EL AZAR DE LA CALIFICACIÓN(POR: LEANDRO DZUL CENTENO)

 

 

Esta historia se desarrolló en una escuela de nivel superior. Allí daba clases un maestro moreno, gordo, de nariz chata y grande, se llama Galiciano René. A él todos le tenían respeto porque de una manera espontánea hacía que los estudiantes sean sumisos a sus órdenes.

A Galiciano René le daba flojera impartir clases. Siempre se sacaba de la manga alguna plática o actividad para tener que hacer con sus alumnos porque sus planeaciones aparentemente jamás las hacía. Creía que con solo asignar leer los estudiantes aprenderían bastante por ser de un nivel superior. Jamás aplicaba exámenes y cuando mucho marcaba tres o cuatro tareas al bimestre las cuales ni revisaba, solo las veía y asignaba una calificación.

Sus alumnos nunca reclamaban la calificación que les asignaba. Su experiencia a lo largo de la carrera les había hecho saber que con él no se podía hacer reclamos porque solo conseguirían motivos para que les pusiera una calificación más injusta y de menos valor. Sin embargo los conocía muy bien, sabía quiénes eran aplicados y quiénes no.

Al ser demasiada su flojera en sacar resultados de calificaciones cada fin de período, a los alumnos destacados les ponía diez de manera directa y cinco a los menos participativos en su clase o que faltaban mucho; pero ¿qué hacía con los alumnos promedio?, para ellos aplicaba algo de tal forma que no tuviera que pensar y menos revisar sus tareas.

Sin remordimiento de conciencia Galiciano cortaba varios cuadritos de papel, le escribía a cada uno un número que podía ser seis, siete, ocho o nueve, los doblaba y los metía en un frasco de plástico. Finalmente tomaba sus listas de asistencia y calificación, agitaba el frasco y sacaba un papelito al azar, la calificación que estaba escrita era la que iba asignando a cada alumno que aún no tuviese un resultado siguiendo el orden de sus listas.

En el momento de dar a conocer los resultados varios alumnos se quejaban entre sí. Algunos de los que eran de calificación promedio les caía la mala suerte de sacarse un seis o siete y a los que lo  merecían afortunadamente les tocaba un ocho o nueve.

Nadie de los inconformes protestaba al maestro Galiciano, porque bien sabían que buscaría los suficientes pretextos y motivos para dejarles la misma calificación e incluso bajárselas. Por lo tanto al oír su resultado no les quedaba más que sonreír de la manera más fingida y estúpida ¿que podían hacer? callarse y desahogar por dentro toda la rabia e ira que eso les causaba.

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