PEDAZO DE LUNA(POR: JOSÉ SALATIEL TEC.)

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“Cuando entró a aquello que quedaba de vivienda, miró por el espacio abierto que había hecho el viento al levantar los huanos débiles del techo. Estaban lloviendo estrellas como  si fueran luciérnagas cayendo con un fuego pasajero. No se molestó en hacer algún ruido, total ahí no había nadie, nada.

Abrazó al gato negro que había entrado junto con él. Lo puso frente al espejo donde a diario veía consumirse su existencia. Por alguna razón, solo se vieron las chispas de sus ojos amarillos, como si dos estrellas fugaces se hubieran detenido de repente en sus ojos de felino.

Oyó que le decían:

Siempre que me recuerdes estaré contigo. Cuando dejes de hacerlo, entonces me iré de tu lado para siempre

— ¡No sé si quiera recordarte siempre, padre! ¡Tu recuerdo es doloroso!

— ¡Hijo, ponme los calcetines!

— ¡Si padre!

—Los viejos sentimos mucho frío. Comienza a correr desde los pies, hasta que se mete muy profundo en nuestra alma. Es el frío que heredamos de los hijos cuando se van. Cuando se apartan de nosotros, así como van dejando las culebras la piel que no les sirve.

—Cómo es posible que sienta tanto frío a la mitad del día, cuando el sol hace arder la tierra llenándola de fuego, haciéndola parecer a la distancia como si hubiera llovido de repente. Además, si ya no siente nada en las piernas, para que los calcetines -.Pero no lo dijo. Solo lo pensó por el ronquido de su padre que había vuelto al sueño, acostado en su hamaca y envuelto con su cobertor, donde pasaba la mayor parte de sus días, desde que había perdido la fuerza de sus piernas…

¿De dónde vienes muchacho? Traes la cara colorada como si te la hubieran restregado con sosquil.

— ¡Es por culpa del sol! ¡Me vine caminando desde el centro hasta aquí, sin la mínima misericordia de alguna nube!

— ¿Y esos rasguños que traes en los brazos?

-¡Es por culpa de los gatos! Mientras  venía, me topé con un par de ellos, ¡negros como el infierno! Los atrapé con mucho cuidado, les hice dar vueltas en el aíre hasta aventarlos contra las piedras del camino, hubieras  visto cómo se desmadejaron, como si estuvieran hechos de trapo. Solo que antes se resistieron a su suerte, por eso son sus marcas en mis brazos.

— ¡Esa manía tuya de meterte con los gatos!

— ¡No con todos! ¡Con los negros nada más!  ¡No soporto sus maullidos de bebes malhumorados! ni sus ojos que parecen  flotar en medio de la sombra. ¡Me dan pavor! ¡Hasta parecen cosas salidas del maligno!

— ¡Figuraciones tuyas León Peniche! ¿Qué de malo puede haber en las cosas del creador? ¡Te aseguro que si no corriges tu camino, algún día esas costumbres tuyas acabarán por destruirte! Mejor ocúpate en algo que valga la pena. Dale de comer a los borregos.

— ¡Si mamá!-

Pero ten cuidado al levantar las pacas de zacate, no te vaya a morder una culebra, además….. ¡León, León!,…..le gritó. Pero el ya no la escuchó… iba corriendo tras unos gatos negros que maullaban en la albarrada del corral de los borregos

Sin hacer ruido y a través de la puerta entreabierta del cuarto, miró a su madre llenarse de color la cara con los polvos y pinturas amontonados en su tocador.

No entendía bien a bien, para quien se arreglaba tanto ya que su esposo, desmadejado en su hamaca, como un costal de tierra, de seguro no tendría ojos para apreciar los arreglos que se hacía, inmerso como estaba en el dolor de sus frustraciones.

Cuando su madre salió de la casa, entraba la noche clara, transparente. La luna exuberante, rebosante de luz, comenzaba a hacer brillar las puntas de los árboles del patio. Los pájaros volvían a sus nidos revoloteando entre las hojas con sus cantos de cansancio.

El silencio lo empujó con sus manos invisibles hasta el cuarto de su madre, y después hasta el tocador. El espejo le reviró de golpe su imagen sin retoques.

Su rostro pálido como arena fina, como si la sangre se le hubiera escondido de la cara.

Recordó:

—Muchacho, sal un rato al patio para que te dé  el sol. El encierro en el que vives te llenará de lobreguez. Aunque no lo creas, una pizca de sol es buena para darle color a nuestra piel, sobre todo de manera natural, no con esos polvos que alimentan las arrugas.

