VICIO (POR: MARÍA TERESA MORENO)

tarjeta de ma teresa moreno

Una vez escuché la historia de una mujer que se aparecía en los callejones oscuros de mi ciudad, supuestamente atraía a los borrachos que andaban solos a altas horas de la noche para que en el momento en que ellos accedieran a tener algo con ella, los mataba del susto mostrándoles su verdadero rostro.

 

Todo lo anterior, es parte de una leyenda muy vieja en el puerto de Veracruz, pero lo que me sucedió una noche, justo el 31 de octubre, no puedo decir que es una leyenda, es más que nada una experiencia y de las malas.

 

Yo estudiaba la universidad en aquella época, tenía muchos compañeros que les encantaba la fiesta, por ende, a mí también. Recuerdo que en aquella época la facultad organizaba una disco en un antro para celebrar halloween y día de muertos. Mis amigos y yo llevábamos días planeando aquella fiesta, incluso nos íbamos a disfrazar para ganar el concurso, el cual el premio era obviamente un pomo para todos.

 

Esa tarde salí de mi casa temprano, fui a casa mi amigo para de ahí irnos directo al antro. En el camino, el camión en el que íbamos tuvo un choque, el chofer nos bajó a todos y nos dijo que nos subiéramos en el camión que venía atrás. El otro camión se pasó un alto y lo detuvo un oficial de tránsito, como ya nos esperaban en casa de una amiga, mi cuate y yo decidimos bajarnos del camión y tomar un taxi.

 

Íbamos en camino a casa de nuestra amiga, cuando de la nada el clima cambió, comenzó a soplar aire más fuerte que de costumbre, e incluso por partes comenzaba a caer un poco de lluvia, de inmediato pensé que eso nos arruinaría la noche, si el aire seguía así, nadie iba a querer ir.

 

Llegamos a casa de mi amiga y de inmediato nos fuimos en su coche, mientras más avanzábamos, el clima se ponía más y más raro. Ráfagas de viento, lluvias intermitentes, relámpagos. Parecía la noche de brujas perfecta para los amantes de esas festividades. Pero no para mí, siempre he sido un miedoso de lo peor.

 

Una vez en el antro, nos dimos cuenta que efectivamente, nadie había llegado, solo estaba el personal del lugar y unos cuantos compañeros que organizaron el evento, fuera de nosotros y otros 5 alumnos, no había nadie más.

 

Afuera se soltó una tormenta, por lo tanto, no podíamos irnos, pero tampoco queríamos quedarnos.

 

Recibí una llamada, unos amigos de mi colonia tenían una fiesta en casa de uno de ellos, el ambiente se escuchaba bueno, a pesar del mal clima, le dije a mis amigos que iba a tomar un taxi para irme a mi casa, no quería quedarme ahí sin hacer nada, mi amiga molesta solo me dijo: “Por mal amigo, te van a llevar las brujas”

 

Iba de camino a mi casa, que obviamente quedaba algo lejos, el taxista me había advertido que posiblemente el centro estaría inundado, pero igual nos aventuramos. Cruzar el centro fue imposible para él, me dijo que no iba a arriesgarse a quedarse en una corriente y me bajó en el ese lugar.

 

Decidí caminar, mojándome hasta un lugar donde según yo, habría más taxis, pero no pensé en que nadie me iba a subir todo mojado.

 

Estaba bajo un techo cubriéndome de la lluvia casi frente al Baluarte de Santiago, cuando de pronto de la puerta principal del Baluarte vi salir a una mujer que corría para no mojarse. Ya era tarde para que alguien estuviera dentro, pero igual pensé que podría trabajar ahí. La mujer corrió hacia mí y justo antes de cruzar la calle, desapareció.

 

No lo podía creer, el miedo me invadió de manera brutal, el frío se multiplicó por todo mi cuerpo y cuando pude reaccionar decidí correr en dirección de la calle independencia buscando un taxi desesperadamente, antes de llegar a Independencia, hay un callejón junto a una Escuela muy vieja de la ciudad, el callejón extrañamente estaba muy alumbrado, el resto de las calles no. Por lo que decidí mejor atravesar el callejón y esperar en el museo naval a un taxi, ahí me sentía más seguro después de lo que acababa de ver.

