales. Francamente parecían simpáticas y cómodas. Quedaba claro que las vacas eran cuidadas y consentidas, con tal de que produjeran enormes cantidades de leche.

Cuando presentó a “Lady Lechita”, la vaca campeona estatal en su especialidad; lo hizo como quien presentara a una celebridad. Alguien le preguntó si todas tenían nombre; “¡Por supuesto!”, dijo y entonces a lo largo del itinerario fue señalando por sus nombres y alguna anécdota chistosa a todas y cada una de las vacas. Yo tenía la impresión que se lo estaba sacando de la manga, pero en verdad era ingenioso y provocaba la risa espontanea de los presentes.

Muy pronto, su sonrisa plena y capacidad de hacer bromas sobre su propio aspecto, había provocado el embrujo de imaginar que su apariencia era una máscara momentánea que detrás ocultaba un rostro de extraordinario atractivo.

Movido a curiosidad le pregunté al alcalde quien era tan singular personaje y sólo me contestó en ese momento, que fue el proveedor gratuito de todos los juguitos, entre otras cosas, que se repartieron durante la campaña electoral.

No dijo más porque en ese instante pareció haber concluido el recorrido y don Fernando lanzó una invitación:

“No sé ustedes, pero yo muero de hambre y desperté temprano para preparar un par de guisos. Quiero invitarlos y si no les gusta me lo vomitan en la cara”.

En medio del festejo unánime de la ocurrencia, nos guío a una terraza amplia, rodeada de laureles, ficus y seibós que regalaban frescura, justo cuando el sol reinaba en todo lo alto.

Tenía razón don Fernando, todos comieron hasta la saciedad. Algunos; relleno negro de pavo y otros prefirieron el relleno de queso bola. No faltó el goloso que tomó de ambos guisos.

Don Fernando no espero que el “síndrome del cochino”, se presentará y como si lo hubiera planeado propuso que se jugara a una pequeña lotería, cuyos premios, donados por él, serían tres botellas de licor: Una de coñac, otra de whisky y una más de un brandy añejo; todas de marcas conocidas y costosas. Saco un pequeño block de hojas blancas e hizo que todos escribieran sus nombres y los metieran, previo doblez, en una ánfora de cristal ámbar. “Vamos a quemar los primeros dos y el tercero tendrá premio”.  Propuso entre aplausos y el entusiasmo que genera el azar. Luego, uno a uno se fue entregando cada premio.

Si todo hubiera terminado así, podría haber recordado ese día como uno de esas inesperadas sorpresas en que se saca premio sin comprar boleto. Pero quien puede asegurar que los finales inesperados, también tienes finales felices…

—Antes de retirarnos, ¿hay alguna buena nueva sobre mi humilde solicitud, señor alcalde? —  Preguntó, don Fernando, con un gesto de seriedad que inevitable se transforma en cierta fealdad que habíamos dado por descontado hasta ese momento.

Todos hicieron silenció y después de mi desconcierto sentí curiosidad por saber de qué estaría hablando nuestro anfitrión.

—Pues creo que sí—, respondió, igual de serio el alcalde, — recibimos ya del estado, la partida presupuestal para obras de este semestre. Además hemos cotizado con una constructora de confianza y nos ha contestado que la inversión mínima para hacer llegar la energía eléctrica hasta el rancho que tiene en nuestro municipio es de tres millones de pesos.

—Magnifico, buena noticia, mi amigo—, dijo don Fernando y se apresuró a darle un abrazo al presidente mientras se separaban un poco para hablar. En tanto, todos se alistaron para la partida.

Durante el regreso, mentalmente hice cuentas de cuanto habría gastado en los tristes juguitos de un peso que se habían repartido durante la campaña.  Si Zac Mutul, contaba con treinta mil habitantes. Sería como si a cada uno le hubieran vendido a 100 pesos el juguito, por su eventual asistencia a un mitin de campaña. Entre amargado y decepcionado, empecé a estimar más justa la real imagen de don Fernando de la O, en Lord Juguitos.

 

 

 

 

 

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