EL DOBLE(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

 “Los latidos de su corazón se escuchaban traspasar claramente su garganta. Cualquiera en su lugar lo habría oído, no era para menos. Sobre todo, cuándo la fría boca de un arma de .45 milímetros juguetea tu sien.

La mordaza de su boca se la retiraron al prometer no gritar. Lo que aprovecho para tomar aire  y suplicar piedad. Las horas postreras de la noche se acortaron — eso pensó — cuando en su pecho sintió un líquido caliente recorrerle…”

–¡Corte! –Y se imprime  –La voz del director alegró los rostros demacrados.

Una escena más, pronuncio en silencio. Fue su primera toma donde no hubo golpes en el cuerpo ni jaloneos de cabello. La pronta enfermedad del actor principal requirió un llamado muy madrugador. Hacía tiempo que era doble de escena, y se había acostumbrado a las desveladas.

Faltaban diez minutos para las veintidós  horas, el automóvil que reparte a los empleados había partido unos minutos antes. Su departamento no quedaba lejos, podría irse  en un colectivo o caminando

Se rascaba la barba pensando, cuando a sus pies, se detuvo un Jetta modelo 1990 de color verde. Se abrió la puerta del copiloto y pudo distinguir a su  compañera de rodaje. Solicito llevarlo y para no desairarla accedió.

Es mi camino—comento ella — y sin  pensarlo, acabaron  sentados en la barra de un bar del rumbo.

Cerca de la una de la madrugada abandonaron el sitio. Él, la acompaño al estacionamiento, abrió su puerta, se despedía con un beso, cuando un fuerte golpe se asesto en su cabeza aturdiéndole  la visión.

Se reincorporó  de a poco. Tenía cubierto el rostro con una bolsa oscura. El  dolor no era  tanto en la cabeza como en el cuerpo. Seguro me guardaron en la cajuela –pensó  — por lo amplio que estaba. ! Si hubiera padecido de claustrofobia… ¡

Ladridos de perros dieron la bienvenida. Cuando se detuvo el vehículo, tres diferentes timbres de voces  escuchó cercano. Noventa pasos contó desde que lo sacaron del portamaletas, hasta la silla…que no muy educadamente le ofrecieron.

 

Hacía un calor parecido al desierto. Pero eso era lo de menos, comparado con las cuerdas en las manos y pies que ya comenzaban a llagarle. El dolor en su cabeza aumentaba, se volvió insoportable. Perdió la noción del tiempo. Seguramente ya estaría amaneciendo –pensó – al oír cantar  un  gallo.

Alguien le dio una palmada en la espalda  y le murmuro al oído , cómo se sentía de  manera sarcástica.

¿Desde cuándo conoces a Shirley? –quien lo interrogaba sonaba a una voz conocida.

Aquella pregunta lo dejó más tieso de lo que estaba. Buscaba la respuesta en la memoria pero un  golpe en la nariz  le desistió de ello. Jaló aire de donde fuera para no ahogarse. Volvía en sí, un jaloneo  tensó sus cabellos casi arrancándolo de su cráneo. Por inercia la silla se  ladeo  hasta que bese  el suelo.

¡Te pregunte! ¿Conoces a Shirley? –con un tono de  enojo su entrevistador  insistió.

Después de escupir  polvo del piso, balbuce  palabras en respuesta: ¿A quién?

Me preparaba para responderle más cosas, pero un puntapié directo a la boca del estómago acalló toda oportunidad. Seguía en el piso frio que olía a excremento. Logre ponerme en cuclillas, intentaba sentarme; pero un par de brazos me tomó  por  las axilas  y de bote pronto me instalo  nuevamente en la silla.

Nuevamente, repitió la misma pregunta. Y cada  que mi respuesta era negativa, recibía un regalito. Ya el dolor en el cuerpo pasaba a segundo plano. Me pregunte : ¿Qué sigue?. Arriesgue todo y me atreví a cuestionar: ¿Quién es Shirley? ¡Carajo!

En respuesta, el sonido de un arma amartillada cerca de su  oído le hiso mover la cabeza de lado a lado, acompañando  de una sudoración en todo su cuerpo. Encogió la cabeza ante tal acción, volviéndose  pausado el lugar.

Sin desearlo rebobino su vida en segundos, no tuvo tiempo para pedir perdón. Cada etapa la visualizó en un estilo entrecortado para valorar sus actos. La última tira, lo llevo a donde está ahora.

Dentro de sí: “dio gracias al padre, al hijo y al espíritu santo”, y callo toda respiración…esperando el estruendo que produce un arma al detonarse.

¡Corte y queda! –el sonido de una claqueta rompió el silencio.

¿Excelente muchachos. Ya desátenlo, denle agua y lo que quiera?

Aquella voz… Cuando me quitaron la bolsa de la cara, poco a poco fui delineando aquel  rostro. Ya libre de mordazas– las manos que hace unas horas me torturaban, ahora me trataron con delicadeza –. Me sentía aturdido pero pude contestarle a: ! Mi  jefe, el director de la película ¡

Antes que yo diga algo, cruzó su brazo en mi hombro y me dio una cerveza.  De forma inesperada me confesó  que tuve que improvisar la escena final. El  actor estelar padece de Covid-19. En cuatro días se tenía  que presentar  a  los productores la cinta  oh, habría que devolver  toda la inversión.

En  escenas pasadas  —agrego mi jefe —  la diferencia entre ambos nadie lo notó. Por eso, decidí improvisar el final, lamento no haberte informado a tiempo…

¿Pero francamente , ¿Actuado  no se hubiera  visto  tan natural?  ¿No crees Adelfo? –Con una sonrisa de oreja a oreja y después del beso de Judas, restregó el humo de su habano en mi rostro. Enseguida,  giro indicación a su asistente.

! Ya ¡ ¡llévalo a descansar. Porque hoy nació una estrella! –exclamo.

¿Tú eras Shirley? – le cuestione a la mujer con quien horas atrás  había bebido unos tragos.

No. Ella, es. Y envolviéndome con su risa encantadora, señaló  a una gata blanca, con moño rosa en el pescuezo, que felizmente reposaba en los brazos del director.

Yo soy Anastasia. Ya lo olvidaste –acoto.

 

FIN

JOSE  GARCIA

Junio2020.

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