TS’AWAYAK’

FOTO OFIC CHUCHO

 

“ Los mantodeos son un orden de insectos neópteros comúnmente conocidos como mantis, mamboretás, santateresas, rezadoras o campamochas y ts’awayak’ en lengua maya (El que da sueños)”

 

Las once de la mañana, bajo un sol que raja piedras, Luciano regresa de la milpa. Traía el trote incansable del hombre de campo, la espalda encorvada por sus setenta años y los ojos opacos de quien ha visto mucho y se ha olvidado de llorar. Al pasar bajo un frondoso árbol de naranja, como una ramita verde la campamocha se  desprendió de la rama en que se posaba y cayó sobre el hombro del hombre.  Concentrado en sus pensamientos en forma automática se lo quito de un manotazo.

Esa noche el sueño del anciano fue inquieto. Soñó que fue de cacería con su perro favorito y que en un momento el perro comenzó a comer campamochas con un hambre insaciable, por más que intento no pudo evitar que hinchado de tanto bicho explotara.

Se levantó a las cuatro de la mañana, como hacía desde los once años, y como hacía desde apenas seis meses encendió el fogón para calentar agua para el café. Extrañaba a Esperanza, su difunta esposa. Por más de cuarenta años vivieron juntos, pero el  cáncer se la arrebato, ni los médicos ni los yerbateros pudieron hacer algo. Comió por la costumbre de comer y luego se fue a la milpa.

A los tres días de estar soñando tan vívidamente, tomo conciencia de la campamocha. Todas las mañanas la mantis lo esperaba y como una flecha se arrojaba sobre él, era solo un roce de aquella alimaña de alas tornasoladas, lo que llenaba de sueños sus noche. Se soñaba volando, devorando grillos, polillas, pequeñas lagartijas y hasta polluelos en sus nidos.

Ahora Luciano vivía sobresaltado. Los cincuenta metros que andaba para llegar a su casa los corría despavorido, como si un enjambre de avispas lo persiguiera. En poco más de una semana había desarrollado un  delirio de persecución, su paso ya no tenía el ritmo que lo hacía incansable, resollando se sentaba en la hamaca para recuperarse y sentirse seguro de librarse  de una noche de pesadilla.

Era media noche y el anciano dormía tranquilo su respirar era pausado. Mimetizado con el color del huano del techo, la campamocha se movió, las  medias esferas de sus ojos contenían universos oscuros, se frotó las patas delanteras en una especie de macabro rezo y volando suavemente se posó en la frente de Luciano, y Luciano soñó, soñó con Esperanza, con el primer día que la conoció como mujer, volvió a libar de sus labios frescos como pitahaya, su piel olorosa a limonarias, la única diferencia es que esta vez no era una Esperanza tímida y tierna, era ardiente como los días de canícula. Cuando la llama del hombre se apagó, sintió como Esperanza comenzó a devorarle los pensamientos, los sesos y la vida, no opuso resistencia, a ella le pertenecía su cuerpo y su existencia.

Nueve días después, uno de los hijos de Luciano encontró su esqueleto casi limpio, miles de campamochas se lo habían devorado, un esqueleto sin cabeza…

 

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