EL BARBIJO (JOSÉ GARCÍA)

tarjeta de jose garcia

La bufanda de gran tamaño que cubría una parte de mi rostro comenzó a dejarme ronchas. Pero era necesario.

Recién salía de fuerte contagio que me aisló un año. Mi sistema respiratorio pasó por ciertas reglas que me prohibían cosas. Bueno, casi todo.

Poco a poco retomé las actividades de un chico de siete años, como el correr, saltar, desvelarse y hasta gritar. Mi doctor mostraba cara de asombro, en cada consulta revisaba una y otra vez las placas de RX a contraluz buscando pretextar las buenas nuevas. Al final un –“sigue haciendo lo que hagas” – me desmotivaba.

Recuerdo la primera vez que me lo puse. Me asome por la ventana, la bruma cubría el monte y hacia fresco. Hasta ayer me sentía bien, hice mis actividades con demasiada energía, que hasta llevé las ropas lavadas de doña flor en la entrada del pueblo…

Esa mañana me dolía respirar. ¿Debe ser algo viral? –Decía mamá sin dudar –mientras me abrigaba con una sudadera el cuerpo y con un gorro la cabeza. Pensé sarcásticamente que estaba incompleto y la duda se aclaró cuando aquel barbijo de tela cubrió mi boca y nariz.

–¡No estás exagerando jefa! – le reclame serio.

La mirada que vi, en sus bellos ojos azules dijo todo.

Desde esa vez, con o sin sol, no salía sin la máscara puesta. Los momentos de mofa en la escuela y en el parque pasaron a segundo plano y mi madre pretextando cuidarme de la gripe…me obligaba usarlo.

Había leído que el oxígeno que respiramos ha cambiado. Pero tenía duda, los venados corren libres, los deportistas desde temprano llenaban el parque y el, único con mascara era yo. Me propuse verificar esa teoría…

Apenas si podía distinguir la calle con tanta niebla. Dos cuadras lejos de casa y me despoje del cubre bocas, aspire el aire matutino que en hilera me dejó frío el pecho. Una tos seca mantuvo mi garganta con replicas, me repuse y seguí avanzando. Busqué donde reposar unos minutos, el aire me faltaba.

Llegué a casa, mamá me conoce bien, lo primero que dijo: “¿por qué, anduve sin la bufanda?”.  No supe mentir, cuando ante un espejo exhibió mis labios amoratados. Un leve sueño me despertó ya caída la noche, el olor a medicina invadía la casa. Un movimiento natural me contuvo el brazo derecho, lo tenía conectado a un suero que colgaba.

Algo muy serio sucedía.

De esta platica ya casi cuatro años. Cuando use mi primer cubre boca, todo iba ligado a las costumbres de la gente. Pero dudaba, después de ver al abuelo a sus noventa años: todo un roble –así se decía el mismo – cada vez que terminaba de bailar en las reuniones.

¿Cómo podría pensar otra cosa?

Y de esa manera habitual y muchas más, nos hemos olvidado. Mamá decía: ¿antes, éramos pocos? Se dormía temprano, no había televisión, internet, tanta gente en las calles…que nos olvidamos de sentarnos en el frente de la casa. Los árboles siguen deshojándose sin viento, los gatos desconocieron los botes de basura y hasta las lechuzas blancas dejaron de ser de mal agüero.

Todo ha cambiado…Regresamos a los tapabocas en días de canícula, ventarrón y luna llena. Dejamos de jugar al “brinca burro”, “tamales a la olla” y decenas de inventos que nos mantenían cercanos.

Lo sigo utilizando igual que los demás. Ya no por enfermo — más bien por una práctica muy usada– que ha adquirido fuerza.

 

FIN.

JOSE  GARCIA.

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