LA MUERTE DE UN SERAFÍN(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

—Un solo consejo te voy a dar: El que porfía mata venado y aunque te digan muchas veces no, la próxima puede ser un sí.—  Era el padre de Serafín, invocando un dicho común, esperanzado en que ayudara a su hijo a superar una obvia frustración, en sus primeros escarceos amorosos. Por respuesta, el muchacho asintió con un gesto de compromiso y mentalmente se propuso seguirla desde el día siguiente.

Llegado el momento, en la salida de la escuela donde ambos jóvenes estudiaban, dejó que el objeto de sus anhelos se alejara varios metros y, olvidando sus múltiples fracasos anteriores, a paso veloz le dio alcance.

—Hola Bertha, sé que te gustan las mariposas y te compré un ramito—, dijo a modo de saludo, mientras le entregaba las perfumadas flores.

—Gracias, pero verás que no estoy muerta—, la respuesta no podía ser más irónica, pero Serafín fingió tomarla a broma y aventuró un piropo.

—Bueno, la verdad es que pensé en presentártelas para ver la cara de envidia que pondrían en cuanto te vieran—, la audacia le funcionó porque la muchacha no pudo evitar una leve sonrisa.  Luego caminaron varios metros, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Lo cierto es que Serafín reunía valor para tratar de sacar provecho del buen momento. Respiró hondo antes de soltar la pregunta que en innumerables ocasiones había postergado, por miedo a escuchar una negativa.

—¿Podría todos los días acompañarte hasta tu casa? — Se tiró a fondo Serafín, siguiendo el consejo de su padre.

—No. ¿Para qué sería? — Respondió Bertha. Ahora, con cara adusta.

—Pues para conocernos más. —  Respondió el muchacho, sin amilanarse.

—¿Conocernos más? Creo que sabes muy bien quién soy y yo también sé quién eres—, rebatió la muchacha, agregando a la acidez inherente de la respuesta, una mueca de desagrado—, además, a mis padres no les caería en gracia. De hecho, sería mejor que ni ahora ni nunca me acompañases—, la bipolaridad del momento no podía ser más violento. El silencio que siguió no ayudó a disminuirlo. Serafín podía oír los latidos acelerados de su corazón. Quería llorar, pero hasta las lágrimas sentían vergüenza y se negaban a mostrarse. Por inercia avanzaron unos metros más y luego, sin palabras, Serafín se arrancó en una carrera acelerada.

Corrió con todas sus fuerzas varias cuadras, hasta que acusó un dolor agudo que lo obligó a parar y sentarse en la banqueta de la calle. Las lágrimas por fin asomaron abundantes. Sintió quebrase por dentro y por instinto se envolvió con sus propios brazos, hasta quedar en una posición fetal. Después de varios minutos de sufrimiento infinito, percibió un extraño alivio. Se levantó y tranquilo caminó a su casa. Al llegar, ya no quiso buscar a su papá. Decidió recurrir a su madre que en esos momentos, estaba enfrascada en confeccionar una servilleta.

—¿Mamá podría hablar contigo?

—Claro Serafín, qué pasa contigo ¿Problemas en la escuela?

—Ojalá fuera eso madre. No, allá estoy bien.

—¿Entonces?

—Seguro te habrá contado mi papá que estoy enamorado de una muchacha…

—Si, tu padre me cuenta todo, ¿qué hay con eso?

—La verdad, me da un poco de vergüenza decírtelo.

—Pues no veo la razón. Soy tu madre y sabré comprender cualquiera que sea la situación.

Entonces Serafín le relató los momentos que acababa de pasar con Bertha.

—Es el problema de tirar tan alto hijo, luego el porrazo duele más—, obtuvo como primer comentario. Y no era precisamente el que esperaba de su madre—. Yo te aconsejo que la olvides, es una muchacha pretenciosa, altiva. Seguro estará buscando a alguien de su clase social, de buen apellido y de dinero. Olvídala hijo. De amor nadie se muere y las muchachas abundan. Cuando obtengas tu título de licenciado te van a sobrar novias. Porque tú me prometiste que vas a ser licenciado, ¿verdad? Serás el primer profesional en la historia de nuestra familia.

—Sí, voy a ser abogado—, dijo Serafín desconcertado y se despidió. Se encaminó rumbo al fondo del amplio patio, en busca de la hamaca tendida entre los troncos de dos matas de tamarindo.

Acostado, en medio del silencio reinante, buscaba interpretación a los dichos de su madre: ¿Qué puede significar eso de la clase social? ¿Hay buenos y malos apellidos? ¿Me sobraran novias cuando sea abogado?

Absorto en estas ideas, Serafín cayó en un profundo sueño. Horas después despierta desorientado. Escucha un bullicio raro al interior de su casa. Siente curiosidad y se dirige a ella para ver de qué se trata. Entra a la misma y nota que hay muchas personas conocidas con cara seria o compungida. Nadie parece notar su presencia.  En el fondo ve a sus padres alrededor de un ataúd con la tapa descubierta. Se acerca curioso para ver de quién se trata. En su interior yace su cuerpo; tiene los ojos cerrados. La imagen lo angustia y le sobreviene el temor. Debe ser una pesadilla, piensa, y trata de despertar. No lo consigue.  Entonces le deviene un ramalazo de luz. Comprende la verdad: Efectivamente está muerto. Escucha fácilmente los comentarios de sus tíos que hablan con algunos de los presentes: “Lo encontraron sentado en una acera de la calle 24”. Sus hermanas lloraban desconsoladas. Su padre, parecía ecuánime. Su madre parecía luchar por despertar de un sueño espantoso.

De pronto, un grupito de jóvenes amigos de la escuela entra a la casa. Ahí está Bertha. con su cabello rubio, ojos color miel y cara blanca. Parece consternada en medio de su belleza. Se aproxima a ella; prueba saludarla para decirle cuanto apreciaba que estuviera presente. Era imposible. Observa cómo se acerca al ataúd. Advierte empatía en su mirada. Puede leer, de aquellos labios carnosos suyos, la oración que pronuncia. Sonríe alegre; se consuela y piensa: “Bueno, parece que fue mejor haberme muerto.”

 

 

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