—Pero es de noche ahora abuela y necesito darle un poco de color a ésta piel del rostro que parece de papel- pensó. — Obnubilado por sus pensamientos, abrió los pomos de los polvos y los estuches de pinturas de su madre, y comenzó a pintarse. Primero los contornos de su cara luego los ojos y los labios, así como le había visto a ella llenarse de color el rostro. Cuando acabó, sonrió lleno de luz.

— ¡Ahora si Fabián Peniche! ¡Al fin te pareces a tu madre! Se dijo a si mismo por medio del espejo, que brillaba como un pedazo de luna.

Afuera,  el viento mecía suavemente las hojas de los árboles y los hacia chispear por la luz de la luna que caía sobre ellos. Los pájaros dormidos, solo pillaban a intervalos, haciendo más pesadas las horas de la noche.

—Si ya no lo amas María Inés, díselo de frente, así como de frente decidieron unir sus vidas desde aquella vez.

—No se trata de cobardía como usted piensa mamá Gertrudis. Pero han sido muchos años de maltratos y vejaciones de los cuales, usted es la mejor testigo. Y por eso no me queda más espacio en el corazón para darle la más mínima misericordia, y si hay algo con lo cual voy a cobrarme todos esos infortunios, es con mi abandono.

— ¡Mira hija! No tuve la fortuna de llevarte entre mi vientre, pero he llegado a sentir un profundo amor por ti, desde que llegaste a esta casa. Y no desdigo nada de lo que has dicho. Mi hijo se merece eso y mucho más por todo lo que te ha causado, y tampoco puedo obligarte a que sigas a su lado, cuando es muy claro que no deseas hacerlo, pero quiero que todo entre ustedes finalice en buenos términos.

— ¡Lo siento Gertrudis! Como le dije en un principio, se han acumulado en mi tantos años de rencores, que su hijo consumió con su maltratos todo el amor que sentía por él.

—Piensa que si te vas de esa manera, él podría impedirte que veas a tu hijo.

— ¡De todos modos lo hará! A ningún hombre le gusta que una mujer lo abandone sin más ni más.

— ¡Entonces piensa en tu hijo!

— ¡Él ya está bastante grandecito para que entienda la situación!

—No se trata solo de entendimiento, sino de sentimientos. Lo condenas a vivir como un huérfano de madre, con la diferencia de que aun estas con vida. Y eso lo vuelve más difícil de soportar de lo que crees.

— ¡Lo siento, pero ni siquiera él puede impedirme que le cobre a su hijo todas las que me debe! De verdad lo siento. Además con usted a su lado, mi hijo de seguro estará en buenas manos.

“La abuela Gertrudis inclinó la cabeza, y sus ojos tristes como de pájaro, sé quedaron fijos en algún punto de los ladrillos azules de la sala. Lo hizo, como aceptando su impotencia para convencerla, y en ese instante de la separación, como en un murmullo le dijo:

— ¡Esta bien María Inés! si has decidido abandonar esta casa para siempre,

¡Hazlo ahora! y ya no sigas poniendo en entredicho tu reputación de señora decente con tus salidas por las noches. Además…

Pero ella ya no la escuchó.

María Inés Rodríguez  había salido de la casa para siempre, e iba de prisa, con las alas de una nueva vida.

—Cuando te fuiste, no oí cantar a los pájaros nocturnos, tampoco oí crujir las buganvilias de la entrada mecidas por el viento. Mucho menos oí el murmullo de los gatos negros merodeando en las ventanas. Fue como si se hubieran ido contigo todos los sonidos. Me heredaste este silencio duplicado que me ahoga.

Fue tanta la repulsa que te causé  desde que nací, que ni siquiera tuviste el valor para decirme de frente tu abandono.

Recuerdo tus palabras a la abuela:

“Siento que no lo he querido bien, y no porque no sea un buen muchacho, sino porque se parece tanto a su padre que por eso le ha alcanzado tanto del rencor que siento por él”.

—No me diste tiempo para decirte que te amé desde que mis ojos se abrieron a los tuyos, desde que sentí tu vida correr por los espacios de la mía. Si tan solo hubieras mirado en mi silencio, te hubieras encontrado con un corazón desorbitado de amor, pidiendo  por salir lleno de luz, para anidarse en tu mirada.

No me diste tiempo para decirte de aquella noche en que me llené de color el rostro hasta parecerme a ti y tampoco me diste tiempo para mostrártelo, porque te fuiste alejando tanto, que te fuiste para siempre.

