DANZÓN DEDICADO A…(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

—¿Tú eres Rosendo del Carmen?

—Si, ¿acaso nos conocemos?

—Puede que sí puede que no—, me contestó aquel hombre, con una sonrisa grave. Habré hecho algún gesto de sorpresa y curiosidad que lo movió a proseguir—Soy Matilde de la Rosa y pude ser tú tío.

—¿Eso por qué sería—, le respondí.

—Estuve a punto de casarme con tu tía Doris—, me contestó e hizo un breve silencio para estudiar mi reacción. No puedo evitar una sonrisa. Entonces más relajado, me pregunta ¿A poco lo sabías?

—Realmente sí; podría decirse que a lo largo de mi vida familiar he escuchado muchos comentarios sobre ello. Quizá porque mi tía nunca se casó y no pocas veces la cotorreaban aduciendo una supuesta fidelidad a su exnovio Matilde.

—¿Y qué contestaba? — Pregunta, con cierta expectativa.

—No creo que le guste escucharlo.

—Je, Je, Je—, suelta una risa nerviosa y agrega—, no te preocupes Rosendo, seguro que no es muy diferente a lo que de frente me dijo. Tampoco tenía pelos en la lengua.

—Pues siendo así, le diré que cuando aquello se le cuestionaba; ella siempre decía: “Que eras poco hombre y que hubiera preferido casarse con un perro antes que contigo. Además que no había nacido hombre que la atara.”

—Ja, ja, ja, era brava—, estalla en carcajadas Matilde notoriamente divertido. Si, lo mismo me dijo—, yo tampoco me casé. La verdad es que nunca encontré a nadie igual a tu tía.

—Francamente, mi tía no era tan bonita, era bastante flaca y tampoco tenía una cara linda.

—Quien sabe muchacho—, me responde y se queda un poco pensativo; luego me dice remarcando sus palabras. — Jamás me volví a encontrar con alguien que me haya mirado como ella. Tenía una profundidad que sentía tocaba mi alma. Era de esas miradas hechiceras que te reconcilian con el mundo.

—¿Quieres decir que nadie se enamoró de ti como ella o qué?

—Pues luego tuve varias novias, pero insisto, ninguna fue capaz de mirarme como ella. De hecho escribí un danzón dedicado a ella. Desde siempre la traigo conmigo—, acto seguido tomó su cartera y extrajo de ella una hoja de papel amarillento. Lo desdobló, y me preguntó si lo quería escuchar. Dije que sí. Acto seguido, inició con el clásico:

“Danzón dedicado a la gentil señorita Doris…

Baila, baila, mi princesa,

tu pasos ligeros inspiran mi canción.

Baila, baila mi princesa,

tus pasos ligeros escriben mi canción.

Danza princesa que el giro de tus pasos,

Hacen latir mi corazón,

Danza princesa que el giro de tu cuerpo

Encienden mi pasión.

Si no me quieres hablar,

Si no me quieres amar,

Basta que me quieras mirar.”

Su voz envejecida, sin luces y la letra cursi; semejaba más  un rezo que una canción de amor. Quizá por ello, tampoco se le podía negar un auténtico tono de devoción.

Cuando terminó, buscó alguna reacción en mi rostro y para evitar mentir le dije simplemente.

—Sabía que eras músico, pero no que compusieras. Creo que si estabas enamorado de mi tía.

—Sin duda, eso es lo más lindo que haya vivido—, me contesta con gesto convencido. Creada cierta intimidad, calculo adecuado el momento de clavarle un incómodo cuestionamiento, en busca de resolver, de manera indirecta, el misterio de la imposible reconciliación entre ambos.

—He escuchado rumores de que no te casaste porque eres gay.

Explota de risa y me responde ocurrente para devolvérmela.

—Bueno eso se dice de todos los que nos negamos a casarnos, pero tu tía tampoco lo hizo, acaso ¿le hiciste la misma pregunta a tu tía?

Ahora soy yo quien ríe.

—No, la verdad no.

Seguimos platicando de su carrera como músico y director de una orquesta que alcanzara cierta popularidad en su tiempo. Después de largo rato, los invitados fueron partiendo, también debía retirarme. Entonces me invadió la idea que quizá nunca volvería a tener la oportunidad de despejar el enigma del por qué Matilde y mi tía Doris, nunca se casaron.

Por eso, antes de despedirme le pregunto ahora de manera directa.

—Dígame la verdad Matilde: ¿Por qué se distanciaron mi tía Doris y usted?

—Pregúntaselo a ella sobrino… Me estrechó la mano y se fue caminando lento, silbando su vals.

A lo largo de los días siguientes, trate de imaginar qué tipo de conflicto se pudo dar para que mi tía Doris y Matilde terminaran enemistados. Me propuse visitar a mi tía y tratar de forzar una plática seria para descubrir la incógnita.

Le lleve unos merengues para después del almuerzo. Justo en la degustación de estos, le advertí que iba a hacerle una pregunta seria.

—Me asustas hijo, no me digas que te vas a divorciar. ¿Te pescaron en la maniobra? — Me respondió con aire de complicidad.

—Nada tía; se trata de que me encontré con Matilde tu exnovio y platicamos de ti. Por cierto, hasta cantó un danzón de su autoría, según él inspirado en ti—, Su cara se torna primero evocadora, luego dura, estimo molesta. Se lo traga, me mira y pregunta.

—¿Y?

—Nada tía, yo diría que ese hombre te quiso siempre. Incluso como tú nunca se casó. Dime, si tanto se llegaron a querer ¿por qué se pelearon, al grado de perdurar  ese lío hasta la fecha?

Sin pensarlo demasiado me dijo.

No te confundas hijo; Matilde era poco hombre y tan poca cosa que lo último que me hubiera inspirado era guardarle fidelidad. Ya lo ves, no fue capaz de casarse y me usa de pretexto. En cambio yo no me casé porque no me dio la gana. Propuestas me sobraron.

—¿Tía, a Matilde le gustaban los hombres?

—¿Los hombres? No que supiera.

—¿Era mujeriego?

—Nunca supe.

—¿Entonces?

—Amaba la música más que nada, más que a mí. Todo el tiempo con su música.

—Pero tía no hay nada de malo en ello.

—Pues habrá mujeres que lo acepten; pero yo, ¡no nací para ser plato de segunda mesa!

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