LA GEMA(POR: JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

 

–¡Solo un out y ganamos! – en las gradas, gritos eufóricos ondulaban.

Desde uno de los jardines del campo observaba a Karen echarme  porras. Por momentos nos hacíamos señas. El juego iba  lento por lo que  había tiempo para coquetearle.

–¡Abusado Pedro, va a tu lugar!  — los silbidos del entrenador desde la banca, no opacaron  los gritos de mi musa. Un golpe seco me regreso al juego .Las nubes se separaron del astro rey cubriendo mis ojos con su flujo luminoso. Por instinto corrí en línea recta, hasta que  la barda limítrofe del campo me paró en seco.

Me reponía de ese episodio cuando  –la ley de la física se cumplía –la esférica de goma hiso presencia en mi cabeza, aturdiéndome. La claridad desapareció por un tiempo.

Envuelto en un pasaje oscuro, me fui manifestando en el siguiente relato:

 Un joven pastor  arreaba  sus ovejas por el campo, cuando vio acercarse desbocados, los caballos de un carruaje de la nobleza. Dominador de la honda y piedra, atino un par, a las patas de los equinos  provocándoles cayeran de bruces contra el suelo.

Por fortuna el carruaje de la realeza no volcó y rescato sana, hermosa y si un rasguño a la princesa. En agradecimiento, la doncella le obsequio al pastor una moneda de plata…pero lo que más valía tuvo, fue aquel beso que le brindo al marcharse y la extraña lucidez que produjo una gema  incrustada en su frente.

Envuelto de su belleza, partió muy de temprano de su aldea. En el camino pensaba la manera de ser digno con  solo tres monedas. ¿Si habría que batirse en duelo por su amor…? ¿Estaría dispuesto? –le atormentó esa duda.

Con esa condición, llegó al reino de su amada. Era día de festejos por el cumpleaños de la Reina. Había bufones, música, juegos y combates cuerpo a cuerpo. Igualmente se buscaba esposo: ¿para la princesa?

Algunos ya andaban enfilados, de buenas ropas y muy olorosos. Otros solo muy olorosos en su ropa. No había impedimento para no desposarla. El Rey, amaba a su pueblo y conocía a todos los de aquí  y sus alrededores. Las cornetas reales en unísono captaban la atención de los citizen.

Se abrieron las puertas reales tras la última nota de clarín para atrayendo las miradas de la plebe a su majestad. Una capa aterciopelada en rojo cubría la parte posterior de su dorso, resaltado su abrigo blanco y  su belleza. Bajó de la mano del Rey, quien con un beso en su mejilla, la despedía del palacio. Como lluvia que va extendiéndose a su paso, los aplausos de gratitud de la pléyade, también se rendían a ella.

Comenzó el enfrentamiento. La astucia jugaba un papel importante, y la suerte más. Penúltimo en la fila, no tan extensa de varones –se murmuraba que los casaderos andaban en la guerra, acompañando al príncipe heredero que conquistaba tierras para ampliar su futuro reino –y los que se quedaron, solo unos  pertenecían a una familia de alcurnia.

“El reto era tirar en tres bolas de hule mojado a una distancia considerable,  un par de colmenas ya secas, y en seguida dirigir la última esférica, a la diadema real asentada en una tabla metros atrás de estas”. Pero había una condicionante…las bolas de hule, deberán cubrirlas antes de arrojarlas con excremento del caballo del Rey “.

Entre risas los pobladores disfrutaban los malabares con que tomaban las redondas los participantes y el asco descrito en el rostro. Los primeros no lograron sostenerlas, y cuando sí, no avanzaban lo suficiente. Sumaba rápido mi turno. Siendo el postrero en la competencia, el Rey, al ver que de veinte individuos ninguno había acertado, hiso bajar a la princesa hasta donde me encontraba.

Tímida o siguiendo su protocolo sin levantar la mirada me dijo: ¿Si es la decisión de mi padre, la acataré sin dudarlo? Suerte.

 Se retiraba, y venciendo mi tartamudez alcance a comentarle…”Vine de tan lejos para admirar una vez más la  gema viva  en sus ojos, y no espero   partir sin su compañía”. Terminaba la última frase y su ser místico develo en sus ojos mi rostro.  Enseguida sonrió.

La lluvia vespertina acoto la historia.

Unas leves palmadas en el rostro disipaban la oscuridad interior. Empecé a escuchar mi nombre como eco, y un fuerte chichón predominaba en mi cabeza. Al abrirse el cielo juré ver a los ángeles, no imagine que bellos sean y,  hablaaaan.

Cuando mis ojos llegaron a la altura de esa voz, su rostro me pareció familiar. ¿Princesa?  –le pregunte titubeante – en la duda que  mostraba la cualidad óptica que emanaba de su  frente. ¿Y cómo no mostrarlo? Si el rubí que adornaba entre sus cejas, era de la doncella de mi sueño…¿Oh, divague ?

Una majestuosa sonrisa acompaño su moreno rostro que aparejaba su dedicación. La enfermera nativa de la India, al ver la admiración y desconcierto que me causaba su “bindi”, tomó mi mano y la puso en ella.

–¿Por qué ríes? –desconcertada pregunto sin dejar de mirarme.

–Pausando la respiración, y señalando con los dedos esperara nos segundos, luchaba por contener la risa. Le resumí lo causante en unos segundos, para después ser ella, la que no paró de mofarse de mí.

Con una mano sostenía la bolsa de hielo sobre  mi cabeza, y con la otra, la mano de  Zulay, mi enfermera de cabecera desde hoy. Enseguida   atravesamos  el campo de béisbol,  al   instante que le narraba como conquiste a una princesa…

 

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

Mayo/2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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