EL REGALO MÁS VALIOSO(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

Sude a raudal  al mirar  la fila de personas en espera. Gente de edad avanzada en su mayoría. Los tres últimos en turno lo voltearon a ver cuándo se formó. Se inmuto al sentir la tercia de ojos fijos en él. A sus 60 años se sentía fuerte como un roble y no tenía miedo a lo que vino. Pero había algo que  le incomodaba y se lo hizo notar a Adolfo, el hijo de su hermano que lo acompaño a la clínica.

–¿Vamos tío, solo voy a buscar su archivo?  –No lo deje muy convencido al hablarle  –sus cejas fruncidas y su respiración agitada lo describieron. Para tranquilizarlo, antes de subir la escalera le envié un saludo y me sonrió.

¿Buen chico, eh?  Mi antecesor en la fila, con una sonrisa sarcástica se dirigió a mí. Le mostré buena cara creyendo desviar su plática, pero no, le di más motivos. Miró mis manos sudorosas y la manera en que arrugaba los papeles – ¿Téngalo bien? Oh, lo rechazaran los químicos –me dijo. ¿Sabe, hay unos muy enojones, si no les cae bien, te regresan en un mes…?

–De veras que para la enfermedad no hay edad  –¿No cree? – con un tono de más confianza coloco su diestra en mi hombro y como si fuéramos dos viejos amigos siguió narrando su vida.

¿Qué era un exgobernador del estado? –Me dijo –por educación volteé mi cara para no reírme de tales palabras. ¿Cómo un viejo decrepito  y sin dientes, de poco pelo y que viste una holgada camisa desteñida, lo sería? Sobre todo: consultando en una clínica pública.

Mientras avanzaba la fila pensé se acotarían sus palabras. Pero aumentaron. Ahora me presume haber sido parte de la inauguración de este hospital. Me empujó de golpe hasta un acotado jardín  para enseñarme una piedra.

–¡Miré! ¡Miré! – me jalo del cuello para señalarme una placa muy oxidada a punto de desprenderse, y que solo mencionaba la fecha de apertura. Ningún nombre escrito y menos el de él, que a fin de cuentas  ni sabía cómo se llamaba.

–Aun no me presento amigo – parecía que leyó mis pensamientos – Soy el Teniente Coronel Estanislao Kú,  y luché en la guerra cristera y de castas. El último sobreviviente de mi clase – cuando dijo esto sus ojos se humedecieron unos segundos – y como si los recuerdos lo mantenían recio, desenvainó su lápiz de una bolsa de su camisa, como un acto de lucha;  dejando  fija su mirada en un punto del horizonte.

Me desespere al ver que no avanzaba la fila. Aquel, prosiguió  sus anécdotas con otras personas al menos ya no conmigo. Miré el reloj, se había tardado mi sobrino. En realidad no tendría que estar en este lugar, había perdido la cuenta desde la última vez que anduve por estos pasillos, pero amo a mi sobrino tanto que no le puedo negar nada.

Desde que vive con nosotros lo queremos como a un hijo. Su padre, mi hermano, me lo encomendó al partir a los Estados Unidos. Quería rehacer su vida al morir su esposa y las relaciones entre ellos dos no acabo en buen término. Yo los comprendo, pero era poco tiempo de duelo y el chico aun extrañaba a su madre. Hace cinco años de eso.

Adolfo, pasó los primeros años sufriendo– decía que su padre era egoísta pues lo alejo de él. Batallo por reencontrarse a sí mismo y fue cuando ingreso de socorrista en la Cruz Roja. Su visión de la vida se trasformó. Y en ese cambio me incluyo. Había iniciado la campaña de donación de sangre y se necesitaban donadores.

Odiaba los piquetes de aguja, y más ver la sangre. Mis molestias naturales las combatía con puras pastillas, cápsulas, lo que fuera menos agujas. Pero  insistió mucho, y a él, no puedo negarle las cosas. Absorto en sus meditaciones no se percató de las palabras de su extraño amigo.

–¿He, mírame? –Haciendo  señas con los dedos atrajo su atención nuevamente –¿Un viaje muy lejano supongo? –Sin dejar de mirarlo, aquel extraño le estudiaba su rostro. Saca todo lo que te aprisiona amigo, los rencores solo envejecen lo exterior y acortan el alma en interior. Tas chavo todavía.

Me  quedé mirando a mi interlocutor, siempre con la palabra en la boca  sonriendo sin dejar de mover las manos como buen político. Me ha convencido, si fue un gobernador. Una palmada por detrás  hiso girarme.

¡Era Adolfo y su padre…mi hermano Enrique! Nos abrazamos sin palabras los tres, solo veía la alegría en los ojos de mi sobrino y las lágrimas en las de mi hermano. Se le veía bien sin bigote –el, que decía era su atractivo masculino – un poco más delgado pero quien  afirma que la gordura es salud. Me dejo mega sorprendido cuando  dijo que vino como donador.

Me resumió que su padre hacia un año lo había contactado. Pero  no se decidía a regresar, pues dudaba. Pensaba si aún sentía algo de coraje por él. Le conté que hice y que hago y para mí, buscar donadores era  prioridad. “Las donaciones de sangre contribuyen a salvar vidas y a mejorar la salud”.  Cuando escuchó esta frase me juro que estaría ese día junto a mí, y  ha cumplido.

–¿Bueno, si hizo ese sacrificio, pues que me chupen toda la mía? – En forma jocosa mi tío sentencio y los tres reímos  un buen rato.

–Vaya, no te pareces al amigo que hace unas horas tenia arrugada su cara –Con una sonrisa de oreja a oreja el Teniente Coronel Estanislao Ku, con ambos brazos recogidos salía de los cubículos médicos – ¡Suerte amigo! Y no seas zacatón.

Ante la mirada incrédula de mi hermano y sobrino, lleve la mano derecha con los dedos juntos hacia la sien y, como buen soldado me cuadre ante mí comandante…

 

FIN

José García

Junio2020.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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