 

Al llegar al final del callejón me di cuenta de que todo estaba cerrado, no había nadie en la puerta del museo y por la tormenta ya habían cerrado todos los negocios de ahí cerca, estaba completamente empapado y asustado, de repente escucho una voz.

 

“¿Tienes encendedor?”. Era una mujer vestida como de los años 20 según yo, vestido ancho, sombrero y guantes en las manos y unos labios rojos que llamaban mucho la atención, lo más extraño, sus ropas no se mojaban con la lluvia. Hubiera deseado decir que no, pero en ese momento no pensé nada y saqué el encendedor del pantalón para prender su cigarro.

 

El encendedor estaba mojado y no prendía, la mujer me apresuraba, según ella, la estaban esperando. Yo desesperado intentaba, pero no podía. De pronto la lluvia se calmó y comencé a escuchar pasos, pasos lentos que se acercaban a donde yo estaba, la mujer me dijo: “Te dije que te apresuraras, a él no le gusta esperar”. Volteé la mirada y vi a un hombre alto vestido completamente de negro caminando hacia nosotros, el miedo era aún mayor, sinceramente ninguno de los dos parecía ser personas normales.

 

¿Necesitas fuego? –preguntó el hombre- mientras sacaba de su saco un encendedor que parecía de oro, encendió el cigarro de la mujer y la tomó por la cintura. Yo por mi parte evitaba a toda costa, verlo a la cara, intenté mover las piernas, pero no pude, estaba paralizado. El hombre levantó mi cara con su mano y me dijo: “que no se te olvide que hoy, te salvó un encendedor, la próxima te mata el cigarro”. El hombre y la mujer caminaron por ese callejón hasta llegar a la otra calle, cuando los perdí de vista, me pude mover y de nuevo comenzó a llover.

 

Completamente muerto de miedo y derrotado, caminé hasta la catedral y me quedé sentado a fuera mientras el agua ya pasaba mis tobillos. Me puse a rezar a pedir que por favor quitara la lluvia para poder llegar a mi casa o que al menos alguien me abriera la puerta para poder entrar.

 

Un hombre de mi estatura venía corriendo cubriéndose con un impermeable, me preguntó si estaba bien y le dije que necesita un lugar para secarme y tranquilizarme, que me habían asustado cuadras atrás, el hombre resultó ser el sacristán de la iglesia y me dejó entrar por la parte de las oficinas, ahí le conté mi historia.

 

El hombre escuchó con atención y al final me dijo: “En estas fechas pasan cosas que poca gente se puede explicar, la cosa es estar con Dios para que nada te pase, pero si ten en cuenta que diversas culturas desde tiempos muy antiguos hablan de lo mismo, que por estas fechas se abre la puerta entre los vivos y los muertos y nunca se sabe qué otra cosa más. No andes provocando al diablo, hoy anda suelto y en busca de gente a quien llevar”.

 

Le dije la frase que me dijo el hombre “Hoy te salvó un encendedor, la próxima te mata el cigarro” y me dijo que la mujer era la muerte, buscando a quien llevar, ella pidió fuego porque la muerte es atraída por la luz, es la luz de los vivos lo que la obsesiona, y es lo que la llama. Al no poder prender la luz ella no me pudo llevar, por ende, el diablo que no tiene tiempo que perder, decidió continuar su camino, pero también me dijo que debería dejar de fumar, porque entonces ya estaba escrito, que ese vicio me iba a matar.

 

Me dieron las 4 de la mañana platicando hasta que por fin las calles permitían el paso de los vehículos, tomé un taxi directo a mi casa y al llegar lo primero que hice fue tirar mi cajetilla de cigarros y todos mis encendedores, pero antes dije, me voy a fumar el ultimo para despedirme. Cuando saqué el cigarro de la caja, lo noté, tenía labial roja, como el de la mujer que me pidió fuego horas atrás.

 

Autor: Álvaro Ramos Moreno

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