— ¡Adiós madre! ¡Adiós!.

Volvieron sus fantasmas.

— ¡No quiero recordarlo nunca más, padre! Sobre todo por las cosas innombrables que usted hizo conmigo.

— Y a poco pensabas que todo lo que te dejé y que malgastes por tus gustos indebidos, era de a gratis. No hijo. En la vida todas las cosas tienen algún precio. Y algo hay que dar a cambio. Además yo solo utilicé por necesidad lo que ya había en ti. Así que si buscas un culpable, ¡ahí tienes a tu madre! por dejarte usar sus artilugios.

— ¡No padre! ¡Tú eres el culpable! Me destrozaste la vida, aun cuando era carne de tu carne y sangre de tu sangre. Ojala donde estés no te dejen tranquilo la vergüenza de tus actos, porque también cargaras en tu conciencia el haber acortado mis días por esta enfermedad que carcome mi cuerpo, hasta dejarme en los puros huesos… Por eso no derramé ni  una sola lágrima cuando te fuiste.

— ¡Y de que me iban a servir tus lágrimas! ¡A poco me iban a devolver la vida!

— ¡La vida no! ¡Pero el cariño sí! ¡Pero ni siquiera eso has tenido para mí, padre!

Por eso entierro tu recuerdo en este corredor, donde he vivido como un menesteroso, porque tenía prisa por gastar todo lo que me dejaste, porque hasta eso estaba manchado por tus actos vergonzosos .Ya lo único que nos une, es esta sangre tuya que se va secando poco a poco junto con mi cuerpo. Dentro de poco no nos unirá nada, ni siquiera la muerte, porque estoy seguro de que no iré donde estás tú

— ¡Adiós padre, Adiós!

“El murmullo de las voces que lloraban, le llegó como en un sueño. Por eso había cerrado los ojos, para creer que era eso. No quería darse cuenta estaba aquí en su casa, que estaba en el velorio de una parte de su vida.

— ¡Abuela, no te vayas!

Luego oyó el sonido de los pasos rebotando sobre las piedras del camino. Creyó andar sobre las nubes, muy lejos de esta tierra, tal vez por eso no escuchó los suyos,

— ¡Abuela no te vayas!

Solo abrió los ojos cuando volvían del entierro, cuando pensó que su dolor se había desleído. Pudo ver su casa desdoblada y empañada por el agua de sus lágrimas. Pero no, su dolor seguía ahí, como una piedra oscura.

El último recuerdo de su abuela: una corona de rosas encendidas que fue comiéndose la tierra poco a poco.” A la memoria de Gertrudis Peniche de…”

— ¡Abuela no te vayas! ¡Espérame un poquito!

— ¿Hijo que sigues haciendo aquí?

Al mirar a donde venía la voz, vio a su abuela frente a él: pequeña y encorvada como siempre. Solo que ahora tenía cierto resplandor que no tenía antes, y sus pies no tocaban el suelo. Su huipil de hilo contado, blanquísimo, como si lo hubiera almidonado con esmero. Pensó en ella, como un pedazo de luna que hubiera descendido en medio de su total oscuridad.

— ¿No has regenerado tus sentimientos hacia tu padre, aun  después de su muerte?

—Su muerte lo sentí; como si el viento hubiera revolcado mi corazón. Además, está esta sangre suya en mí que revoloteó en ese momento, como una multitud de mariposas rojas. Pero no derramé ni una sola lágrima por él, ni siquiera eso merecía de mí.

— ¿Pero porque vienes aquí para atormentar tus pensamientos? Aquí  están todos los recuerdos hirientes de tu padre, además de los recuerdos de tantos, que como él, se aprovecharon de las debilidades de tu vida.

— ¡Por eso estoy aquí, abuela! He venido a este corredor para enterrar todas las voces y recuerdos que me han hecho sufrir. Vine aquí para enterrarlo todo de una vez también aquellas cosas que hicieron sentirme como un desviado de la vida ¡Hoy lo entierro todo para siempre! ¡Para que ya no duelan más!

Leonardo Peniche sumido en su abandono, recordó con claridad como si fuera hoy, el remoto día de su desgracia; cuando en plena madurez, sus ansias de muchacho encendieron de nueva cuenta su corazón.

