DESDE OXCUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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EMPACHO

 

Éste era de los pocos mandados que realizaba con gusto. Como ya mis hermanos eran mayores, pues yo: “que tira la basura, que ve a comprar azúcar, que lleva esto a casa de tu abuela, que ve al molino con el nixtamal” Al nixtamal; a pesar de que, generalmente pura señora iba para molerlo, no renegaba, porque  iba come y come  nixtamal todo el camino (cuadra y media), segundo, el molino se encontraba en la fábrica de hielo, así que el lugar estaba lleno de volantes y correas que transmitían movimiento a un sinfín de aparatos y la gente tenía que platicar a gritos a causa del ruido que producían las máquinas. Yo quedaba embelesado viendo, hasta que me gritaban o sacudían para decirme que me tocaba. Me gustaba ir al molino también.

Lo que sí me disgustaba, era cuando me ponían a desyerbar la maleza que acá crece como por arte de magia; cuando terminas un área, ya creció donde habías desyerbado antes, y de vuelta, es un cuento de nunca acabar. También recoger los montones de basura que juntaba mi mamá o mi cuñada cuando barrían el patio cada semana. Tenía que juntarla en un costal, pita les decimos, y llevarla hasta el fondo del terreno en el rincón destinado para ello, pues ni esperanza en esos tiempos que nuestro pueblo tuviera servicio de limpia, no teníamos ni agua potable, nos surtíamos del vital líquido en norias (pozos le llamamos acá), todas las tardes a sacar el agua de estos agujeros que tenían una profundidad de veintidós metros. A nosotros nos dieron permiso por la familia vecina de usar su pozo, pues nosotros no teníamos y ellos no vivían aquí, así que, al menos yo, me sentía dueño de ese gran terreno lleno de maleza y de algunos árboles frutales y una gran cueva, sascabera, porque de ellas se extrae una tierra blanca nombrada saskab que sirve para la construcción.

Pienso que tuvimos unos ángeles guardianes muy comprometidos con su trabajo, debido a que el brocal de ese pozo ya era viejo y se estaba desmoronando, y nosotros nos empinábamos para ver, en especial cuando el sol iluminaba el manto de agua del fondo, los secretos que guardan esos agujeros estrechos y oscuros habitados por murciélagos y unos pájaros que acá conocemos como T’oj en maya y pájaro reloj en español, porque la cola son dos canutos que terminan en un mechón de plumas y la mueven como si fuera el péndulo de un reloj.

Pero como les digo, había un mandado que hacía yo con gusto, era ir a comprar el pan. Ese sí. Es que en cualquier panadería, cuando terminas de escoger los que vas a llevar, le agregaban uno más al que llamaban “su encima” en otros lados le dicen pilón. Pues a ese plus tenía uno el derecho de comérselo en el camino. A mí, me gustaba ir con don G. quien vendía en el mercado, pues me quedaba a cuadra y media y porque hacían el pan muy sabroso.

Todos los días iba ahí, hasta que uno de la pandilla me dijo lo de don TP. (Pongo sólo sus iniciales, pues creo que aún viven los parientes y no vaya a ser que me vengan a cobrar lo que me comí gratis aunque hayan pasado sesenta y dos años). Y es que este amigo me dijo que este señor vendía el pan dulce en una casita de paja que tenía viendo para la calle, pero el pan francés, lo dejaba en otra casita que estaba en la parte de atrás, así que, si pedías dos franceses, iba por ellos y dejaba solo al cliente con toda esa tentación de azúcar y harina.

A mí, no se me hubiera ocurrido nunca, todos los pecadillos que cometí cuando mi niñez, fue por las malas influencias que venían del resto de la banda con quienes convivía. Ese día, le dije a mi mamá que iría hasta donde don TP. Para cambiar el sabor de la cena, aunque me quedaba más lejos, pues la panadería estaba detrás de la escuela donde yo estudiaba, ahí por donde vivía mi abuela y se llenaba de charcos lodosos cuando las lluvias, además de los perros que correteaban a uno haciéndonos pegar de gritos.

Fui, sólo para comprobar si era cierto. Fíjense que sí, sí era cierto que dejaba a uno solo, hasta pienso que lo hacía a propósito para ayudar a la gente pobre. Ese primer día, sólo un pan cortado saltó como por arte de magia a mi sabucán, por eso de los nervios. Al segundo día, pues dos: una hojaldra y una concha; así fui aumentando el botín, repasando toda la variedad de dulzura: roscas, trenzas, pastelitos, marineras, polvorones, budines, en fin; hasta el último día en que pasé a morirme por el empacho monumental que sufrí, pues para que en mi casa no se dieran cuenta de mi fechoría, cuando nos sentábamos a cenar, tenía el descaro de comerme los panes que me correspondían; pero ese día en el camino de regreso me comí cinco panes, tres muy esponjosos, que cuando tomé agua para poder digerirlos, me inflé como globo. Aun así, no dije nada, pensando cómo le iba a hacer para la cena. Pues no fue difícil, al primer mordisco al pan que me dio mi mamá, depuse seis veces más que el mismo pecado, arruinándoles la cena a mi familia y yo fui a para al consultorio del doctor, a quien, sin remedio, tuve que confesarle mis malas artes.

El resto de la medicina, fue una buena cintareada y la sentencia de que ya nunca más iría yo por el pan. No lo dije, porque iba a tomarse como que me estaba mofando, pero lo pensé… “¡Gracias, mamá, gracias!

 

Oxkutzcab, Yucatán, comenzando la segunda semana de julio en cuarentena 2020

Profr. Fco. J. Tejero Mendicuti.

 

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