El maullido de los gatos negros sobre el muro del corral de los ganados, le llegó como un relámpago. Y como antes, como mucho antes, preparó la soga como un lazo para atraparlos. Sobre el muro del corral caminaba lentamente como un gato calculando cada movimiento, cuando estuvo a la distancia, arrojó con tanta fuerza el lazo que una de las suelas de su alpargata, pulida por el uso, lo hizo resbalar aparatosamente. Mientras caía, su cuerpo giraba como un trompo, hasta que rebotó contra las piedras del terreno, quedando tendido boca arriba, junto al muro. A partir de ese momento, las fuerzas de sus piernas se fueron para siempre.

Recordó:

“Te aseguro que si no corriges tu camino, algún día, esa manía tuya por los gatos negros acabará por destruirte”

—Tal parece que junto con las fuerzas de tus piernas, se fueron también tus buenos sentimientos.

— ¿Tú qué sabes lo que hay dentro de uno mamá Gertrudis?

— ¡No necesito adivinarlo! Me basta con ver cómo ha empeorado la forma en que tratas a tu esposa y a tus hijos. ¿Quieres quedarte solo?

— ¡Solo estoy desde que nací! ¿O acaso vine a este mundo acompañado?

—Sabes que no te hablo de esa soledad natural. Sino de aquella que nosotros alimentamos con nuestro desamor. Con el maltrato ahuyentamos a los demás, incluso a aquellos que en verdad nos quieren. Matamos poco a poco sus buenos sentimientos hasta que ya no queda nada.

— ¡Entonces si no es por amor ni caridad, será por obligación que estarán conmigo! .Por algo los he mantenido todo este tiempo. .Nada es de a gratis en esta vida madre, nada.

— ¡Te equivocas una vez más León Peniche! Tal vez puedas comprar por un momento la obligación, pero cuando esta se acaba, se sustituye por la soledad. Y te quedarás completamente solo si no corriges la forma de tratar a tu familia.

— ¡No puedo hacerlo aunque me lo pidas! ¿Crees que es fácil para mí estar atado a esta hamaca todos los  días como un tronco seco? ¡No madre, no es fácil! ¡Pero tampoco quiero la compasión de nadie!

— ¡Entonces te quedarás solo!

— ¡Fabián! ¡Fabián! ¿Dónde te escondes muchacho? —La voz enfurecida de su padre recordándole sus obligaciones.

— ¡Ponme  los calcetines!

— ¡Si padre!

Mientras lo hacía, se preguntó para que quería los calcetines, si no sentía nada en ninguna de sus piernas. La voz de su padre lo sacó de nuevo de sus pensamientos.

—Sé que tu madre nos ha abandonado. Que le aproveche. Pero no pondrá jamás un pie en esta casa. Le he dicho a tu abuela Gertrudis que queme todo lo que no pudo llevarse ¡No quiero que quede ni siquiera el polvo de sus recuerdos! Pero tú te quedarás conmigo ¡Es tu obligación! Además sé que una noche te pintaste como ella y te pusiste su vestido, según tú; para parecerte a ella. Qué necesidad tenías de hacer eso, si eres la viva imagen de tu madre; sobre todo por esos ojos amarillos de gato negro que tanto aborrezco. Además ningún reconocimiento te dio por lo que hiciste. Pero en fin…Si ya no está tu madre, tú estarás en lugar de ella para mí. Acércate más.

Cuando lo hizo, cerró los ojos para ausentarse de su cuerpo, mientras su padre con los ojos extasiados, lo acariciaba con vehemencia, como si fuera su madre.

Aquello duró poco aquella vez, lo suficiente para dejar en él, como una mordedura de serpiente…Pero se repitió todas las veces en que le ponía los calcetines a su padre.”

Cuando salió del cuarto, una red de sensaciones encontradas lo hicieron girar como si estuviera a punto de extinguirse. Miró la luna que en medio de la noche colgaba  somnolienta, como una empanada gigantesca, devorada lentamente por las nubes…

Antes de irse de su casa para siempre, entró en el cuarto que había sido de su madre. Se pintó como lo hacía cada noche desde aquella mordedura de serpiente. Imaginó a aquellos seres con quienes había vivido noches largas de insomnio y de ensueño.

— ¡Hijo, es el momento!

— ¡Si abuela, vamos!

Cuando salió, ya no llovían las estrellas. Tampoco se veía rastro alguno de alguna que cayera. Las que ahora miraba, se habían quedado quietas, prendidas en el fondo del cielo oscurecido. Solo cintilaban, como si fueran los ojos amarillos de miles de gatos negros… ¡Solo que ahora podía tocarlas, porque su cuerpo estaba hecho…como de algodón!

 

FIN

 

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